El intento de conquista de mi tío abuelo fue en mayo, y los viajes en tranvía de Madia o Magda empezaron en julio: el periodo de calentamiento duró, pues, sólo dos meses. Al cabo, ellas se volvieron a encontrar a sí mismas, se desprendieron de los supuestos pudor y conmiseración hacia los Altube, sus incesantes víctimas, y, sencillamente, situaron a mi tío Roque en su punto de mira.
Por entonces, mi tío Roque ni siquiera luchaba por superar la soledad en que se sentía en la tierra y entre las gentes que no sólo había elegido sino a las que había sacrificado su amor, otra vida con su familia natural, aquella mujer y aquella hija pertenecientes al otro mundo. Supe por los míos que, al principio, las visitó con cierta regularidad, cargando un cestillo con comida y ropa, si bien estos viajes se fueron espaciando a medida que se iba convenciendo de la irreversibilidad de la decisión de la minera -así la llamaba mi familia-. Mi tío Roque mantuvo demasiado tiempo la esperanza en el milagro, la irreductible fe en que las cosas sólo podrían acabar de un modo. «Somos así», le defendía don Manuel. «Creemos los vascos que el mundo sería perfecto si nos imitara. Supongo que todos los pueblos sienten de modo parecido, pero es que en nosotros ocurre que cuando, más o menos, la prehistoria acabó para los demás, aquí el relevo fue tomado por el catolicismo, y todavía en el siglo XX seguimos siendo una tribu estancada. Nos enorgullecemos de nuestros defectos tanto como de nuestras virtudes, y esto es lo peor que le puede ocurrir a un pueblo.»
De modo que mi tío Roque, siete años después, aún seguía esperando que la minera y su hija abrieran los ojos y se le juntaran. No ocurriría nunca. Pero no culpemos de tozudez a la parte de la que se esperaba una claudicación. ¿Por qué sólo de ella? ¿Acaso la razón de la minera no era superior a la de mi tío Roque? Ella estaba en plena lucha por la justicia entre los hombres, por la defensa de los débiles, por traer un mundo mejor. ¿Cuál era la lucha de mi tío Roque? Estoy seguro de que la soledad en que quedó fue más dolorosa que la de ella, fue más soledad. Y no porque la minera se quedara con la hija, sino por estar viviendo una misión que la colmaba. ¿Se hallaba a la altura de esa activa y generosa pasión la plácida contemplación de mi tío Roque de su propio ombligo?
Estuvo dentro de la agitación minera de 1890, pero no la vivió, ni tampoco la prolongación de esta épica a lo largo de los siete años siguientes, las elecciones y las sucesivas huelgas: las elecciones de 1891, perdidas por la clase obrera y ganadas por los monárquicos recurriendo a la corrupción electoral, manipulando censos, coaccionando electores, favorecidos por la presencia de alcaldes y concejales suyos en ayuntamientos de los pueblos mineros; los caciques compraban los votos haciendo salir a las calles a empleados suyos en landós repartiendo dinero y custodiados por la Guardia Civil, agotando en los bancos los billetes de 25 y 50 pesetas. Y las huelgas de 1891, 1892, 1893, 1894, 1897… en las que también tomaría parte activa la muchacha, la madre de su hija, y mi tío Roque viéndolas zozobrar en la zarabanda, limitándose a surtirlas de alimentos, pero ciego a cuanto allí ocurría, insolidario, monstruosamente insolidario, pecado histórico que, en 1916, don Manuel se propuso mitigar trasladándose de maestro a La Arboleda para redimir o lo que fuera a la hija prostituta, echando sobre sus espaldas la culpa de insolidaridad que no le correspondía sólo a aquel Altube…
Sí, soledad, sin duda. Y asombro, al mismo tiempo. Se preguntaría mi tío qué era aquello tan nuevo; por qué, de pronto, le resultaba insuficiente su viejo mundo de Getxo. Me lo imagino viajando desesperadamente a las minas cargado con el bulto conteniendo talos, chorizos, puerros, patatas, huevos, conejos y demás productos que daba Altubena -especialmente leche-, y hundiéndose más a cada negativa de ella, y, en cada ocasión, refugiándose en su indeclinable regreso a Getxo, sólo para comprobar, una y otra vez, que allí estaba esperándole la orfandad. Yendo y viniendo de una tierra a otra, sin que ya apenas contara lo que ocurriera entre viaje y viaje, y desmoronándose a medida que perdía las dos tierras, y preguntándose por qué Getxo, por qué también Getxo. «Aunque siempre confiando en