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– Qué emocionante -dijo Tilda.

– ¿Verdad que sí? -El hombre envuelto en las mantas miró su uniforme y añadió-: Es la primera vez que un policía pasa por aquí.

– Sí, esto parece muy tranquilo.

– Bueno. Por lo menos durante el invierno. Solo pasan cargueros, y a veces alguna embarcación de motor.

– ¿A estas alturas del año?

– Este invierno no he visto ninguna -respondió el hombre-. Pero las he oído por la costa.

Tilda tuvo un sobresalto.

– ¿Se refiere a los alrededores de ludden?

– Sí, y algo más al sur. Si el viento sopla en la dirección apropiada, se oyen los motores a varios kilómetros de distancia.

– Una mujer se ahogó junto a los faros de ludden hace unas semanas -dijo Tilda-. ¿Estaba usted por aquí entonces?

– Creo que sí.

Ella lo miró con semblante serio.

– ¿Se acuerda del accidente?

– Leí algo en el periódico…, aunque no vi nada. No se puede ver el cabo a causa del pinar.

– ¿Recuerda si oyó el ruido de un motor ese día?

El ornitólogo recapacitó.

– Quizá -respondió.

– Si un barco se dirigiera hacia el sur por la ensenada, ¿lo habría visto usted?

– Es posible. Suelo venir por aquí.

Era un testimonio vago. Edla Gustafsson vigilaba la carretera nacional mucho mejor que aquel observador de aves el mar Báltico.

Agradeció su ayuda y empezó a irse hacia el coche.

– Quizá podríamos mantener el contacto.

Tilda se volvió.

– ¿Disculpe?

– Esto es algo solitario -dijo él, y sonrió-. Bonito pero solitario. Quizá te gustaría volver a pasar por aquí.

Ella negó con la cabeza.

– Lo siento -replicó-. Tendrá que buscarse la compañía de un cisne cantor.

Tras el almuerzo, Tilda fue a la escuela para hablarles de ciudadanía a los alumnos durante casi tres horas. Al regresar a la comisaría, estuvo ocupada con unos cuantos informes de tráfico, pero no logró quitarse de la cabeza el accidente en ludden.

Al cabo de un rato, descolgó el teléfono y llamó a la casa de ludden.

Joakim Westin respondió después de tres señales. Tilda oyó ruido de botes de pelota y alegres gritos de niños de fondo, una buena señal. Pero el hombre sonaba cansado y distante al responder. No parecía enfadado, más bien como si no tuviera fuerzas.

Fue directa al grano.

– Tengo que preguntarle una cosa -dijo-. ¿Conocía su mujer a alguien que tuviera una barca en Öland? ¿El dueño de una barca que viviera cerca de su casa?

– No conozco a nadie que tenga ninguna embarcación -contestó él-. Y Katrine…, tampoco habló nunca de nadie que tuviera una.

– ¿Qué hacía ella durante las semanas que usted pasó en Estocolmo? ¿Se lo contó?

– Reformaba y amueblaba la casa, y se ocupaba de los niños. Estaba muy atareada.

– ¿Recibió alguna visita?

– Por lo que sé, solo la mía.

– Gracias -dijo Tilda-. Ya le llamaré…

– Yo también tengo una pregunta -la interrumpió Westin.

– ¿Sí?

– Cuando estuvo aquí la última vez, dijo algo sobre un pariente suyo que conocía ludden…, alguien de la Asociación Local de Marnäs.

– Sí, Gerlof -respondió ella-. Es mi tío abuelo. Ha escrito bastantes artículos para el libro anual de la asociación.

– Me gustaría hablar con él un rato.

– ¿Sobre la casa?

– Sobre la historia de la misma…, y sobre una leyenda de ludden en particular.

– ¿Una leyenda?

– Una leyenda sobre los muertos -añadió.

– Vaya. No sé cuánto sabrá sobre leyendas populares -contestó Tilda-, pero puedo preguntarle. A Gerlof le gusta contar historias.

– Dígale que será bienvenido.

