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Bajaron hacia el mar, donde el viento era más fuerte y frío. El sol se ponía ya en el horizonte y el cielo había perdido su brillo azulado.

– ¡Ahí hay restos de un naufragio! -exclamó Livia cuando casi habían llegado a la playa.

– ¡Naufragio! -repitió Gabriel.

– ¿Podemos ir allí, papá?

Desde lejos, parecía el casco de un barco, pero al acercarse vieron que no era más que un montón de viejos tablones partidos. Lo único que seguía entero era la quilla; una retorcida viga de madera medio enterrada en la arena.

Livia y Gabriel dieron una vuelta alrededor de los restos, pero regresaron decepcionados.

– No se puede arreglar, papá -anunció Livia.

– No -respondió él-, no hay manera.

– ¿Se ahogaron todos los del barco?

A Joakim le dio la impresión de que su hija hablaba constantemente de gente ahogada.

– No, se salvaron -contestó Joakim-. Seguro que los fareros los ayudaron a alcanzar la playa.

Continuaron hacia el sur por la ventosa playa. Las olas rompían en la arena; Livia y Gabriel se aproximaron lo máximo posible sin mojarse. Cuando el agua se acercaba a ellos, saltaban hacia atrás entre gritos y risas.

Después de un cuarto de hora, llegaron al rompeolas que protegía los faros. Livia corrió hacia él por la playa y se subió al primer bloque de piedra.

Por allí pasó Katrine hacía apenas tres semanas. Directa por el rompeolas hacia el mar.

– No te subas ahí, Livia -gritó Joakim.

Ella se dio la vuelta y lo miró.

– ¿Por qué no?

– Te puedes resbalar.

– ¡Qué va!

– Sí que puedes. ¡Venga, vamos!

Al final, Livia se bajó de las piedras, en silencio y enfadada. Gabriel miró a su hermana y a su padre, inseguro sobre cuál de ellos tenía razón.

Pasaron de largo el camino que llevaba a los faros, y a Joakim se le ocurrió una idea para que la niña recuperara el buen humor.

– Quizá podríamos ir a ver uno de los faros -propuso.

Livia volvió la cabeza deprisa.

– ¿De verdad?

– Claro -dijo él-, si conseguimos abrir la puerta. Pero sé dónde hay un llavero.

Echó a andar hacia la casa con los dos niños pisándole los talones, abrió con la llave la puerta de la cocina y, como de costumbre, contuvo el impulso de llamar a Katrine al entrar.

En unos de los viejos armarios había una caja de hojalata que les había dejado el agente inmobiliario, con documentos sobre la historia de la finca. Y también un antiguo llavero: una anilla de hierro con una docena de llaves, algunas de ellas, las más grandes y pesadas que había visto nunca.

Gabriel prefería quedarse en el interior caldeado, quería ver una película de Pingu el pingüino. Joakim encendió el reproductor de vídeo.

– Ahora volvemos -anunció.

El niño apenas asintió, cautivado por las imágenes.

Joakim cogió el tintineante llavero y salió de nuevo al frío de fuera con Livia.

– ¿Cuál prefieres?

Ella recapacitó y dijo, señalando:

– Ese. El faro de mamá.

Joakim observó la torre norte. Era la que no alumbraba, aunque creía haberla visto iluminada una vez, el amanecer del mismo día en que Katrine fue al rompeolas.

– De acuerdo -contestó-. Iremos allí.

Así que se dirigieron al mar por el camino de piedras, y en la bifurcación se desviaron a la izquierda.

Llegaron al pequeño islote. Frente a la puerta de hierro, había una roca plana de piedra caliza, tan grande que padre e hija podrían ponerse de pie sobre ella.

– Veamos si podemos entrar, Livia…

Joakim estudió la cerradura y eligió una de las llaves. Cogió la que parecía encajar, pero resultó ser demasiado grande. Pudo meter la segunda llave elegida, pero una vez dentro, no giró.

La tercera también encajó, y con esfuerzo, Joakim consiguió hacerla girar, aunque la cerradura se resistió chirriando.

