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– Katrine nació al año siguiente de eso, así que no pudo verlo. -Suspiró-. He oído muchas habladurías aquí, en la isla: Mirja Rambe es una vieja insoportable…, tiene novios demasiado jóvenes, es una alcohólica… Seguro que Katrine también decía algo así, ¿no?

Joakim negó con la cabeza, aunque recordó cómo su suegra se tambaleaba el día de su boda en Borgholm, y que intentó ligarse a su primo pequeño.

Ahora se hallaban en el porche. Mirja se abrochó la chaqueta de cuero.

– Ven -dijo-. Voy a enseñarte algo.

Joakim la siguió al patio. Vio a Rasputín escaparse sigilosamente por la verja, hacia el mar.

– Esto no ha cambiado nada -comentó ella, y caminó sobre las losas irregulares-. La misma cantidad de hierbajos.

Se detuvo, encendió un cigarrillo y luego miró a través de las ventanas llenas de polvo de la cabaña.

– No hay nadie en casa -dijo.

– El agente inmobiliario la llamaba la casa de invitados -explicó Joakim-. La reformaremos en primavera… Bueno, eso era lo que habíamos planeado.

Desde fuera, la cabaña encalada parecía una simple edificación alargada con cubierta de tejas. En el interior había una leñera, un trastero, un lavadero con manchas de humedad en el suelo, una sauna construida en 1970 y dos habitaciones de invitados con ducha. En el pasado, algunas familias se trasladaban a las habitaciones de invitados cuando la casa principal se volvía demasiado calurosa en verano.

Mirja miró la cabaña y negó con la cabeza.

– Torun y yo vivimos aquí tres años. Entre ratones y ratas de río. Durante el invierno, era como vivir en una nevera.

Le dio la espalda a la pequeña casa.

– Te quería enseñar una cosa…, allí.

Mirja se dirigió hacia el establo y abrió la puerta.

Luego apagó el cigarrillo y encendió la lámpara del techo. Joakim la siguió. Ella señaló el altillo del heno.

– Es ahí arriba -dijo.

Joakim dudó unos instantes, pero después la siguió por la empinada escalera de madera. El lugar estaba igual de descuidado que la última vez que él anduvo por allí.

– Por aquí no se va a ninguna parte -dijo.

– Sí -contestó Mirja.

Pasó decidida entre bolsas, cajas, viejos muebles y piezas de máquinas oxidadas. Encontró estrechos caminos entre la basura y continuó hasta el extremo opuesto. Allí se detuvo y señaló los tablones.

– Mira… Esto lo descubrí hace treinta y cinco años.

Joakim se acercó. A la débil luz de la ventana, vio que alguien había grabado unas letras en las tablas sin pintar de la pared. Hileras de nombres y fechas, a veces con una cruz y una cita de la Biblia.

En una viga justo tocando al techo, vio grabado «QUERIDA CAROLINA 1868». Debajo, «NUESTRO AÑORADO JAN PARTIÓ HACIA EL SEÑOR 1883», y un poco más abajo: «EN RECUERDO DE ARTHUR CARLSSON, AHOGADO 3 DE JUNIO DE 1911, JUAN 3,16».

Había muchos más nombres en la pared, pero Joakim dejó de leer y volvió la cabeza hacia Mirja.

– ¿Qué es esto?

– Son los muertos de la casa -respondió ella. Su voz, antes tan estridente, sonaba ahora mucho más apagada, casi reverencial-. Los familiares grabaron los nombres. Ya estaban aquí cuando yo era joven. Estos en cambio son nuevos.

Señaló un par de nombres cerca del suelo: en un lugar ponía «CIKI» con estrechas letras, y «SLAVKO» en otro.

– Puede tratarse de refugiados -apuntó Joakim-. ludden fue un centro de acogida para refugiados hace unos años. -Miró a Mirja-. Pero ¿por qué los han grabado aquí?

– Bueno -dijo su suegra-. ¿Por qué se levantan lápidas?

Él pensó en el bloque de granito que había elegido para Katrine la semana anterior. El cantero había prometido que entregaría la lápida antes de Navidad. Miró a Mirja.

– Para… no olvidar -respondió.

– En efecto -dijo ella.

– ¿Hablaste con Katrine de esta pared?

– Sí, este verano. Le interesó mucho…, pero no sé si estuvo aquí arriba.

