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– ¿Vender ludden? -repitió Joakim-. ¿Quién querría comprarla ahora? Primero hay que reformarla…, lo íbamos a hacer Katrine y yo.

Su madre guardó silencio y miró por la ventana con aire ausente. Luego preguntó:

– Esa mujer del entierro, la que ha llegado tarde… ¿Era la madre de Katrine? ¿La artista?

Joakim asintió.

– Era Mirja Rambe.

– Me ha parecido reconocerla de la boda.

– No sabía que vendría.

– ¿Cómo no iba a venir? -replicó Ingrid-. Era su hija.

– Pero apenas tenían contacto. Yo no la había visto ni una sola vez después de la boda.

– ¿Estaban enemistadas?

– No…, aunque tampoco creo que fueran amigas. Se llamaban por teléfono de vez en cuando, pero Katrine casi nunca hablaba de Mirja.

– ¿Vive aquí?

– No. Creo que vive en Kalmar.

– ¿No te vas a poner en contacto con ella? -preguntó Ingrid-. Deberías hacerlo.

– No creo -respondió Joakim-. Pero quizá nos encontremos alguna vez. La isla es pequeña.

Miró por la ventana hacia el patio en penumbra. No quería ver a nadie. Deseaba encerrarse allí en ludden, y no salir nunca más. No tenía ganas de buscar un nuevo trabajo como profesor, ni tampoco de seguir trabajando en la casa.

Solo quería dormir el resto de su vida, junto a Katrine.

9

Esa noche de noviembre no llovía, pero hacía frío y el cielo estaba nublado y oscuro. La única luz del firmamento procedía de una pálida media luna oculta tras velos de nubes finas como la seda.

El tiempo ideal para cometer un atraco.

La casa se encontraba en la costa rocosa del noroeste de la isla, en lo alto del cantil, y era de construcción reciente, tenía apenas un par de años. Era de diseño, con mucha madera y cristal. Debía de haber sido un veraneante con mucho dinero quien la había encargado y construido, pensó Henrik. Recordó que su abuelo llamaba «estocolmenses» a los ricos del continente, sin importarle su procedencia.

– Hubba bubba -dijo Tommy, y se rascó el cuello-. Vámonos.

Freddy y Henrik lo siguieron hasta la pendiente de grava, al pie de la casa. Los tres vestían pantalones vaqueros y chaquetas oscuras, Tommy y Henrik llevaban mochilas negras.

Antes de conducir hacia el norte de Borgholm, los hermanos Serelius habían organizado otra sesión de güija en la cocina de Henrik. Encendieron tres velas hora y media antes de la medianoche y Tommy colocó el tablero sobre la mesa de la cocina con el vaso en el centro.

Guardaron silencio, el ambiente se volvió tenso.

– ¿Hay alguien ahí? -preguntó Tommy con el dedo sobre el vaso.

La pregunta quedó en el aire un instante, luego el vaso se agitó desplazándose hacia un lado y se detuvo sobre la palabra «SÍ».

– ¿Eres Aleister?

El vaso no se movió.

– ¿Es esta una noche apropiada, Aleister? -preguntó Tommy.

El vaso permaneció sobre el SÍ unos segundos más, después empezó a moverse hacia la hilera de letras.

– ¡Escribe! -le ordenó Tommy a Henrik.

Este lo hizo con una sensación desagradable en el estómago.

– L-U-D-D.

El vaso se detuvo al fin en medio del tablero. Henrik bajó la vista al papel y leyó lo que había escrito.

«LUDDEN LUDDEN OBRA DE ARTE LUDDEN CAMINA EN SOLITARIO ALLÍ», leyó.

– ¿ludden? -repitió Tommy-. ¿Qué diablos es eso?

Henrik miró el tablero.

– Yo he estado allí… Es un faro.

– ¿Con muchas obras de arte?

– Yo no vi ninguna.

A las doce de la noche, Henrik y los hermanos Serelius aparcaron el coche detrás de un cobertizo, a quinientos metros de distancia de la casa. Luego permanecieron entre los bloques de roca de la playa hasta que se apagó la última luz en las brillantes ventanas panorámicas del piso de arriba. Esperaron casi media hora; se habían tomado una dosis de cristal antes de ponerse los pasamontañas y acercarse a la casa.

