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Dieron un rodeo por la carretera de la costa para regresar a Borgholm, pero no se cruzaron con ningún policía. A las afueras de la ciudad, Tommy atropelló un gato o un conejo, pero en esa ocasión estaba demasiado cansado para alegrarse.

– Paremos por hoy -dijo Tommy cuando entraron en las calles iluminadas de la ciudad-. Nos merecemos un descanso.

Llegaron al barrio de Henrik. Eran las tres y cuarto.

– De acuerdo -dijo este lacónico, y abrió la puerta-. Además tenemos que contar el dinero.

No iba a olvidar que los hermanos Serelius habían estado a punto de abandonarlo en el bosque.

– Te llamaremos -dijo Tommy a través de la ventanilla bajada.

Él asintió y se dirigió a su casa.

Una vez allí se miró y se dio cuenta de lo sucio que estaba. El anorak y los vaqueros tenían manchas negras de tierra. Los tiró al cesto de la ropa sucia y bebió un vaso de leche mirando ausente a través de la ventana.

Sus recuerdos de la casa parroquial eran borrosos y no deseaba avivarlos. Por desgracia, la imagen más nítida era la mano del anciano que él había aplastado con la bota. No lo había hecho a propósito, pero…

Apagó la luz y se acostó.

Le resultó difícil conciliar el sueño; le dolía la frente y tenía los nervios de punta, pero finalmente se sumió en la bruma en algún momento cerca de las cuatro.

Un débil golpeteo le despertó un par de horas más tarde.

Oía repicar contra cristal. Luego silencio.

Levantó la cabeza de la almohada y, desconcertado, escrutó la habitación en penumbra.

Oyó de nuevo el vago repiqueteo. El ruido parecía proceder del recibidor.

Abandonó el calor de la cama y se adentró en las sombras tambaleándose y aplicando el oído.

El sonido provenía de la mochila. Tres golpecitos y silencio. Luego otro par de golpes.

Se agachó y abrió la cremallera de la mochila. Dentro tenía la vieja lámpara de la casa parroquial, aún envuelta en el mantel.

Henrik la sacó.

Supuso que la madera se habría enfriado en la furgoneta, y que ahora se calentaba de nuevo. Esa era la razón del ruido y los crujidos.

Colocó la lámpara sobre la mesa de la cocina, cerró la puerta y se acostó de nuevo.

De vez en cuando, le llegaban débiles golpecitos desde la cocina. Resultaban tan irritantes como el goteo de un grifo, pero Henrik estaba tan cansado que aun así acabó durmiéndose.

13

Lo más importante era no olvidar nunca a Katrine.

Cada vez que Joakim lo hacía, aunque fuera solo un instante, el dolor regresaba inexorable cuando de repente recordaba que ella ya no existía. Por esa razón, intentaba tenerla constantemente en sus pensamientos: justo antes de cruzar la frontera de la pena, pero siempre presente.

El domingo de la tercera semana después del accidente, salió de excursión con los niños por los alrededores de la casa. Se dirigieron al oeste, hacia el interior. Joakim sintió la presencia de ludden tras sí e imaginó que Katrine se había quedado allí para colocar unas tiras de papel pintado. Enseguida saldría al campo y los alcanzaría.

Era un día de noviembre ventoso pero soleado, llevaban bollos y chocolate caliente. La mochila de Joakim tenía acoplada una sillita en la que Gabriel se podía sentar si se cansaba, pero la mayor parte del tiempo el niño corrió con Livia por la pradera.

Al llegar a la carretera nacional, les gritó que se detuvieran, y luego cruzaron juntos, después de mirar a ambos lados, como les habían enseñado a hacer a los niños.

Las últimas noches, Livia había dormido más tranquila y no parecía en absoluto cansada, a diferencia de Joakim, a quien la constante falta de sueño le provocaba una pesada hinchazón detrás de los ojos. Ahora que trabajaba de nuevo en la casa, se sentía algo mejor durante el día, pero las noches todavía le resultaban difíciles. Aun cuando Livia dormía profundamente, él permanecía despierto en la oscuridad, esperando. Escuchando.

A la niña no parecía afectarle hablar en sueños, más bien al contrario.