– Creo que sí -contestó Joakim.

Mirja pasó los dedos por las letras grabadas en la madera.

– Cuando encontré estos nombres, tenía quince años; los leía una y otra vez -dijo-. Y luego empecé a pensar en quiénes serían. ¿Por qué vivieron aquí, en la casa, y por qué murieron? Es difícil dejar de pensar en los muertos, ¿no crees?

Él miró la pared y asintió en silencio.

– Y, además, yo los oía -continuó Mirja.

– ¿A quiénes?

– A los muertos. -La mujer se inclinó hacia las tablas-. Si se escucha… se los oye susurrar.

Joakim guardó silencio, pero no oyó nada.

– El verano pasado escribí un libro sobre ludden -le contó Mirja antes de salir del altillo.

– Vaya -dijo Joakim.

– Se lo di a Katrine cuando se mudó aquí.

– ¿Sí? Nunca me dijo nada.

De repente, la mujer se detuvo y pareció buscar algo en el suelo. Apartó una caja de madera rota y miró debajo.

Había dos nombres grabados, muy juntos, y también una fecha: «MIRJA & MAKUS 1961».

– Mirja -leyó Joakim, y la miró-. Tú grabaste esto?

Ella asintió.

– No queríamos grabar nuestros nombres en la pared, así que lo hicimos en el suelo.

– ¿Quién es Markus?

– Era mi chico. Markus Landkvist.

Ya no dijo nada más. Solo suspiró y saltó por encima de ambos nombres, de vuelta a la escalera.

Se separaron en el jardín. Ahora la energía de Mirja casi había desaparecido. Echó un último vistazo a la casa.

– Quizá vuelva por aquí -anunció.

– Hazlo -contestó Joakim.

– Y, como ya te he dicho, puedes venir a Kalmar con los niños. Os puedo invitar a un zumo.

– Bien. Si el gato no se encuentra a gusto, te lo devolveré.

Mirja sonrió burlona.

– Ni se te ocurra.

A continuación, entró en el Mercedes y arrancó.

Una vez que hubo desaparecido por la carretera de la costa, Joakim regresó despacio al patio. Miró el mar; ¿adónde habría ido el gato?

La gran puerta del establo estaba entreabierta, no la habían cerrado del todo.

Joakim se dirigió hacia allí y entró de nuevo. La penumbra y el silencio le conferían un cierto aire de catedral.

Volvió a subir la escalera y continuó hasta la pared opuesta. Una vez allí, leyó todos los nombres, uno por uno.

A continuación, escuchó pegado a la pared, pero no oyó ningún susurro.

Luego cogió un clavo que encontró en el suelo y grabó concienzudamente el nombre «KATRINE WESTIN» y la fecha en una de las vigas más bajas.

Cuando hubo acabado, dio un paso atrás para observar toda la pared.

Ahora el recuerdo de su mujer estaba grabado también en la casa. Se sintió bien.

Como era de esperar, a los niños les encantó Rasputín. Gabriel lo acariciaba y Livia le daba leche en un plato. No querían separarse ni un minuto de él, pero aquella tarde estaban invitados, sin gato, a la granja de sus vecinos. Los hijos mayores no estaban allí, pero Andreas, el de siete años, los acompañó a la mesa y luego se fue con Livia y Gabriel a comer un helado a la cocina.

Joakim se quedó en el comedor, sentado con Roger y Maria Carlsson, bebiendo café. El tema de conversación era inevitable: cuidar y reformar casas expuestas a las inclemencias del clima de la costa. Pero él tenía una pregunta pendiente, y al fin la hizo:

– Me gustaría saber si conocen alguna historia sobre ludden.

– ¿Historia?

– Sí, historias de fantasmas u otras leyendas -aclaró Joakim-. Katrine me dijo que el verano pasado os contó que… había fantasmas en la casa.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre desde que había llegado: procuraba no hablar demasiado de su mujer fallecida. No quería parecer obsesionado. No estaba obsesionado.

– A mí no me contó nada de fantasmas -dijo Roger.

– Katrine y yo hablamos de eso cuando estuvo aquí tomando café -apuntó Maria-. Solo quería saber si ludden tenía mala fama. -Miró a su marido-. Cuando éramos pequeños los mayores decían que en la casa había un cuartito secreto con fantasmas. ¿Te acuerdas, Roger?