Eran las cuatro y media cuando Tilda colgó el auricular. Encendió el ordenador para redactar nuevas denuncias e informes, incluido uno sobre la furgoneta negra. Era un dato bastante concreto en la investigación sobre los robos. En cambio, lo que le había contado el observador de aves acerca de un ruido de motor en ludden era demasiado vago para incluirlo en un informe.

Escribió durante un buen rato, y cuando acabó eran las ocho menos cuarto.

Trabajo duro, la mejor manera de no pensar en Martin Ahlquist. De expulsarlo de su cuerpo y de su alma.

Aún no le había enviado la carta a su mujer.

Invierno de 1943

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial el ejército ocupó ludden. Apagaron los faros y los soldados se instalaron en la casa para vigilar la costa.

En el altillo del establo se conserva un nombre de aquella época, pero no es de hombre.

«EN MEMORIA DE GRETA 1943», está grabado con finas letras.

MIRJA RAMBE

La alarma sobre la desaparición de la chica de dieciséis años llega al puesto de vigilancia aérea de ludden el día después de la gran tormenta de nieve.

– Se perdió durante la nevasca -dice Kaminen, el jefe del puesto, cuando los siete hombres se reúnen en la cocina por la mañana; todos visten el uniforme gris de la Corona.

En realidad, Kaminen se llama Bengtsson, pero le han puesto ese apodo, que significa «estufa», porque cuando hace viento prefiere quedarse junto a la estufa. Y en ludden en invierno siempre hace viento.

– No hay muchas esperanzas -prosigue-. Pero de cualquier manera tendremos que buscarla.

Kaminen se queda dentro, a cargo de la radio: todos los demás salen a la nieve. A Eskil Nilsson y Ludvig Rucker -que, con diecinueve años es el más joven del puesto- los envían al oeste a buscar por la ciénaga.

Es un día soleado, aunque están a quince grados bajo cero, y sopla un viento suave: mucho más suave que en los anteriores años de guerra, cuando el termómetro marcaba entre treinta y cuarenta grados bajo cero.

Dejando aparte la tormenta de nieve de la noche anterior, ludden ha vivido un invierno tranquilo. Los aviones Messerschmitt alemanes casi han dejado de verse por la costa, y después de la batalla de Stalingrado, el mayor temor de Suecia es la hegemonía de la Unión Soviética en el Báltico.

El hermano mayor de Eskil ha sido enviado a Gotland, donde ha tenido que vivir en una tienda de campaña todo el año. ludden tienen contacto por radio con Gotland: si la flota soviética ataca, serán los primeros en saberlo.

Ludvig enciende a toda prisa un cigarrillo cuando salen al campo y comienzan a avanzar con dificultad por la nieve. Fuma como una chimenea, pero nunca invita. Eskil se pregunta de dónde sacará tanto tabaco.

Hace tiempo que en la casa casi todo está racionado. Del mar obtienen pescado y de las dos vacas de ludden, leche, pero escasea el combustible, los huevos, las patatas, la tela y el café de verdad. Lo peor de todo es el racionamiento de tabaco, que ha quedado reducido a tres cigarrillos al día.

Pero no parece que Ludvig tenga problemas para conseguirlos, ya sea por correo o en alguno de los pueblos de los alrededores. ¿Cómo puede permitírselo? El sueldo de los reclutas es de una sola corona al día.

Eskil se detiene tras avanzar un centenar de metros y busca la carretera. No la ve: ha sido borrada por la tormenta de nieve. Clavaron ramas de pino a modo de señales para los trineos, pero las ramas han debido de salir volando durante la noche.

– Me pregunto de dónde vendría -dice Eskil, y se sube a un montículo de nieve.

– Venía de Malmtorp, a las afueras de Rörby -contesta Ludvig.

– ¿Estás seguro?

– También sé su nombre -añade su compañero-: Greta Friberg.

– ¿Greta? ¿Cómo lo sabes?

Ludvig se limita a sonreír y saca otro cigarrillo.

Ahora Eskil ve la torre de vigilancia del oeste. Una cuerda conduce hasta allí desde la carretera. Es una torre de madera, aislada con ramas de pino y camuflada con tela verde grisácea. La tormenta ha empujado la nieve contra ella, formando una pared casi vertical en el lado este.