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– Hola, Joakim -saludó ella, y expulsó el humo por la comisura de los labios.

– Hola, Mirja.

– Cómo me alegro de encontrarte en casa. ¿Qué tal estás?

– Regular.

– Comprendo… Ante una cosa así, uno se siente como una mierda.

Ese fue todo el consuelo que recibió por su parte. Mirja dejó caer el cigarrillo en la grava y se acercó a la puerta, él se apartó y ella entró, dejando una estela de tabaco y perfume.

Se detuvo en la cocina y echó un vistazo. Joakim sabía que todo había cambiado mucho desde que la mujer vivió en la casa, hacía más de treinta años; pero al no comentar nada de todo el trabajo que habían hecho, no pudo evitar preguntar:

– ¿Qué te parece? Fue Katrine la que hizo la mayor parte de la reforma durante el verano pasado.

– Bien -respondió ella-. Cuando Torun y yo alquilamos una habitación en la cabaña, aquí en la casa vivían unos hombres solteros. Entonces todo estaba hecho una pena. Con hollín por todas partes.

– ¿Eran fareros? -preguntó Joakim.

– En aquel tiempo ya no había fareros -contestó Mirja lacónica-. Los que vivían aquí eran unos vagos.

Se sacudió como si quisiera cambiar de tema, y preguntó:

– ¿Dónde están mis nietos?

– Livia y Gabriel están en el colegio. En Marnäs.

– ¿Ya?

– Sí, van a una guardería. Livia hace actividades preescolares.

Mirja asintió, aunque no sonrió.

– Nombres nuevos… -comentó-, pero el mismo criadero de perros.

– La guardería no es un criadero -dijo Joakim-. A ellos les gusta ir.

– Sí, claro -respondió ella-. En mi época, se llamaba parvulario. La misma mierda…, día tras día.

De pronto se dio la vuelta.

– Hablando de animales…

Salió al jardín.

Joakim permaneció en la cocina y se preguntó cuánto tiempo pensaría quedarse Mirja en la casa. Esta parecía mucho más pequeña desde que su suegra estaba allí, como si le faltara aire.

Oyó cerrarse la puerta del coche y luego la vio regresar a la cocina, llevando bolsas en ambas manos. Levantó una de ellas, en la que había una caja gris con asa.

– Me salió gratis, me la regaló un vecino -explicó-. Los accesorios tuve que comprarlos yo.

Joakim vio que la caja era una jaula para gatos, y que no estaba vacía.

– Será una broma -dijo.

Mirja negó con la cabeza y abrió la jaula. Un gato adulto gris con manchas estriadas negras salió y se estiró sobre el suelo de madera. Contempló a Joakim con desconfianza.

– Este es Rasputín -añadió ella-. Aquí vivirá como un monje ruso, ¿no es así?

Abrió una gran bolsa y empezó a sacar un montón de latas de comida, un comedero y una bandeja sanitaria con arena para gatos.

– No podemos tenerlo aquí -dijo Joakim.

– Claro que podéis -replicó su suegra-. Os dará vida.

Rasputín se frotó contra la pierna de Joakim y luego se fue al recibidor. Cuando Mirja abrió la puerta de la calle, el animal aprovechó para salir de la casa.

– Ahora irá a cazar ratones -anunció ella.

– No he visto un solo ratón por aquí -replicó Joakim.

– Eso es porque son más listos que tú. -Cogió una manzana del cuenco que había sobre la mesa y prosiguió-: ¿Cuándo vendréis a visitarme a Kalmar?

– No sabía que estuviéramos invitados.

– Por supuesto que lo estáis. -Mordió la manzana-. Venid cuando queráis.

– Por lo que sé, nunca invitaste a Katrine -dijo Joakim.

– Katrine nunca hubiera venido -contestó Mirja-. Pero nos llamábamos de vez en cuando.

– Una vez al año -la corrigió él-. Ella te llamaba en Navidad, pero siempre cerraba la puerta mientras hablabais.

La mujer negó con la cabeza.

– Hablé con Katrine hace apenas un mes.

– ¿Sobre qué?

– Nada en particular…, sobre mi última exposición en Kalmar. Y sobre mi nuevo novio, Ulf.

