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En el centro de las mujeres, Isidora está trayendo mi hijo al mundo, y yo no puedo ayudarla.

– Yo no quería que mi hijo naciera entre vosotros, porque vosotros sois distintos, no sois como yo, y a lo mejor lo paga mi hijo -digo.

– Vamos, borono -dice Marcelo-, que los demás también vamos a tener un hijo…, ¡el hijo de la huelga!

– No te preocupes, Roque, que hoy todas nuestras cosas tienen que acabar bien -dice Eduardo Varela.

– Le llamaremos Victorio -dice Marcelo.

– ¡Si se entera la madre de que un nieto suyo ha nacido en el cementerio! -digo.

Sólo las mujeres del corro saben lo que está ocurriendo ahí dentro. Al rebaño se le ha olvidado que ha venido a enterrar a un compañero: entre cantos y chistes, esto parece una romería. Y, los peores, los siete heridos. «¡Les ha salido caro el bayonetazo que me arrearon!», dice uno, y todos ríen y se dan palmadas y se reparten tabaco y se pasan botellas de vino. Isidora es fuerte, y en un día me la podré llevar a Getxo.

– ¡Es una niña! -dice de pronto una de las mujeres.

Bueno.

El rebaño está tan loco que empieza a dar vivas a mi hija. Otra mujer se vuelve y tiene en sus manos un cacho de carne roja. Marcelo se lo quita y lo levanta por encima de su cabeza.

– ¡Viva la hija de la huelga! -dice.

El rebaño se queda ronco diciendo vivas.

– No es la hija de la huelga. Es la hija de Roque Altube, del caserío Altubena de Getxo -digo.

Asier Altube

Don Manuel solía decirme:

– Si Cristina Oiaindia la bautizó Ella y pronto descubrió que el impulso había sido, justamente, la medida de urgencia más imprescindible para crear entre la intrusa y Getxo la tranquilizadora lejanía que supuestamente librara a todos de su contaminación, la construcción del palacio árabe en el cruce de Laparkobaso y su estreno, desbarataron aquel o cualquier otro escudo protector con que cada miembro de nuestra comunidad pretendió defenderse, porque vino a certificar la firme resolución del Mal de obligarnos a contar con él en adelante.

– El Mal, el Mal… -gruñía yo.

– Sí, el Mal -insistía él-. Y no me importa rozar el melodrama.

– ¿Rozar?

– No pareces un Altube -gemía él-. No te mereces el apellido que llevas.

Nadie cometió la ingenuidad de creer que ahí acabaría todo; que, una vez instalada en Getxo -no en la casa mejor, ni siquiera en la más honorable y prestigiosa-, y dueña ya de una mina de hierro -por no hablar de sus otros logros: el dinero contante y sonante en que convirtió Altubena por primera vez, y el Baskardo bastardo que ya había empezado a esperar su oportunidad-, se agazaparía en su madriguera a saborear su rapiña. Sin embargo, nada ocurrió en los dos años siguientes, hasta el regreso de América de mi tío abuelo Saturnino, en 1897, tras veintisiete años de ausencia, en los que sólo escribió una carta a la familia; al menos, la única carta que se recibió de él en Altubena fue en los primeros días de marzo de 1895, es decir, dos años antes de su vuelta, y para decir nada importante, excepto que regresaba, y aun esto tardó en cumplirlo dos años. Pronto satisfizo el pueblo su curiosidad por conocer si llegaba rico o pobre: se supo que andaba en tratos con los Delatorre para que le construyeran casa en los altos de Algorta, y que, en gran secreto, había encargado a Felisa, la casamentera, relaciones con algorteña limpia y como para hombre con cuarenta y siete años con el riñón bien cubierto. Así, pues, Saturnino Altube regresaba rico. Getxo despertó de su soñolencia, se esponjó, feliz de la nueva oportunidad de contemplarse a sí mismo a través del espectáculo de Saturnino. Como suele ocurrir, nunca se supo quién le llamó por primera vez «el Indiano».

