Continuó hasta la cocina. La luz del recibidor estaba encendida, y al llegar allí se encontró a Lisa, que se estaba poniendo el abrigo y las botas. Estaba muy seria.
– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó.
– No lo sé… Michael se ha despertado y ha empezado a gritar. Luego se ha ido corriendo al coche. -Se abrochó el abrigo-. Tengo que ir a ver qué ha pasado.
Salió y Joakim regresó a la cocina, aún somnoliento.
Rasputín había desaparecido y la casa volvía a estar en completo silencio. Buscó un cazo para preparar té.
Cuando la infusión estuvo lista, se acercó a la ventana con su taza y vio que Lisa estaba sentada junto a su marido en el coche aparcado en el jardín. Los copos de una débil nevada brillaban en el aire.
Parecía que Lisa le preguntase algo a Michael, que estaba sentado al volante; él tenía la mirada fija en el parabrisas y negaba con la cabeza.
Después de unos minutos, ella volvió a entrar. Miró a Joakim.
– Michael ha tenido una pesadilla. Dice que había alguien junto a la cama que lo miraba.
Él contuvo la respiración. Asintió y preguntó en voz baja:
– ¿Volverá a entrar?
– Creo que quiere quedarse sentado un rato en el coche -dijo Lisa, y añadió-: Será mejor que nos vayamos al hotel de Borgholm. Está abierto en invierno, ¿verdad?
– Sí, eso creo -contestó y, tras una pausa, preguntó-: ¿Suele tener pesadillas?
– No -contestó ella-. En Estocolmo, no, pero aquí se ha sentido inquieto. La empresa no está yendo muy bien. No me cuenta mucho, pero…
– No hay nada peligroso en la casa -la interrumpió Joakim. Luego pensó en lo que Livia había dicho en sueños, y añadió-: Durante estas últimas semanas hemos estado algo tristes, pero no viviríamos aquí si no nos sintiéramos… seguros.
Lisa lanzó una rápida mirada a su alrededor.
– Aquí hay energías muy poderosas -dijo, y a continuación preguntó con delicadeza-: ¿Has sentido la presencia de Katrine? Como si os cuidara.
Él dudó, antes de asentir.
– Sí -reconoció finalmente-. A veces intuyo algo.
Guardó silencio. Le habría gustado hablar de las cosas que había experimentado, pero Lisa Hesslin no era la persona adecuada.
– Tengo que hacer las maletas -dijo ella.
Un cuarto de hora más tarde, Joakim estaba de nuevo junto a la ventana de la cocina, contemplando cómo el gran coche de los Hesslin abandonaba ludden. Permaneció un buen rato mirándolo, hasta que las luces traseras desaparecieron en la carretera nacional.
La casa seguía en silencio.
Joakim dejó encendida la luz del recibidor y, después de comprobar que los niños dormían tranquilos, regresó a su dormitorio. Se metió en la cama y permaneció tumbado en la oscuridad con los ojos abiertos.
El lunes por la mañana llevó a los niños a Marnäs y luego lijó, pintó y empapeló el penúltimo dormitorio que quedaba sin reformar de la planta baja. Mientras trabajaba, estuvo atento a los sonidos de la casa, pero no oyó nada.
Tardó cinco horas, incluido un breve almuerzo, en terminar tres de las paredes. A las dos de la tarde, concluyó el trabajo de la jornada y se preparó un café.
Salió al porche con la taza, aspiró el aire frío y vio que el sol ya se había puesto tras la cabaña.
El patio estaba en penumbra, pero pudo ver que la puerta del establo estaba entreabierta. ¿No la había cerrado el viernes, antes de que llegaran los Hesslin?
Se puso la chaqueta y salió fuera.
El establo se encontraba a veinte pasos. Al llegar allí, Joakim abrió la puerta de par en par y se metió dentro. El viejo interruptor negro se hallaba en la pared de su derecha. Al accionarlo, dos pequeñas bombillas derramaron una luz amarillenta por el suelo de piedra, las cuadras vacías y los pesebres del forraje.
Todo estaba en silencio. A pesar del frío, no parecía que las ratas se hubieran trasladado allí.
