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– ¡Salta, Ebba!

Ella toma impulso, y se lanza por encima del agua negra.

Aterriza justo al borde de la placa de hielo, tropieza y rueda por él.

Ahora, su hermano se ha quedado solo sobre el témpano de hielo. Ha alcanzado el borde apenas medio minuto después que Ebba, pero la grieta tiene ya varios metros de ancho. Se detiene y duda, pero esta sigue creciendo.

Los dos permanecen de pie y se miran aterrorizados. Petter mueve la cabeza y señala hacia la playa.

– ¡Ve a buscar ayuda, Ebba! ¡Tienen que sacar una barca!

Ella asiente y se da la vuelta. Se apresura.

El hielo sigue rompiéndose a causa de las olas y el viento, las grietas la persiguen. Un par de veces, se abre un nuevo abismo ante ella, pero consigue saltarlo.

Se da la vuelta y ve a Petter por última vez. Está solo sobre un inmenso témpano de hielo, tras un negro canal que crece sin cesar.

Luego tiene que correr de nuevo. El fragor del hielo al romperse resuena a lo largo de toda la costa.

Ebba corre y corre, perseguida por un viento cada vez más fuerte, hasta que por fin divisa la casa entre los faros: su hogar. Pero de momento el gran caserón es tan solo un pequeño cubo granate en la distancia, y ella aún se encuentra muy lejos, sobre el hielo. Reza a Dios por Petter y por ella, y se arrepiente de haberse alejado tanto.

Salta por encima de una nueva grieta, resbala, pero sigue corriendo.

Al fin, llega a los terraplenes junto a la playa. Gatea y se arrastra por encima de ellos, sollozando y sorbiéndose los mocos. Ahora se encuentra a salvo.

Ebba se pone en pie y mira alrededor. El horizonte ha desaparecido tras la neblina. Los témpanos de hielo también. Se han desplazado hacia el este, hacia Finlandia y Rusia.

Continúa sollozando mientras sube la cuesta. Sabe que debe llegar a la casa cuanto antes y conseguir que saquen una barca. Pero ¿por dónde irán a buscar a Petter?

Las fuerzas la abandonan y cae de rodillas sobre la nieve.

Desde lo alto de la colina observa la casa de ludden. La nieve ha cubierto de blanco el tejado, pero las ventanas siguen viéndose negras como el carbón.

Negras como los agujeros en la capa de hielo, o como ojos airados. Ebba no puede evitar pensar que los ojos de Dios deben de ser así.

11

Y pasaron los días.

Aunque nunca lo mencionaran, Livia y Gabriel parecían creer que su madre tan solo estaba de viaje y pronto regresaría. Eso no estaba bien, pero al mismo tiempo, el propio Joakim casi había empezado a creer en ello.

Katrine se había ido de vacaciones, y quizá aún podría volver a la finca.

El día siguiente a la visita de los policías estaba en la cocina y miraba por la ventana. En aquella mañana de noviembre, no se veía ninguna ave migratoria; solo unas cuantas gaviotas perdidas volaban en círculos sobre el mar.

Un par de horas antes había llevado a sus hijos a la guardería de Marnäs y después había decidido ir a comprar comida. Entró en la tienda de la plaza, pero se quedó paralizado.

Había tantos productos, tantos anuncios.

Un cartel junto al mostrador de la carne parecía ofrecer «CARNE MACHACADA, SOLO 79,90 KILO».

¿Machacada? Tenía que haber leído mal, pero le dio miedo acercarse y descubrir lo que el cartel decía en realidad. Retrocedió despacio y se fue de la tienda.

No tenía fuerzas para comprar comida.

Regresó a la casa. Al entrar lo envolvió un silencio sepulcral; se quitó el abrigo. Después, se quedó junto a la ventana. No tenía otro plan, solo permanecer allí el mayor tiempo posible.

Frente a él, sobre la encimera de madera clara de la cocina. había una lechuga olvidada. ¿La había comprado él o Katrine? No lo recordaba, pero los últimos días, la lechuga había comenzado a ponerse negra dentro del plástico. En la cocina, la descomposición no era buena señal; debería tirarla.

No tenía fuerzas.

