Ish no les hizo ningún reproche. Al contrario, elogió su energía y su inteligencia. La culpa debía recaer en él, que los había enviado a Chicago y Nueva York, las grandes ciudades de los viejos días. Hubiera sido preferible elegir la ruta meridional hacia Houston y Nueva Orleáns, lejos de los inhospitalarios inviernos del norte. Sin embargo, al este de Houston las inundaciones debían de haber sido catastróficas. Quizás Arkansas y Louisiana se habían transformado en selvas antes que Iowa e Illinois.
Los niños, con sus rondas y canciones, rodeaban el fuego. ¿No había en ese frenesí algo de primitivo y bárbaro? ¿O bien esa exuberancia era natural? Evie, mentalmente una niña, bailaba también, con los cabellos rubios al viento.
Ish miraba y pensaba. Los muchachos habían descubierto que el país volvía al estado salvaje. Pero no podía esperarse otra cosa. La expedición había tenido otra utilidad: el contacto con dos comunidades, si podía hablarse de contacto, ya que aquellos grupos rechazaban a todos los extraños. ¿Era un simple prejuicio, o un profundo instinto de conservación?
Sin embargo, la certidumbre de que había seres humanos cerca de Albuquerque aliviaba un poco la angustia de la soledad.
Dos pequeñas colonias descubiertas en un solo viaje. Podía suponerse que había muchas de ellas en todo el país. Ish recordó a los negros que había visto en Arkansas hacía muchos años. En aquella región fértil, sin inviernos rigurosos, esos tres negros habían sido quizás el núcleo de un grupo de hombres de distintas razas. Evidentemente, por sus costumbres y modo de pensar, aquella comunidad poco se parecería a las de California y Nuevo México. Estas diferencias plantearían nuevos problemas.
Pero el momento no era adecuado para las meditaciones filosóficas. Los bailes y los gritos de los niños se habían transformado en algo desenfrenado. Los muchachos mayores, incluso algunos casados, no habían podido resistirse, y se habían unido a la partida. Estaban jugando con un látigo, y el que era tocado debía saltar el fuego. De pronto, Ish se puso tenso. Charlie tomaba parte en el juego. Entre Dick y Evie, blandía el látigo. La presencia de una persona mayor entre ellos, y sobre todo de ese extraño, redoblaba la alegría de los niños.
Ish buscó argumentos que disiparan su desconfianza. ¿Por qué Charlie no había de unirse al baile? ¿No valgo más que esas gentes de Los Ángeles o Albuquerque que rechazan a los desconocidos? Creo, sin embargo, que me alegraría que este Charlie fuera distinto.
Pero a pesar de sus esfuerzos, Ish era incapaz de reprimir su antipatía. Consideraba ahora de otro modo el viaje de los muchachos. Aunque el descubrimiento de las nuevas colonias era todo un acontecimiento, nada le parecía más importante que la presencia de Charlie.
Se hacía tarde y las madres reunieron a sus hijos. La fiesta había terminado, pero la mayor parte de los adultos siguieron a Ish y Em para conversar un poco más con los dos muchachos y Charlie.
—Siéntese —le dijo Ezra a Charlie mostrándole el sillón junto a la chimenea.
Era el sitio de honor, y el más cómodo. Ezra tenía el arte de que la gente se sintiera cómoda, e Ish se reprochó no haber sabido cumplir sus deberes de dueño de casa. Charlie podía haber pensado que no era bien recibido. E Ish se preguntó si ése, precisamente, no había sido su deseo. La noche era fresca y Ezra pidió que encendieran la chimenea. Los muchachos trajeron leña y pronto el fuego crepitó alegremente difundiendo un agradable calor.
Charlaron, y Ezra como siempre llevó la voz cantante. Charlie dijo que tenía sed. Jack le trajo una botella de coñac. Vació varios vasos, sin que en apariencia le causaran ningún efecto.
—Decididamente, no termino de calentarme —señaló Ezra.
—¿No estarás enfermo? —preguntó Em.
Ish se estremeció. La enfermedad era algo tan raro en la Tribu que el menor malestar preocupaba a todos.
