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Metió la brocha en el bote de cola, lo revolvió unas cuantas veces y luego se puso manos a la obra en otra pared. Pegó tira tras tira, y la habitación fue cambiando de color, volviéndose poco a poco más clara. Alisó las burbujas del papel y eliminó la cola restante con una esponja húmeda.

Cuando apenas le quedaba por cubrir una franja de más o menos un metro, se dio cuenta de que ya no se oían las voces de los niños.

En la casa, el silencio era absoluto.

Joakim se bajó de la escalera y aguzó el oído.

– ¿Livia? -gritó-. ¿Gabriel? ¿Queréis un zumo? ¿Y galletas?

No hubo respuesta.

Escuchó un rato más y luego salió de la habitación y avanzó por el pasillo en dirección al salón. Pero a medio camino miró a través de la ventana, hacia el patio interior, y se detuvo.

La puerta del establo estaba entornada.

Antes estaba cerrada, ¿no?

Luego vio que el abrigo y el gorro de Andreas Carlsson habían desaparecido del suelo.

Joakim se puso la chaqueta y unas botas y salió al patio.

Los niños debían de haber abierto la pesada puerta juntos. Quizá también se habían adentrado en la oscuridad.

Joakim se acercó y se detuvo en el umbral del establo.

– ¿Hola?

Nadie respondió.

¿Jugaban al escondite? Caminó por el suelo de piedra y percibió el olor a heno viejo.

Katrine y él habían pensado convertir el establo en una galería de arte en el futuro, cuando hubieran retirado el heno, los excrementos y todo rastro de animales.

De nuevo estaba pensando en Katrine, a pesar de que no debería hacerlo. Pero se acordó de que la mañana del mismo día en que se había ahogado, la había visto salir del establo. Parecía avergonzada, como si él la hubiera sorprendido haciendo algo que no debía.

Nada se movía allí dentro, pero a Joakim le pareció oír chasquidos o crujidos, ruidos de pasos que procedían del altillo.

Una estrecha y empinada escalera conducía a él; se agarró a la barandilla y empezó a subir.

Llegar allí desde los pasillos oscuros y las cuadras de abajo era como entrar en una iglesia, pensó Joakim. En el altillo solo había un gran espacio donde antaño se secaba el heno -distribución diáfana, como solían llamarlo las inmobiliarias- y un techo puntiagudo que se elevaba en la oscuridad. A un metro por encima de su cabeza vio unas gruesas vigas de madera.

A diferencia del piso superior de la casa, allí era imposible perderse, aun cuando resultara difícil avanzar entre toda la basura acumulada en el suelo.

Pilas de periódicos, macetas, sillas rotas, viejas máquinas de coser: el altillo del heno se había convertido en un vertedero. Había también un par de ruedas de tractor, tan altas como un hombre, apoyadas contra la pared. ¿Cómo las habrían subido hasta allí?

Al ver el desorden, de repente recordó que había soñado que veía a Katrine en aquel lugar. Pero en su sueño el suelo estaba limpio y ella le daba la espalda, de pie junto a la pared del fondo. Joakim tenía miedo de acercarse a su mujer.

El viento invernal producía un débil susurro al atravesar el tejado del granero. No le acababa de gustar encontrarse solo en aquel sitio tan frío.

– ¿Livia? -llamó.

La única respuesta fue el crujido del suelo de madera. Quizá los niños se habían ocultado en la oscuridad, seguro que lo espiaban desde las sombras, que se escondían de él.

Miró a su alrededor y aguzó el oído.

– ¿Katrine? -dijo en voz baja.

No hubo respuesta. Esperó unos minutos en la oscuridad, pero en vista de que el silencio del altillo seguía igual, dio la vuelta y bajó la escalera.

Al regresar a la casa, encontró a los niños donde debería haber ido a buscarlos primero: en su habitación.

Livia estaba sentada en el suelo y dibujaba como si nada. Al parecer, Gabriel tenía permiso de su hermana para estar allí, pues se había llevado unos cochecitos de su habitación y jugaba con ellos sentado a su lado.

– ¿Dónde estabais? -le preguntó, con una voz más aguda de lo que había previsto.

