– Pero… vino -dice Eduardo Varela-. Nunca había venido ninguno de ellos a las minas.
– ¡Acabamos de perder el rumbo de la revolución y no os dais cuenta! -dice Marcelo.
– El general Loma estuvo aquí porque nuestra huelga le obligó a venir -dice Proto-, y también…, escucha sin cegarte…, también porque no creyó tampoco a los patronos. ¿Qué le habrán dicho los patronos? Pues que en las minas se puede ganar más que en cualquier otro trabajo…, lo que es verdad; que si los mineros protestan de su alojamiento… barracones, casuchas, chabolas, puebluchos…, exageran, que habría que ver, le dirían, dónde dormían y qué comían los muertos de hambre antes de llegar a esta pródiga tierra de Vizcaya; que la explotación de las minas…, nunca explotación de los hombres…, de las minas de hierro es una operación tan urgente que en ella predomina la improvisación, que no hay tiempo de atender a todas las necesidades, sólo a las más importantes…, la producción y el beneficio, digamos; que, en todo caso, los superiores jornales que cobran los mineros les deberían hacer olvidar algunas pequeñas molestias, perfectamente soportables, por otra parte, por gente baja, le dirían, acostumbrada por Dios a sufrir males peores desde su nacimiento… Le dirían los patronos todo esto a Loma y él quiso verlo con sus propios ojos. Loma no creyó nuestras quejas ni las explicaciones consoladoras de los patronos. Nos visitó para decidir como juez…
– ¿Ibas a decir «neutral»? -dice Marcelo.
– No, no juez neutral -dice Proto-. ¡Sería ingenuo creerlo! Pero no se te ocurra despojar a nuestra huelga de su gran protagonismo… ¡Loma no habría venido a las minas de no ser por la huelga!
– ¡Quiero saber lo que pasó! -dice Isidora.
– Tranquila -le digo.
Marcelo se abre camino hasta la piedra junto a la casa donde todos se sientan, y se sienta, y se agarra la nuca con las dos manos. Sabe que todos le miran. Habla sin mirar a nadie:
– Fisgoneó por aquí y por allá, luego habló con algunos de nosotros…, una representación de mineros…, y se despidió diciendo que esperásemos… De modo que ya os podéis sentar.
– ¿Que esperásemos? -dice Isidora-. ¿A qué?
– Ahora estará hablando con el gobernador, con el alcalde, los patronos, con todos los de arriba -dice Marcelo.
– ¿Qué impresión se llevó Loma de las minas? ¿Hizo algún comentario? -dice Eduardo Varela.
– Las minas no pueden gustar a nadie y a él tampoco le habrán gustado -dice el hombre flaco y con bigote-. No les dirá: «Ustedes deben saber lo que es aquello y les voy a llevar a que vivan en los barracones y trabajen de mineros por los mismos jornales que ustedes pagan a esa gente», porque esto sólo lo puede decir un socialista. Pero, si es honrado, nos defenderá.
– ¡No se trata de honradez, sino de clase! -dice Marcelo-. Loma no podía creer lo que estaba viendo en su paseo… Iba en el centro de un grupo de tipos muy elegantes y con una guardia de soldados, aunque él se movía sin miedo de la muchedumbre de mineros que le miraban como tontos; se adelantaba a todos para meterse solo en los barracones, en las gargantas de las minas, en las casas. Estuvo en las minas Concha de la Orconera, en la Precavida, la Parcocha… Al fisgonear en los barracones, preguntaba: «¿Viven aquí personas? ¡Esto no es ni para los cerdos!». Preguntó a los capataces por el funcionamiento de los almacenes, y los capataces no se atrevieron a mentirle, porque todo se hizo al aire libre y nosotros estábamos allí, a un paso de ellos. El general movió la cabeza y le oímos: «No es posible, no es posible…». Habló con mineros, y con los viejos y mujeres que recogen los desperdicios de mineral todo el día con los pies metidos en agua. Había imbéciles que se quitaban la boina a su paso y le vitoreaban… En Gallarta pidió hablar con una comisión de mineros, y más de veinte de nosotros nos reunimos con él en el Ayuntamiento. Sentado tras la mesa del alcalde, empezó diciendo: «Estoy aquí para conocer la parte de razón que os asiste. Diez mil hombres no empiezan una huelga como ésta sin una importante razón. Desde hoy, aconsejaré a quienes no os comprendan que se den una vuelta por las minas, como yo lo he hecho, para descubrir vuestras razones… Naturalmente, están vuestros patronos, con su parte de razón. La verdad, toda la verdad, no es privilegio de ningún grupo. Ellos poseen una parte de la verdad y vosotros otra. Mi presencia en las minas busca la armonía entre las dos posturas, el que nadie tenga razones para alterar la paz ciudadana, paz que a mí se me