Había empezado a llevar a casa dibujos hechos en la guardería. Muchos de ellos mostraban a una mujer de pelo rubio que unas veces estaba frente al mar y otras delante de una gran casa roja. En la parte superior solía escribir «MAMÁ» con letras rudimentarias.

Livia seguía preguntando cada mañana y cada noche cuándo iba a volver Katrine a casa, y Joakim siempre daba la misma respuesta: «No lo sé».

Al otro lado de la carretera nacional se extendía un viejo muro de piedra. Después de saltarlo, se hallaron ante una extensión llana y plomiza de agua alternada con zonas de juncos y matorrales de hierba pajiza. No se podía determinar la profundidad de aquella agua negra y estancada.

– Esto es una ciénaga -explicó Joakim.

– ¿Alguien se podría ahogar aquí? -preguntó Livia.

La niña intentó clavar un palo en la charca embarrada, ajena al efecto que su pregunta había producido en Joakim.

– No…, solo si no supiera nadar.

– ¡Yo sé nadar! -exclamó ella.

Durante el verano, había recibido cuatro lecciones de natación en Estocolmo.

Gabriel gritó de repente y luego rompió a reír: se había quedado atrapado, con las botas de goma hundidas en la hierba, junto al agua. Cuando Joakim tiró de él el suelo embarrado lo soltó emitiendo un desilusionado gorgoteo. Dejó a su hijo en el suelo seco, observó el agua negra y recordó de pronto algo que el agente inmobiliario que les enseñó ludden les había contado al pasar junto a la ciénaga.

– ¿Sabéis qué se hacía aquí durante la Edad de Hierro, hace miles de años? -les preguntó Joakim.

– ¿Qué? -quiso saber Livia.

– He oído decir que ofrecían sacrificios a los dioses.

– Sacrificios… ¿Qué es eso?

– Significa que uno da algo que le gusta para recibir otras cosas a cambio -explicó Joakim.

– ¿Qué ofrecían, entonces? -preguntó la niña.

– Plata, oro, espadas y cosas por el estilo. Lo tiraban al agua como un regalo para los dioses.

Según el agente inmobiliario, a veces también se habían hecho sacrificios de animales y personas, pero esas no eran historias para niños.

– ¿Por qué? -inquirió Livia.

– No lo sé…, pero seguro que creían que así los dioses estarían contentos y harían que la vida fuera más fácil para ellos.

– ¿Qué clase de dioses eran? -siguió preguntando Livia.

– Dioses paganos.

– ¿Qué es eso?

– Bueno, son… dioses algo malvados -contestó Joakim, que no sabía mucho de mitología-. Dioses vikingos como Odín y Freya. Y los dioses de la naturaleza, de la tierra y de los árboles. Pero ahora ya no existen.

– ¿Por qué no?

– Porque la gente ha dejado de creer en ellos -respondió él, y retomó el camino-. Venga, vamos. Gabriel, ¿quieres sentarte en la mochila?

El niño negó alegremente con la cabeza y de nuevo echó a correr detrás de Livia. Un estrecho sendero de tierra seca corría a lo largo de la ciénaga, y lo siguieron hacia el norte. Al acabar la zona pantanosa encontraron campos de cultivo, y más allá de estos se veía Rörby, con su iglesia blanca alzándose en el horizonte.

A Joakim le hubiera gustado ir más lejos, pero cuando alcanzaron los campos de cultivo los niños redujeron notablemente el paso. Se quitó la mochila.

– Nos detendremos un rato a comer algo.

Les llevó un cuarto de hora vaciar el termo de chocolate caliente y comerse todos los bollos. Cada uno se sentó en una piedra seca. Todo era silencio a su alrededor. Joakim sabía que la ciénaga era una zona protegida para las aves, pero ese día no vieron un solo pájaro.

Tras la pausa, regresaron por la carretera nacional. Joakim eligió un sendero paralelo a esta, que discurría a través de un pequeño bosque que quedaba al noroeste de ludden. Estaba formado por árboles bajos y matorral, como todos los bosques que había visto en la isla; sobre todo había pinos, que se inclinaban levemente hacia el interior, para evitar los fuertes vientos marinos. Entre estos crecía una espesa maleza de avellano y espino blanco.