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Joakim ansiaba desconectar el teléfono y encerrarse en ludden. Aislarse.

Dentro de la casa quedaban muchas reformas pendientes, y en el jardín y en la fachada también; pero lo único que él deseaba era tumbarse en la cama, aspirar el aroma de la ropa de Katrine y fijar la vista en el blanco techo.

Y luego estaba la policía. Si hubiera tenido fuerzas, habría hablado con ellos para que le dijeran quién era el responsable de asuntos internos, si es que tal persona existía; pero no tenía fuerzas.

La única funcionaria que se había puesto en contacto con él había sido aquella joven policía local de Marnäs. Tilda Davidsson.

– Lo siento -dijo la chica-. Lo siento muchísimo.

No le preguntó cómo se encontraba él, sino que volvió a pedirle perdón por el error cometido con los nombres. En la nota que le habían pasado aparecía el nombre equivocado, dijo; había sido un malentendido.

¿Un malentendido? Joakim había regresado a casa para consolar a su mujer y se la había encontrado muerta.

Escuchó a Davidsson en silencio, respondió con monosílabos y no hizo ninguna pregunta. La conversación fue breve.

Una vez finalizada, se sentó ante el ordenador familiar y escribió una carta al Ölands-Posten, donde relató brevemente lo sucedido tras la muerte de Katrine. Concluyó diciendo:

Durante muchas horas, creí que mi hija se había ahogado y que mi mujer estaba viva, cuando en realidad era al contrario. ¿Es demasiado pedir que la policía sepa distinguir entre los vivos y los muertos?

No lo creo; nos toca hacerlo a los familiares.

Joakim Westin, ludden

No había contado con que ningún responsable policial se pusiera en contacto con él, y, efectivamente, no lo hicieron.

Dos días después, se encontró con ke Högström, el pastor de Marnäs que oficiaría la ceremonia del entierro de su mujer.

– ¿Qué tal duerme? -le preguntó el hombre mientras tomaban una taza de café, después de repasar los detalles por última vez.

– Bien -respondió Joakim.

Intentó recordar lo que habían decidido. Llamaron al cantor para elegir los salmos que se tocarían, de eso se acordaba, pero había olvidado de cuáles se trataba.

El pastor de la parroquia de Marnäs frisaba los cincuenta, esbozaba una ligera sonrisa bajo una barba rala y vestía chaqueta negra y polo gris. Las paredes del despacho de la vicaría estaban cubiertas de estanterías repletas de toda clase de libros, y sobre la mesa había una fotografía del hombre, que sonreía a la cámara mientras mostraba un reluciente lucio.

– ¿No les molesta la luz de faro? -preguntó.

– ¿La luz? -repitió Joakim.

– El constante titilar del faro de ludden por las noches.

Él negó con la cabeza.

– Me imagino que uno se acaba acostumbrando -apuntó Högström-. Debe de ser como cuando pasa mucho tráfico bajo las ventanas. Ustedes vivían en el centro de Estocolmo, ¿no es así?

– A las afueras -respondió.

Se trataba de una charla informal, un intento de relajar el ambiente pero aun así, a Joakim le costaba encontrar las palabras.

– Entonces, empezaremos con el salmo 289, el 256 tras las exequias y el 297 para finalizar -dijo Högström-. Quedamos en eso, ¿no es cierto?

– Sí, muy bien.

La noche anterior al entierro llegaron una docena de invitados de Estocolmo: la madre de Joakim, un tío, dos primos y algunos amigos del matrimonio. Se movieron con discreción por la casa y hablaron sobre todo entre ellos. Livia y Gabriel se excitaron con tanta visita, pero no preguntaron a qué se debía su llegada.

Las exequias tuvieron lugar un jueves a las once, en la iglesia de Marnäs. Los niños no asistieron: Joakim los había llevado como de costumbre a la guardería a las ocho, sin decirles nada. Para ellos se trataba de un día cualquiera, pero él regresó a casa, se puso el traje negro y se tumbó de nuevo en la cama de matrimonio.