ha encomendado proteger por encima de todo, aunque preferiría que fuera a través de acuerdos. Recuperemos entre todos la armonía que siempre ha de existir entre capital y trabajo». Bonitas palabras, que cayeron bien a la comisión, excepto a mí. «¿Quieres decirme algo?», preguntó luego, y me señalaba a mí. Me lo leyó en la cara. «Entre el capital y el trabajo no hay componendas», es lo que no le dije. «Nadie puede ser neutral entre el capital y el trabajo. Usted miente, porque está al servicio del capital.» Creo que él siempre supo lo que yo estuve a punto de decirle, y creo que eso me bastó. Sólo quise que supiera que «alguien» en las minas no aceptaba el juego, aunque se quedara allí para jugar e incluso le dijera: «Usted conoce nuestros puntos… ¿Qué piensa hacer?». Uno, a su lado, casi gritó: «¡Diríjanse a él con el debido respeto! Es el capitán general de la región». Loma le hizo callar con un gesto de la mano y nos miró, como diciendo que éramos libres de hablar en el tono que quisiéramos. «Sí, conozco vuestras exigencias. He conocido las minas y creo que esas peticiones son justas. Os prometo defenderlas ante vuestros patronos: seréis libres de alojaros donde más os convenga, es decir, quedarán suprimidos los barracones; se abolirán, igualmente, las cantinas, y en adelante podréis adquirir vuestros alimentos en los comercios que os plazcan; en cuanto a las horas de trabajo, recojo la jornada fijada por vosotros mismos en vuestro escrito del día quince, en el que pedíais que no excediera de diez horas. ¿Cuántas trabajáis ahora?» «Doce», le dijimos. «Pues quedarán en diez, dos menos. ¿De acuerdo?», dijo Loma. Entonces yo le recordé: «¿Y qué de la admisión de los despedidos?». «Bien, bien», dijo, «también os conseguiré eso.» ¿Os dais cuenta? Loma jugaba a ser nuestro buen padre, nuestro protector, el único que nos podría salvar. ¡Nadie habló de la huelga, nadie se acordó de ella! La cuestión la reducía «él» a un simple olvido de quienes tenían que saber qué eran las minas y no lo sabían por haberse «olvidado» de visitarnos, como «él» lo hizo. Según «él», la lucha de clases se evitaría si los patronos tuvieran buena memoria y no se olvidaran de visitar fábricas, talleres, minas y hogares de obreros… La comisión le pidió que nos pusiera sus promesas por escrito, pero Loma se negó. Dijo: «Yo sólo soy un intermediario. Vuestros patronos dirán la última palabra. Pero vuestra actitud conciliadora está facilitando mucho las cosas». ¿Qué actitud conciliadora? ¡Nosotros seguíamos pidiendo lo mismo que al principio! ¡Otra vez la trampa y el engaño! El general daba cabronamente la vuelta a la tortilla: por un lado, aparecía como el salvador de los mineros, y, por otro, nos empujaba a creer que nos habíamos ablandado y que si nos daba lo que pedíamos no era por la huelga sino porque nos había conocido y nos había encontrado muy buenos… ¡Y muchos lo creen así, maldita sea! Y allí acabó todo. En la plaza de Gallaría, llena de mineros, se oyeron vivas a Loma e incluso al ejército…, ¡ni uno a nuestra gran huelga general! ¡Recibíamos migajas y encima lo agradecíamos! No os preocupéis por lo que decidan los patronos… ¡Hemos ganado la huelga! ¡La teníamos ganada ya antes de la visita de Loma! ¡Loma llegó a las minas después de acordar con los patronos su propia derrota! ¡Qué buena comedia la del general para dar la vuelta a la tortilla!
– Será verdad algo de lo que dices, pero es Loma quien pronunciará la última palabra -dice Eduardo Varela-. No hay duda de que la visión de las minas le ha conmovido y le ha puesto de nuestra parte… dentro de ciertos límites. El resultado de la huelga aún no está decidido, se decidirá esta noche en algún gran despacho. Creo que Loma logrará imponer su criterio a los patronos: el orden debe ser restablecido, lo que ocurre en las minas de Vizcaya podría extenderse a otros puntos de España. El Gobierno de Madrid quiere un país sin sobresaltos. Loma someterá finalmente a la gran burguesía bilbaína… porque es dueño de la fuerza armada que en estos momentos mantiene a los mineros en sus montañas. Y date cuenta, Marcelo, que Loma también juega con los patronos, porque les está obligando a tomar en serio, aunque sea por un rato, el tira y afloja que mantienen el trabajo y el capital, a fin de obligarles a ser inteligentes por un rato, es decir, a que cedan en algo para que todo siga igual. Nuestra burguesía bilbaína es de las más brutas, pero Loma la convencerá. Creo que, esta vez, hemos ganado.