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Parece que éste fue el comportamiento de mi tío abuelo con mi vieja sangre. Don Manuel le justificaba: «¿Qué Altubena encontró? Un friso de rostros petrificados contra un destino nuevo, pues ahora trabajaban la tierra no por la tierra misma sino por obtener de ella el dinero con el que pagar al banco la compra de aquel irreductible espacio que fue el suyo desde el Principio – ¿por qué no atrevernos a decirlo con la palabra más aproximada?-, aquella tierra y aquellas piedras que, por primera vez, habían dejado de ser invulnerables y, por breves instantes, incluso habían dejado de ser suyas: los que mediaron entre la decisión de Santiago de vendérselas a la familia -más exactamente: su decisión de dejar de ser un Altube- y el trazo de la cruz al pie del compromiso de compra por parte de Zenón, tu abuelo. Y él, Saturnino, sabría que fue el causante de todo aquello. No pudo resistir más de un par de minutos la presencia de aquel clan de ultrajados, y pronunció precipitadamente el "Veo que seguís vivos, así como yo, a Dios gracias", y huyó».

De manera que ellas -o Ella sola- se habían concedido una pausa, en tanto tramaban la siguiente manipulación, o habían renunciado a nuevas usurpaciones, sabiéndose ya dueñas de las imprescindibles para medrar, o, simplemente, la imaginación no les dio para más. En cualquier caso, el regreso de mi tío abuelo significó una nueva puesta a punto. Ellas eran dos y una permanecía soltera, lo que representaba un lamentable desperdicio de material. Era como si hubieran rechazado el repetirse a sí mismas, por un elemental prurito profesional o algo así, entendiendo que la opción boda ya la utilizaron contra mi otro tío abuelo, Santiago. Pero les resultaría difícil apartar su pensamiento de ella. «Es que Saturnino Altube constituyó una tentación demasiado irresistible», comentaba don Manuel. «Demasiado para cualquier soltera de Getxo de más de veinticinco años y menos de ochenta, una de esas mujercitas nunca derrotadas definitivamente y casi inmarchitables, atisbando con ojitos cada vez más petrificados desde detrás de los inmaculados visillos el paso cada vez más imposible del varón no señalado por el destino para rescatarla del oprobio de la soltería y la esterilidad; y demasiado irresistible, sobre todo, para ellas, que llevaban siete años felicitándose por los buenos frutos de la primera boda, a la que la aparición de Saturnino Altube convertiría en simple ensayo, en boda-experimento, prólogo de la segunda y de cuantas fuera posible siempre que surgieran nuevos Saturninos Altube a punto de caramelo y la mente maquinadora dispusiera de nuevas hembras, solteras preferentemente, pues, sin duda, también pensarían en relaciones carnales al margen de la legalidad, terreno apto igualmente para casadas, es decir, para Ella. Me gusta y casi necesito pensar así. Lo comprendes, ¿verdad, Asier?» Apenas necesitarían intercambiar palabras para ponerse de acuerdo. En el primer intento utilizaron el cauce convencional, «algo insólito en ellas», señalaba don Manuel. Acudieron a Felisa, la casamentera, a inscribir a Madia o Magda en la relación de candidatas, y el hecho de que Felisa empezase las pruebas por ella no significa, forzosamente, que respetase el orden de registro: sin duda, medió un soborno. Bien: Madia o Magda fue la primera candidata en pasearse, sola, por entre la gente que se divertía en la campa de la iglesia de San Baskardo, en la romería del 15 de mayo de 1897. Un procedimiento absolutamente discreto: la figurita femenina, como si con ella no fuera la cosa, desplazándose por el escaparate de la fiesta, y el Indiano buscándola con la mirada, estirando el cuello desde su discreto puesto de acecho, y seguramente preguntando a la casamentera: «¿Por dónde anda, que no la veo?», y la mujer: «Ahora sale de detrás de ese grupo de niños. ¿Te gusta?», y, por fin, descubriéndola Saturnino: el cuerpo insuficiente, los bracitos colgándole sin la menor gracia, el rostro oscuro, alerta, sin ninguna concesión al momento, ni siquiera la sonrisa que le correspondía lucir en una romería, simplemente, por gozar de algo tan escaso como son unos dieciocho años floridos. «¿Desde cuándo ofreces niñas a los viejos?», se dice que gruñó Saturnino. Y la casamentera: «Es una muchacha, una mujer». Y Saturnino: «¿Eso, una mujer? ¿Así las hacéis ahora en Getxo?». Madia o Magda estaba muy lejos de ser la compañera soñada por Saturnino en las delirantes noches de Perú; aún deseaba hijos, y los podría tener a poco que la esposa le ayudara. Pero Madia o Magda no llegaba ni siquiera a los mínimos exigidos por un hombrón que ansiaba recuperar el tiempo perdido, es decir, no sólo tener cuatro o seis hijos en un plazo trepidante, sino colmar el sueño de veintisiete años americanos de saciarse de hembra vasca en casa y cama vascas. Mi tío abuelo la rechazó con una sola palabra, pronunciada al oído de la casamentera, incluso, con ofendida dignidad: «Raquítica». Entonces Felisa le volvió a airear sus méritos mejores: no era una cualquiera, pertenecía a familia de bienes reconocidos, pues no había más que ver su casa, de las mejores de Getxo, y tenía mina en Somorrostro. Y dicen que Saturnino le contestó: «Por ahí sí que tiene donde agarrar, pero no por otro lado».