Tampoco la pequeña historia local -o la leyenda: ¿cuándo y por qué ésta desborda a aquélla?- se puso nunca de acuerdo en si fue la aparición de mi tío abuelo en Getxo la que puso en marcha en Ella otro de sus mecanismos engullidores, o si mi tío Roque ya estaba en su punto de mira desde tiempo atrás. Decía don Manuel que fue como si algo le hubiera retrasado a Ella de hacer lo que finalmente hizo: un insólito pudor, una suerte de conmiseración hacia los Altube, entendiendo que ya le habían pagado con creces el cupo que, simplemente, les correspondía por vivir en Getxo. «No quiero parecer injusto con esa mujer», decía. «Que nadie piense que me ensaño con ella. ¿Por qué esperó hasta el año noventa y siete para ponerle sitio a Roque? Le concedo la duda de un tira y afloja en su conciencia. Sí, sí, por supuesto…, ¿por qué no?», y me miraba con asombro, como buscando una certificación de su propia flaqueza.

Sí, ¿por qué Ella esperó tanto? Mi tío Roque había quedado, digamos, a su disposición desde finales del año 90, cuando abandonó su puesto en Altos Hornos y -según palabras de don Manuel- eligió la tierra; cuando se convenció de lo que ya sabía desde un principio: que nada, ni siquiera aquella muchacha, le ataría al mundo del otro lado de la ría. «Lo abandonó todo», se dolía don Manuel, «pero, sobre todo, la abandonó a ella y al niño…, bueno, a la niña.» Aunque ni siquiera eligió totalmente la tierra, pues Cristina, la marquesa, le colocó de conductor en la línea de tranvías que había adquirido el año anterior para evitar que los dueños de la compañía prolongaran el trayecto hasta San Baskardo y sustituyeran la tracción animal por la máquina de vapor. ¿Por qué Ella esperó tanto? Durante siete años tuvo a su alcance a mi tío Roque: un solitario y vulnerable muchacho de veinte años, aturdido por su reciente ruptura con su primer amor; sin duda, desesperado, esforzándose por resarcir a su familia de todo un año de despego e, incluso, de haber profanado el viejo orden familiar; un organismo virgen y leal sirviendo de ring a un inoportuno impulso del corazón enfrentado a lo que de él esperaban su apellido Altube, el pueblo, la tierra que le vio nacer, enfrentado también a lo que él esperaba de sí mismo: fidelidad a la vieja ley no escrita por la que el clan se había mantenido incontaminado desde siempre -desde el Principio, con mayúscula, gustaba de decir don Manuel con un fugaz y penoso fulgor en sus ojos-, fidelidad a la vieja sangre solitaria y encostrada, más cerrada en sí misma cuanto más primitiva e ignorante, un verde valle conteniendo todo el mundo imaginable, y defendiendo esa vieja sangre aun a costa de clamar: «Somos de una manera y creemos que nos gusta ser así, porque es nuestra manera, y no queremos cambiar nunca, no queremos visitas ni intromisiones. No queremos cambiar nunca. Nunca». Un chico, pues, sobreviviendo apenas a su combate interior, sin comprender cómo el sentimiento profundo de un solo Altube podía entrar en conflicto con la vieja sangre; un chico roto y desvalido a lo largo de siete años -por no mencionar su doloroso peregrinaje que siguió a su boda con Magda o Madia, hasta su muerte-, una víctima desmoralizada, casi indefensa, ante dos mujeres -«una sola, Ella», insistía siempre don Manuel- resueltas a utilizarlo. ¿Y por qué lo dejaron hasta 1897? Hubo de llegar mi tío abuelo, el Indiano, con su propósito de tomar mujer, para que ellas se preguntaran: «¿Por qué no una segunda vez, incluso con otro Altube?». Ahora no se trataba de convertir Altubena en dinero, aunque sí, otra vez, de sangre Altube, suponiendo que un miembro del clan que, a sus veinte años, rechaza las piedras y la tierra que le corresponden por sangre, y deserta a las Américas, donde chapucea colonialmente a lo largo de veintisiete años, sin enviar en todo ese tiempo más que una sola noticia suya a sus orígenes, y sin pedírsela a ellos, y a su regreso gira una convencional visita a las piedras y a la tierra que le vieron nacer -a los padres que no sólo le engendraron y que no sólo le vieron nacer, sino que constituían el antepenúltimo eslabón de la vieja sangre padeciendo la angustiosa y problemática pervivencia de las piedras y tierras de Altubena y aun del propio sonido Altube en los verdes valles-, sólo para decir a la familia: «Veo que seguís vivos, así como yo, a Dios gracias», y se da la vuelta para entregarse a su flamante papel de indiano ante todo Getxo…, suponiendo que a un miembro así del clan se le pudiera seguir considerando Altube.