En cada visita que hacía a aquel lugar, descubría cosas nuevas, y ahora le pareció que el suelo parecía recién fregado. El otoño anterior, al hablar de los edificios de la finca, Katrine había mencionado que había limpiado el establo.
Joakim miró la escalera de madera que conducía al altillo y pensó en su última visita allí, con Mirja Rambe. Deseaba ver de nuevo la pared que le había enseñado, el homenaje a los muertos.
Solo una rápida ojeada.
Desde arriba, pudo ver de nuevo los rayos del sol. Daban justo en el tejado de la cabaña y entraban por las pequeñas ventanas de la fachada sur del establo.
Avanzó despacio, intentando bordear la basura.
Al fin se halló frente a la pared del fondo. A la luz amarillenta del sol de invierno, los nombres grabados en la madera se tornaron nítidos.
En una viga casi abajo del todo, estaba el nombre y la fecha de Katrine que él había grabado.
Su Katrine. Joakim leyó el nombre una y otra vez.
Las grietas entre las vigas eran estrechas y negras como el carbón, pero al cambiar de postura le pareció percibir una oscuridad detrás de ellas. De pronto se le ocurrió que aquella era la pared exterior del establo.
A pesar de que casi era la hora de ir a buscar a Livia y a Gabriel, salió deprisa al jardín, se apartó unos pasos y contó las ventanitas del piso de arriba. Una, dos, tres, cuatro, cinco. Luego subió de nuevo al altillo.
Allí había solo cuatro ventanas, debajo del tejado. La última debía de estar al otro lado de la pared.
No vio ninguna puerta ni trampilla. Apretó unos cuantos tablones, pero ninguno de ellos cedió.
17
Hola, Karin:
Esta es una carta de alguien que no te desea ningún mal, sino solo abrirte los ojos. En fin, el asunto es el siguiente: Martin te ha estado engañando durante mucho tiempo. Hace más de tres años, en la Escuela Superior de Policía de Växjö, dio clases a un grupo en el que había una alumna diez años más joven que él. Tras celebrar el final del primer curso, Martin inició una relación con ella que ha continuado hasta ahora.
Y que acabó hace apenas unos días.
Lo sé con toda seguridad, pues yo soy esa mujer. Al final no pude aguantar más sus mentiras, y espero que ahora que sabes la verdad, tú hagas lo mismo.
¿Necesitas alguna prueba para estar completamente segura? No entraré en intimidades, pero puedo describir, por ejemplo, la cicatriz de cinco centímetros en su ingle derecha, resultado de una operación de hernia hace algunos años. La tenía desde que movió unas piedras en vuestra casa de campo de Orrefors, ¿no es cierto?
Y estarás de acuerdo conmigo en que ya que es tan vanidoso y se siente tan orgulloso de poseer un cuerpo tan en forma, debería depilarse de vez en cuando la espalda, que tiene tan peluda como el culo.
Como ya te he dicho, no quiero hacerle daño a nadie, aunque entiendo que puede resultarte doloroso saber la verdad. Hay tantas mentiras en este mundo y tantos pérfidos mentirosos. Pero juntas, tú y yo podemos acabar, por lo menos, con uno de ellos.
Saludos,
«La otra»
Tilda se recostó en la silla y releyó la carta en la pantalla del ordenador por última vez.
Eran las ocho menos cuarto de la mañana. Había llegado a la comisaría a las siete para pasar a limpio el borrador que había garabateado en un papel la noche anterior. La oficina estaba desierta: Hans Majner, naturalmente, nunca llegaba temprano. Si aparecía, lo hacía sobre las diez.
Tilda solo había visto una vez a Karin Ahlquist. Fue un día en que Martin se vio obligado a tener a su hijo Anton unas horas en la Escuela de Policía, hasta que ella pudiera pasar a recogerlo. Llegó a las cuatro de la tarde al lugar donde realizaban unos ejercicios de tráfico. Le sacaba a Tilda una cabeza y tenía el pelo negro y rizado. Recordó cómo había sonreído a su marido, orgullosa y enamorada, al despedirse de él ese día.