Así salvó mi tío abuelo su bolsa americana de veintisiete años. Casaría, un año después, con Abeliñe Artola -esta vez la casamentera pudo llevar el arreglo hasta el final-, una «Camisona», de cuarenta años recién cumplidos y heredera de dos terrenitos: uno en La Galea y otro en Berango. Más que estos terrenos y más que un apellido vinculado a un caserío de los más antiguos de Getxo, a mi tío abuelo le gustó de ella su solidez, su aspecto de osa protectora, de Amagoya. Su mote de Camisona era reciente y le venía del bisabuelo sonámbulo que saltaba de su cama por las noches, decían los Artola que sin darse cuenta, aunque otra versión aseguraba que era un impenitente visitador nocturno de mujeres ajenas y el sonambulismo su coartada, y que fue sorprendido en camisón más de una vez.

No le dio ningún hijo Abeliñe a mi tío abuelo, quien, para librarse de las malas lenguas -incluida la de su mujer- no se le ocurrió cosa mejor que hacer venir de América, en 1901, a un niño de cuatro años que traía al cuello los precisos certificados de sangre escritos en corteza de árbol. Era su hijo. No se parecía a él; aunque mestizo, era cien por cien indio kamayurá. Pero Getxo le creyó; al menos, los hombres. Y esto ocurría treinta y cinco años antes de que trajera, también, a su nieta Anaconda, otra kamayurá, aunque ésta con la nariz peñascosa característica de los Altube. Llegó, igualmente, con los certificados de sangre escritos en corteza de árbol. Habían sido demasiados para mi tío abuelo los casi cuarenta años de aguantar a su mujer que él era el culpable de la esterilidad del matrimonio. Tanto el hijo, en 1901, como la nieta, en 1936, trajeron nombres impronunciables, de modo que el pueblo -y luego don Eulogio en sus libros- les puso, sucesivamente, Boniato a uno y Anaconda a la otra. La pujante Anaconda, dieciséis años, iba a marcar para siempre las vidas de don Manuel, de la señorita Mercedes y la mía.

Ellas, pues, habían fracasado con mi tío abuelo. Sin embargo, el tiempo diría que aquello, más que un fracaso, pareció el imprescindible calentamiento de un motor, porque no tardó en verse a Madia o Magda viajando frecuentemente en el tranvía del que Roque Altube era conductor. El pueblo tardó en relacionar aquellos viajes con la boda que se celebraría a finales de aquel mismo año. En realidad no los relacionó, a pesar de que Madia o Magda regresaba casi diariamente de Bilbao en el último viaje del tranvía, a las diez de la noche; a pesar de que ella y Roque habían de salvar a pie -generalmente solos- el kilómetro entre Algorta y San Baskardo; y a pesar, sobre todo, de que ellas disponían de un cómodo coche rojo tirado por un par de veloces caballos árabes. Por no mencionar la pregunta que pronto empezó a correr: «¿Qué tiene que hacer ella casi todos los días en Bilbao hasta las nueve y pico de la noche?».