Tiró del picaporte con todas sus fuerzas y la puerta se abrió despacio sobre sus oxidados goznes, pero se quedó atascada tras desplazarse quince o veinte centímetros.

Era por culpa de la piedra pulida. Las olas invernales y el hielo -o quizá la hierba que había crecido alrededor- habían hecho que la piedra se elevara con el paso de los años, y ahora la parte inferior de la puerta chocaba con ella.

Joakim tiró hacia arriba de la parte superior de la puerta de acero, logrando que esta se elevara unos centímetros, pero aun así no llegó a abrirse.

Echó un vistazo por la rendija entreabierta con la sensación de estar mirando dentro de una oscura grieta en la roca.

– ¿Qué hay dentro? -preguntó Livia tras él.

– ¡Huy! -exclamó-. ¡Hay un esqueleto en el suelo!

– ¿Qué?

Volvió la cabeza y sonrió hacia su hija, que tenía los ojos abiertos como platos.

– Es una broma. No se ve gran cosa…, está muy oscuro.

Se apartó y dejó que Livia mirara.

– Veo una escalera -dijo.

– Sí, es la que lleva a lo alto de la torre.

– Está doblada -comentó la niña-. Da la vuelta… y sube.

– Hasta arriba del todo -asintió Joakim, y añadió-: Espera aquí.

Abajo, junto al agua, había visto un bloque de piedra alargado, y fue a buscarlo. La colocó en la abertura de la puerta, con lo que logró forzarla un poco más y abrir un espacio por el que colarse.

– ¿Puedes retroceder un poco, Livia? -dijo-. Voy a intentar entrar y tirar de la puerta desde dentro.

– ¡Yo también quiero entrar!

– Déjame a mí primero -contestó él.

Se situó sobre la piedra alargada, apretó la puerta todo lo que pudo y se escurrió por la abertura. Lo consiguió. En ese momento, se alegró de no tener una barriga cervecera.

Dentro del faro estaba oscuro, y no soplaba el viento del mar. Joakim vio un suelo de cemento plano y palpó unas sólidas paredes de piedra.

Poco a poco se acostumbró a la penumbra y miró a su alrededor. ¿Cuánto tiempo haría que nadie entraba en el faro? Quizá diez o veinte años. El aire era seco, como en todos los edificios de piedra caliza, y las superficies estaban recubiertas de una capa de polvo ceniciento.

La escalera de piedra que Livia había visto comenzaba casi a sus pies y ascendía en espiral entre la pared exterior y el grueso pilar central de la torre. Desaparecía en la penumbra, pero allí arriba, en alguna parte, se adivinaba una débil luz que con seguridad debía de proceder de las pequeñas ventanas de la torre.

Alguien había dejado algunos objetos en el suelo. Un par de botellas de cerveza vacías, una pila de periódicos, un bidón rojo y blanco en que se leía «CALTEX».

Junto a la escalera, había una pequeña puerta. Al entreabrirla, Joakim vio aún más chatarra: viejas cajas de madera apiladas, botellas vacías y redes de pescar verde oscuro colgadas en las paredes. Incluso había una especie de viejo rodillo.

Alguien había utilizado el faro como trastero.

– ¿Papá?

Livia lo llamaba.

– ¿Sí? -contestó él, y el eco de su voz reverberó en la escalera de caracol.

El rostro de la niña apareció por la rendija de la puerta.

– ¿Puedo entrar yo también?

– Podemos intentarlo… Si te subes a la piedra, tiraré de ti.

Pero tan pronto como su hija empezó a empujar para introducirse por la rendija, Joakim comprendió que no podría tirar de la puerta y de ella al mismo tiempo. Corría el riesgo de que la niña se quedara atascada.

– No creo que sea posible, Livia.

– Pero ¡yo quiero!

– Tendremos que ir al faro sur -dijo-, y quizá podamos…

De repente, oyó un ruido procedente de lo alto de la torre. Volvió la cabeza y aguzó el oído.

Pasos. Sonaba como el eco de unos pasos en la parte superior de la escalera de caracol.

El sonido procedía de la torre. Serían imaginaciones suyas, pero sonaban como pasos pesados, y parecía que descendieran despacio pero sin parar por la escalera.