Henrik sentía un poco de frío, pero se le había acelerado el pulso a causa del cristal. A mayor riesgo, mayor emoción. Apenas pensaba en Camilla en una noche así.

El rumor de las olas que rompían rítmicamente contra la grava detrás de ellos amortiguó sus pasos al subir, casi en silencio, por la pendiente pedregosa.

Una valla de hierro rodeaba la casa, pero Henrik conocía una verja que no estaba cerrada con llave en la parte que daba al mar. Enseguida se encontraron bajo las sombras de la pared de la casa.

La puerta corrediza de la planta baja era de cristal, y estaba cerrada con un sencillo pestillo. Henrik sacó un martillo y un destornillador de la mochila. Un golpe corto y seco le bastó para forzarlo.

Las ruedecitas de la puerta chirriaron débilmente cuando Tommy la corrió por el raíl de acero, aunque el sonido no fue mucho más fuerte que el ulular del viento.

Ninguna alarma pitó en la oscuridad.

Tommy introdujo su cabeza cubierta por el vano de la puerta. A continuación, se dio la vuelta y asintió hacia Henrik.

Entraron al calor de la casa mientras Freddy se quedaba fuera de guardia. El ulular del viento marino desapareció, y las sombras del interior se cernieron sobre ellos.

Estaban en un gran sótano con suelo de cemento pintado. En medio del mismo había una mesa de billar. Allí había muchas cosas.

Como si fuera un soldado de las fuerzas especiales, Tommy le indicó con la mano a Henrik que se separaran, y este asintió y se dirigió a la izquierda. En el otro extremo de la estancia había un mueble-bar con una docena de botellas. Cinco de ellas estaban sin abrir, y, con cuidado, las guardó una a una en la mochila. Luego se adentró en la sala y pasó de largo la escalera de madera que conducía al piso de arriba.

Entró en una sala de estar con un sofá de piel enfrentado a un pequeño televisor con vídeo, aparatos que fue llevándole de uno en uno a Freddy. Luego regresó y echó un vistazo debajo del sofá.

Vislumbró algo grande. ¿Una bolsa de golf?

Se agachó y tiró de una lona con cierta dificultad. Sobre ella, había un equipo completo de submarinismo, con aletas, botellas amarillas, una especie de medidores de presión y un traje de buceo. No parecía usado. Quizá se lo habían comprado el verano anterior a algún quinceañero aburrido que quería aprender a bucear y que luego perdió el interés.

Había también algo más sobre la lona: una vieja escopeta de caza.

Tenía aspecto de estar bien cuidada, a juzgar por su reluciente culata de madera y la correa de cuero curtido. Al lado, había una cajita de cartón roja con cartuchos.

Henrik cogió una cosa cada vez. Comenzó por llevarse las botellas de oxígeno y se tropezó con Tommy, que cargaba con una pantalla de ordenador.

Este vio las botellas y asintió satisfecho.

– Hay más cosas -susurró Henrik, y regreso al interior.

Se colocó el resto del equipo de buceo bajo un brazo y se colgó la escopeta al hombro. Metió la caja de cartuchos en la mochila y luego se dirigió hacia la puerta corredera, donde encontró a Tommy con una bicicleta estática. Parecía asimismo completamente nueva, pero Henrik negó con la cabeza.

– No cabe -susurró.

– Sí -respondió Tommy-, la desmontamos y…

Se oyó un ruido sordo en la oscuridad.

Un ruido sordo seguido de pasos que provenían del piso de arriba.

A continuación, se encendió una luz en la escalera.

– ¿Hola? -exclamó una voz masculina.

– ¡A la mierda con la bicicleta! -susurró Henrik.

Tommy y él se pusieron en marcha al mismo tiempo. Salieron por la puerta de cristal, cruzaron el césped, atravesaron la verja y bajaron con Freddy a la playa. Los tres iban cargados de cosas, pero el trayecto de grava hasta el coche no era largo.

Henrik dejó la mercancía robada en el suelo, tomó aliento y miró tras de sí. Habían encendido todas las luces de la casa, pero no parecía que nadie los persiguiera.

– ¡A cargar! -gritó Tommy.