su recuperación», decía don Manuel, «porque tal es la ley de la tierra y de la sangre.» Y yo: «¿Pero no bastó aquello para que, a sus ojos, Altubena quedara desmitificado para siempre? ¿Ni siquiera por un brevísimo instante de una larga noche en la que mi tío recorriera, perdido, las tierras sentidas y sudadas por el clan desde el Principio, con la sangre paralizada por la incomprensión de aquello nuevo y sin atreverse a pisar la cámara del fuego dentro de los muros de piedra hasta entonces invulnerables, igual que la tierra, y todo ello, de pronto, convertido en nada por la negativa de una hembra que no sólo no era de la tribu sino que amenazaba tan de cerca nuestras fronteras que sus hordas sustituirían nuestras raíces por las suyas? ¿Ni siquiera por un brevísimo instante mi tío…?». Don Manuel movía la cabeza: «No, no, no, Asier. Nosotros, nunca…». Y yo: «No diga "nosotros". Ahora estamos hablando de un nombre y un apellido». «Nosotros, Asier, nosotros», silbaba don Manuel con un crispado reto apenas sostenido en su mirada. No le repliqué de seguida, concediéndole unos segundos para que se repusiera. «Su comportamiento en los años posteriores», decía yo, «demuestra que Altubena había quedado rebajado a sus ojos, por no decir anulado, había dejado de ser su gran punto de referencia, quizá llegara a maldecirlo…» Yo no podía evitar el ir tan lejos. Y añadía: «¿Acaso no vendió, profanó Altubena, consciente de que el ultraje se realizaba por segunda vez, habiendo sido él mismo víctima durante siete años de la primera profanación, y sabiendo que mi padre, su hermano, no sobreviviría al esfuerzo de pagar al banco las dos compras: la primera, la de mi abuelo Zenón, todavía sin liquidar al cabo de siete años, y la segunda, la nueva, la de mi padre, sobre cuyas espaldas cayeron las dos deudas por la venta duplicada del mismo objeto?». Don Manuel abría la boca varias veces antes de poder hablar: «Eso ocurrió así, ¡Dios mío!, pero no fue él sino ellas, Ella», decía. «Le despojaron de toda dignidad, hicieron de él un guiñapo, dejó de ser un Altube… ¿Y aún no aceptas la presencia del Mal entre nosotros?» El pueblo encontró natural que Madia o Magda esperase a que mi tío desenganchara los caballos del tranvía y los condujera a la cuadra, para luego marchar juntos a San Baskardo: las diez de la noche no era hora para que una muchacha hiciera sola aquel trayecto por descampados. Era como si aquel servicio adicional del empleado del tranvía estuviera incluido en el precio del billete. La veían, un día tras otro, esperarle, de pie sobre los adoquines del piso, y entre sombras, en el punto justo en que se cortaba la línea, observando en silencio las últimas operaciones del cochero: su figurita insignificante y sin gracia recortada en la noche, participando de una escena en la que sobraba; sólo esperando al gentil caballero desarmado que la conduciría, sana y salva, a su castillo. Y surgía la pregunta: ¿a qué tantos viajes a Bilbao? No era Madia o Magda quien dirigía los asuntos de la familia, sino Ella, y, por tanto, no le correspondía a Madia o Magda piratear en las oficinas de nuestro centro neurálgico del poder. Tampoco viajaba para hacer compras en los comercios, pues casi siempre regresaba sin paquetes. Pronto se olvidó la incógnita -era sólo un misterio más a añadir a los muchos que las envolvían- y el pueblo se centró en la curiosa persistencia de su regreso en el último viaje del tranvía. Aunque a nadie se le ocurrió relacionarlo, todavía, con el subsiguiente paseo nocturno de la pareja hasta San Baskardo. Algunos se sintieron orgullosos del favor que un miembro de la comunidad prestaba a una de ellas, acostumbrados como estaban a ser despojados sin apelación. Y, más aún, que este miembro fuera, precisamente, un Altube, los grandes desposeídos. Era devolver bien por mal, la más refinada venganza que cabe entre los hombres. Transcurridas las primeras semanas y olvidados los aspectos marginales del asunto, quedó la pequeña y silenciosa muchacha esperando, de pie, en la terminal de Algorta, a las diez de la noche, a que el empleado del tranvía echara a andar para colocarse a su lado y cubrir juntos la ruta común. «Roque no podía negarse, era su obligación de buen vecino y de tranviario», pensaron todos, incluso después de saber en qué acabó aquello.