—No sé —respondió Ezra—. Si estuviésemos en los viejos días pensaría que me he resfriado. Pero no puede ser, por supuesto.
Trajeron más leña; el calor fue pronto insoportable. Ish se quitó el suéter y se quedó en mangas de camisa. Charlie se quitó también la chaqueta y se desabotonó el chaleco.
George, echado en el sofá, se durmió, pero su ausencia no hizo decaer la conversación. Charlie continuó con sus libaciones, y por efecto del fuego o del alcohol unas gotas de transpiración le perlaron la frente, aunque no perdió su lucidez.
Ish advirtió que Ezra trataba de que Charlie hablara de sí mismo. Pero el tacto de Ezra era innecesario. Charlie no ocultaba su pasado.
—Al fin ella murió —explicó—. Llevábamos muchos años juntos, diez o doce. Bueno, no quise quedarme allí un minuto más; como los muchachos me gustaron, me vine con ellos.
Ish sintió que cambiaba de opinión. Los muchachos, que habían pasado un tiempo con Charlie, lo apreciaban realmente. Quizás este hombre fuerte y alegre sería un elemento útil para la Tribu. Miró a Charlie y vio que la transpiración le bañaba la frente.
—Charlie —dijo—, se sentiría más cómodo sin el chaleco.
Charlie se sobresaltó, pero no dijo nada.
—Lo siento. No sé qué me pasa. Quizá sea mejor que me vaya y me acueste —dijo Ezra, pero no se movió.
—No puede ser un resfriado —dijo Em—. Nadie se ha resfriado nunca aquí.
Charlie aceptó alejarse del fuego con su botella de coñac, pero no se quitó el chaleco.
Los dos perros de la casa se acercaron a olfatearlo. Todo olor nuevo los excitaba. Al principio parecieron indiferentes, pero cuando Charlie les acarició el lomo y las orejas, se revolvieron alegremente, moviendo la cola.
Ish, que nunca se había sentido cómodo con gente desconocida, titubeaba. Unas veces, seducido por fuerza y la simpatía de Charlie, le parecía un hombre muy agradable; otras, esa misma fuerza y simpatía le desagradaban. Quizá temía ver amenazado su prestigio en la Tribu. Charlie se le aparecía entonces como la misma encarnación del mal.
Al fin George despertó, se desperezó pesadamente y anunció que se iba a acostar. Los otros se prepararon a partir con él. Ish advirtió que Ezra quería decirle algo y lo llevó a la cocina.
—¿Te sientes mal?
—¿Yo? —dijo Ezra—. Nunca estuve mejor en mi vida.
Sonrió e Ish empezó a entender.
—No tenías frío.
—Nunca tuve menos frío —replicó Ezra—. Quería ver si Charlie se sacaba el chaleco. Me hubiese asombrado, por otra parte. Es un hombre precavido, y confirmó mis sospechas. Ha agrandado un bolsillo del chaleco y lleva uno de esos juguetes que se hacían antes para las carteras de las mujeres. Sólo un juguete.
Ish se sintió aliviado. Un revólver. Algo simple, concreto, conocido, fácil de manejar. La alegría no le duró mucho.
—Desearía saber a qué atenerme —prosiguió Ezra—. Tengo a veces la impresión de que hay algo sucio y vil en ese hombre. Otras veces me parece que será mi mejor amigo. En fin, es alguien que sabe lo que quiere, y lo obtiene siempre.
Volvieron a la sala. George se despedía.
—Hemos tenido suerte —le decía a Charlie—. Necesitábamos otro hombre fuerte en la Tribu. Espero que se quede con nosotros.
Hubo un coro general de aprobación, y luego todos, incluso Charlie y Ezra, salieron.
Ish se quedó a solas con sus pensamientos. Había intentado unirse al coro, pero la lengua no le había obedecido. Y se repitió las palabras de Ezra: Hay algo sucio y vil en ese hombre.
7
Más tarde, Ish recordó una costumbre de otros tiempos, ya abandonada. Fue hasta la puerta de la cocina y descubrió que había un candado. Recordó que lo había puesto su madre, que no confiaba en las cerraduras comunes. Cerró la puerta con el candado. Luego examinó la cerradura de la puerta de delante. Aún funcionaba.