Echó un último vistazo a través de la ventana, hacia la masa gris que formaban el mar desierto y el cielo nublado más allá de ludden, y se le ocurrió un nuevo plan: se acostaría y no se levantaría nunca más.

Entró en el dormitorio y se acostó en la cama de matrimonio, que estaba hecha. Clavó la vista en el techo. Katrine había quitado las feas placas de yeso y había recuperado el techo original; quizá datara del siglo XIX.

Resultaba bonito, tenía la sensación de estar tumbado bajo una nube blanca.

En medio del silencio, de repente oyó que alguien llamaba con los nudillos. Sonoros golpes contra el vibrante cristal.

Volvió la cabeza.

¿Malas noticias? Siempre estaba preparado para recibir más malas noticias.

Oyó los golpes de nuevo, ahora más enérgicos.

Procedían de la puerta de la cocina.

Se levantó lentamente de la cama, cruzó la cocina y salió al recibidor.

A través del cristal, vio a dos personas vestidas de negro fuera, en la escalera.

Se trataba de una pareja de la edad de Katrine y él. El hombre llevaba traje, la mujer una capa azul oscuro y falda. Ambos le sonrieron afablemente cuando les abrió la puerta.

– Hola -saludó ella-. Somos Filip y Marianne. ¿Podemos pasar?

Joakim asintió y abrió la puerta de par en par. ¿Venían de la funeraria de Marnäs? No los reconoció, pero durante las últimas semanas lo habían llamado varias personas de la funeraria. Todas habían sido muy consideradas.

– Vaya, qué bonito es esto -comentó la mujer al entrar en la cocina.

El hombre echó también un vistazo, asintió y se dio la vuelta hacia Joakim.

– Este mes estamos de viaje por la isla -dijo-, y hemos visto que había alguien en la casa.

– Vivimos aquí todo el año… Mi mujer, mis dos hijos y yo -contestó él-. ¿Desean tomar un café?

– Gracias, pero no tomamos cafeína -respondió Filip, y se sentó a la mesa de la cocina.

– ¿Cómo se llama, si me permite la pregunta? -inquirió Marianne.

– Joakim.

– Joakim, deseamos darle una cosa. Es importante.

La mujer sacó algo del bolso y lo dejó sobre la mesa, delante de él. Se trataba de un folleto.

– Échele un vistazo. ¿Verdad que es bonito?

Joakim miró el delgado folleto. Un dibujo en la parte delantera representaba una pradera florida bajo un cielo azul. En la pradera, estaban sentados un hombre y una mujer vestidos de blanco. Él pasaba el brazo sobre una oveja que estaba echada sobre la hierba mientras que la mujer sujetaba un gran león. Se sonreían el uno al otro.

– ¿No le parece el paraíso? -preguntó Marianne.

Joakim alzó la vista hacia ella.

– Yo creía que el paraíso era esta casa -respondió-. No ahora, antes.

La mujer lo miró desconcertada durante unos segundos. Luego sonrió de nuevo.

– Jesucristo murió por todos nosotros -dijo-. Murió para que pudiéramos alcanzar ese bienestar.

Joakim miró el dibujo de nuevo y asintió.

– Muy bonito. -Señaló la imponente montaña que había al fondo del dibujo-. Una montaña muy bonita.

– Es el paraíso celestial -explicó Marianne.

– Seguimos viviendo después de muertos, Joakim -intervino Filip, y se inclinó sobre la mesa como si fuera a revelarle un gran secreto-. Vida eterna… ¿No es fantástico?

Él asintió. No podía dejar de mirar el dibujo. No era la primera vez que veía aquellos folletos, pero nunca había advertido la belleza de las imágenes del paraíso representadas en ellos.

– Me gustaría vivir en esa montaña -dijo.

Fresco aire de montaña. Podría vivir allí con Katrine. Pero la isla a la que se habían mudado era completamente llana, allí no había montañas. Ni ninguna Katrine…

De repente, le costó respirar. Se inclinó hacia delante y sintió que las lágrimas anegaban sus ojos.

– ¿No se encuentra bien? -preguntó Marianne.

Él negó con la cabeza, se inclinó sobre la mesa y rompió a llorar. No, no se encontraba bien. No estaba bien, tenía la carne machacada.