– En otras palabras, hablasteis de ti.

– También de ella.

– ¿Qué dijo?

– Que se sentía sola aquí -replicó-. Dijo que no echaba de menos Estocolmo…, pero que a ti sí te echaba de menos.

– No tuve más remedio que seguir trabajando un tiempo -replicó él.

En realidad, podría haber dejado antes su empleo como profesor. Podría haber hecho muchas cosas de manera distinta, pero eso era algo que no deseaba discutir con Mirja.

Esta continuó andando hacia el interior de la casa, pero se detuvo frente al cuadro de Rambe, colgado junto al dormitorio de Joakim.

– Se lo regalé a Katrine cuando cumplió veinte años -explicó-. Un recuerdo de su abuela.

– Le gustaba mucho.

– No debería estar colgado aquí -dijo Mirja-. Lo último que se vendió de Torun salió a subasta por trescientas mil coronas.

– ¿En serio? Bueno, nadie sabe que lo tenemos.

Mirja miró el cuadro con intensidad, y siguió con la vista las oscuras pinceladas grises del óleo.

– No hay ni una sola línea horizontal, por eso resulta difícil mirarlo -comentó-. Así pinta alguien que ha estado fuera durante la tormenta de nieve.

– ¿Y Torun salió?

– Sí. Fue en el primer invierno que pasamos aquí. Habían anunciado una nevasca, pero él igualmente se fue a la ciénaga. Le gustaba caminar por la isla y sentarse a pintar.

– Ayer estuvimos allí -comentó Joakim-. El lugar es muy bonito.

– No cuando hay tormenta -dijo Mirja-. El caballete de Torun salió volando antes de que ella consiguiera colocarlo, y de repente apenas podía ver a un metro de distancia. El sol desapareció. Había nieve por todas partes.

– Pero se salvó.

– Cuando salía de la ciénaga, sin darse cuenta metió los pies en el agua, pero entonces la tormenta amainó un momento y pudo ver las luces parpadeantes del faro. -Mirja miró el cuadro y continuó en voz baja-: Se salvó in extremis. Dijo que, mientras deambulaba por la ciénaga, vio a los muertos…, aquellos que habían sido sacrificados en la Edad de Hierro. Salían del agua y se estiraban detrás de ella.

Joakim escuchaba tenso. Empezó a comprender de dónde procedía el ambiente de los cuadros de Torun.

– Después de eso, empezó a tener problemas con la vista -siguió diciendo Mirja-. Al final acabó ciega.

– ¿A causa de la tormenta de nieve?

– Quizá… Durante varios días no pudo abrir los párpados. La tormenta levantaba arena de los campos que se mezclaba con la nieve. Era como si te clavaran agujas en los ojos.

Mirja retrocedió un paso.

– A la gente no le gustan los cuadros tan oscuros -dijo-. Aquí en Öland solo quieren altos cielos, mares azules y extensos campos de flores amarillas. Pinturas luminosas con marcos blancos.

– Como los tuyos -señaló Joakim.

– En efecto. -Mirja asintió con energía, y no parecía irritada en absoluto-. Soleados cuadros de estío para veraneantes. -Miró alrededor-. Pero no creo que haya cuadros de Mirja Rambe por aquí, ¿verdad?

– No. Katrine guarda unas postales en alguna parte.

– Eso está bien. Las postales también proporcionan ingresos.

Joakim deseaba abandonar la zona de los dormitorios: los consideraba demasiado íntimos. Se dirigió de nuevo hacia la cocina.

– ¿Cuántos cuadros de Torun había en un principio? -preguntó.

– Muchos. Seguro, unos cincuenta.

– Pero ahora solo quedan seis, ¿verdad?

– Seis, sí. -Se puso seria-. Los seis que se salvaron.

– Y la gente dice…

Ella lo interrumpió irritada:

– Ya sé lo que dice la gente…, que su hija los destruyó. Una colección que valdría millones… Dicen que los metí en la estufa una fría noche de invierno y los quemé para que no nos congeláramos.

– Lo que Katrine me contó era distinto -contestó Joakim.

– ¿Ah, sí?

– Dijo que envidiabas a tu madre…, y que tiraste los cuadros al mar.