Livia alzó la vista de su bloc de dibujo. A pesar de ser profesora de dibujo, Katrine nunca dibujaba por iniciativa propia, pero a la niña le gustaba hacerlo.

– Aquí -contestó sin vacilar.

– Pero antes… ¿Andreas, Gabriel y tú habéis salido al patio?

– Un ratito.

– No podéis entrar en el establo -dijo Joakim-. ¿Os habéis escondido allí dentro?

– No. Allí no hay nada que hacer.

– ¿Dónde está Andreas?

– Se ha ido a casa. Tenía que comer.

– Vale. Nosotros también comeremos dentro de un rato. Pero no salgas al patio sin decírmelo, Livia.

– No.

La noche del día en que Joakim estuvo en el granero, Livia comenzó de nuevo a hablar en sueños.

No había sido difícil acostarla. A las siete, Gabriel se había dormido, y Joakim ayudaba a Livia a lavarse los dientes en el cuarto de baño. La niña le miró la cabeza con curiosidad.

– Tienes unas orejas extrañas, papá -dijo al cabo de un rato.

Él dejó el vaso y el cepillo de su hija y preguntó:

– ¿Qué quieres decir?

– Tus orejas parecen tan… viejas.

– Vaya. Pues no son más viejas que yo. ¿Tienen pelos?

– No muchos.

– Menos mal -contestó Joakim-. No es muy bonito tener pelos en la nariz y las orejas…, en la boca tampoco.

Livia quería quedarse un rato más frente al espejo, haciendo muecas, pero él la sacó del cuarto de baño tirando con cuidado de ella. La acostó, le leyó dos veces la historia de un niño al que la cabeza se le queda metida en la sopera y luego apagó la luz de la mesilla. Al salir de la habitación, oyó cómo la niña se arrebujaba bajo la manta y hundía la cabeza en la almohada.

El jersey de lana de Katrine aún seguía a su lado, en la cama.

Joakim fue a la cocina, se tomó un par de sándwiches y puso el lavaplatos. A continuación, apagó todas las luces.

Anduvo a tientas en la oscuridad hasta su dormitorio y encendió la lámpara del techo.

La vacía y fría cama de matrimonio seguía allí, y la ropa colgando de las paredes. La ropa de Katrine, que ya había perdido todo su olor. Pensó que debería descolgarla, pero esa noche no.

Apagó la luz, se metió en la cama y yació inmóvil, a oscuras.

– ¿Mamá?

La voz de Livia hizo que Joakim alzara la cabeza, completamente despierto.

Aguzó el oído. El lavaplatos había acabado en la cocina y el visor del radiodespertador marcaba las 23.52. Había dormido algo más de una hora.

– ¿Mamá?

Se oyó de nuevo, y Joakim se levantó de la cama. Se dirigió a la habitación de Livia. Se detuvo en el umbral hasta que la oyó de nuevo.

– ¿Mamá?

Entró en el cuarto y se acercó a la cama. Livia estaba tumbada y tapada con la manta, con los ojos cerrados, pero a la luz de la lámpara del pasillo Joakim vio cómo agitaba la cabeza sobre la almohada. Tenía el jersey de lana de Katrine enrollado en la mano. Se acercó con cuidado y se lo desenrolló.

– Mamá no está aquí -dijo en voz baja, y dobló el jersey.

Se hizo el silencio durante unos segundos.

– Sí está.

– Livia, duérmete.

Entonces abrió los ojos y lo reconoció.

– No puedo dormir, papá -dijo.

– Claro que sí.

– No -insistió ella-. Tienes que dormir aquí.

Joakim suspiró, pero ahora Livia estaba completamente despierta y no había nada que hacer. Esa siempre había sido labor de Katrine.

Se tumbó en el borde de la cama con cuidado. Era demasiado corta, no conseguiría dormirse.

Tardó un par de minutos en conciliar el sueño.

Había alguien fuera de la casa.

Joakim abrió los ojos en la oscuridad. No oyó nada, pero sentía que tenían visitas.

Estaba otra vez completamente desvelado.

¿Qué hora era? No tenía ni idea. Podía llevar horas durmiendo.