En el pasillo, el reloj de pared marcaba los segundos y Joakim recordó que su mujer era quien le daba cuerda. Ahora que ella ya no estaba no debería funcionar, pero lo hacía.

Clavó la vista en el techo y reflexionó sobre todas las cosas de Katrine que había en la casa. En su mente podía oír cómo lo llamaba.

Una hora después, Joakim, incómodo, estaba sentado en un banco de madera, con la vista fija en un gran mural. Mostraba a un hombre de su misma edad clavado en un instrumento de tortura romano. una cruz.

La iglesia de Marnäs era un edificio alto y lleno de ecos. El sonido de llantos ahogados reverberaba en la bóveda de piedra.

Joakim se encontraba en la primera fila de bancos, junto a su madre, que llevaba velo negro y lloraba con la cabeza inclinada, emitiendo quedos sollozos. Él sabía que no lloraría, como tampoco había derramado ni una sola lágrima en el entierro de Ethel, hacía un año. Las lágrimas llegaban siempre más tarde, después, por la noche.

Eran las once menos dos minutos cuando la puerta de la iglesia se abrió y entró una mujer alta y de anchas espaldas dando largas zancadas. Vestía un abrigo negro, lo mismo que el velo que ocultaba sus ojos, pero llevaba los labios pintados de un rojo brillante. Sus tacones resonaron sobre el suelo de piedra y muchos de los presentes volvieron la cabeza. La mujer avanzó y se sentó en el primer banco de la derecha, junto a las cuatro hermanastras de Katrine.

Se trataba de Mirja Rambe, la madre de las cinco. La suegra de Joakim, artista y cantante. No había vuelto a verla desde después de su boda con Katrine, hacía siete años. A diferencia de aquel día, ahora parecía sobria.

Justo cuando Mirja se sentó, las campanas comenzaron a sonar en lo alto de la torre de la iglesia.

Todo había terminado en menos de cuarenta y cinco minutos, y en realidad Joakim no recordaba nada de lo que el reverendo Högström había dicho ni qué salmos se habían cantado. Su mente había estado llena solo de imágenes y sonidos de agua corriendo y del romper de las olas.

Más tarde, cuando tras cruzar el cementerio helado se reunieron en la vicaría, multitud de personas se acercaron para hablar con él.

– Lo siento muchísimo, Joakim -dijo un hombre barbudo, y le acarició el hombro-. La apreciábamos mucho.

Él lo miró y lo reconoció al instante: era su tío de Estocolmo.

– Gracias…, muchas gracias.

No había mucho más que decir.

Varios de los asistentes al entierro le pasaban la mano por la espalda o le daban un abrazo contenido. Los dejó hacer, se convirtió en el peluche de todos.

– Es terrible… hablé con ella hace solo unos días -le dijo a Joakim un chica llorosa de unos veinticinco años.

La reconoció tras el pañuelo con el que se secaba los ojos, era la hermana pequeña de Katrine. Recordó que la llamaban Solros, «Girasol». Mirja les había puesto extraños apodos a todas sus hijas; a Katrine la llamaba Månstråle, «Rayo de luna», un nombre que ella odiaba.

– Y últimamente se la veía mucho más alegre -continuó Solros.

– Lo sé…, estaba contenta de que nos hubiéramos mudado aquí.

– Sí, y también de haber recibido noticias de su padre.

– ¿Su padre? -replicó-. Katrine nunca tuvo contacto con él.

– Lo sé -dijo Solros-. Pero mamá escribió un libro donde revelaba quién era.

Los ojos de la joven se llenaron de nuevo de lágrimas, lo abrazó y se dirigió hacia donde estaban sus hermanas.

Joakim se quedó donde estaba, y vio a Albin y Victoria Malm, amigos de Estocolmo, sentados a la mesa junto a la familia Hesslin, vecinos de Bromma.