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– Vamos a cenar -dijo Joakim, y se encaminó a toda prisa a la despensa.

La pasta con salsa de atún era un plato favorito de los niños, así que hirvió el agua y calentó la salsa. De vez en cuando miraba de reojo por la ventana de la cocina.

El establo se alzaba como un castillo negro al otro lado del patio.

Guardaba secretos. Una habitación oculta sin puerta.

Una habitación que durante un instante había estado repleta del olor de Katrine. Joakim estaba seguro de haberlo percibido; el aroma había fluido por el agujero de la pared y no había podido resistirlo.

Quería entrar en la habitación, pero la única manera sería cortando los gruesos tablones con una sierra. Y de ese modo destruiría los nombres grabados en ellos, algo que Joakim nunca haría. Sentía demasiado respeto por los muertos.

Cuando la temperatura descendió por debajo de cero grados, el frío también empezó a colarse en la casa. Joakim confiaba en los radiadores y las chimeneas de la planta baja, pero había corrientes de aire a ras del suelo y también en alguna ventana. Los días de viento, buscaba esas corrientes por suelos y paredes, y luego las aislaba desprendiendo parte del panel exterior e introduciendo estopa prensada entre la madera.

El primer fin de semana de diciembre, la temperatura se mantuvo alrededor de los cinco grados bajo cero mientras hubo sol, pero por la tarde descendió hasta los diez bajo cero.

El domingo por la mañana, Joakim miró por la ventana y vio que el mar tenía una capa de hielo. Cubría más de un centenar de metros. Debía de haberse formado durante la noche, junto a la playa, y luego se había extendido lentamente alrededor de los cabos hasta mar adentro.

– Dentro de poco podremos ir caminando hasta Gotland por el agua -les dijo a los niños, que estaban sentados a la mesa del desayuno.

– ¿Qué es Gotland? -preguntó Gabriel.

– Es una isla muy grande del mar Báltico.

– ¿Y podemos ir caminando hasta allí? -inquirió Livia.

– No, era una broma -aclaró Joakim enseguida-. Está demasiado lejos.

– Pero ¡yo quiero ir!

No se podía bromear con una niña de seis años: se lo tomaba todo al pie de la letra. Joakim miró por la ventana y le vino a la cabeza la imagen de Livia y Gabriel caminando sobre aquel hielo negro, alejándose más y más. Luego el hielo se partía de pronto, se abría un gran agujero y desaparecían…

Se dio la vuelta hacia su hija.

– Gabriel y tú no debéis ir al hielo. Jamás. Nunca se sabe si va a romper.

Por la tarde, Joakim llamó a sus vecinos de Estocolmo, Lisa y Michael Hesslin. No había sabido nada de ellos desde la noche en que abandonaron ludden.

– Hola, Joakim -saludó Michael-. ¿Estás en Estocolmo?

– No, seguimos en Öland. ¿Qué tal estáis?

– Bien. Me alegro de oírte.

Sin embargo, Joakim notó que Michael sonaba distinto. Quizá se sentía avergonzado por lo ocurrido la última vez que se vieron.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó-. ¿Qué tal la empresa?

– Perfectamente -respondió Michael-. Con muchos proyectos emocionantes. Antes de Navidad siempre hay mucho jaleo.

– Bueno…, solo quería saber cómo estabais. Tuvimos una despedida un poco precipitada la última vez que nos vimos.

– Sí -convino el otro, y dudó antes de proseguir-. Lo siento. No sé qué pasó. Me desperté en mitad de la noche y no pude volver a dormirme.

Guardó silencio.

– Lisa me contó que habías tenido una pesadilla -apuntó Joakim-. Que soñaste que había alguien junto a la cama.

– ¿Eso dijo? Bueno, no lo recuerdo.

– ¿No recuerdas a quién viste?

– No.

– Yo nunca he visto nada raro aquí, en la casa -dijo él-, aunque a veces he sentido cosas. Y en el altillo del establo he encontrado una pared donde la gente ha…

– ¿Qué tal las reformas? -lo cortó Michael-. ¿Cómo van?

– ¿Qué?

– ¿Has acabado de empapelar?

– No…, aún no.

Joakim perdió el hilo, pero comprendió que Michael no tenía ganas de comentar sensaciones raras o sueños inquietantes. Fuera lo que fuese lo que había sentido esa noche, había aislado ese recuerdo a cal y canto.

– ¿Qué haréis en Navidad? -le preguntó Joakim, cambiando de tema-. ¿Lo celebraréis en casa?

– Seguramente iremos al campo -contestó el otro-. Pero pasaremos el Año Nuevo aquí, en casa.

– Entonces quizá nos veamos.

La conversación no duró mucho más. Cuando Joakim colgó, miró por la ventana, hacia la tenue capa de hielo que cubría el mar y la playa desierta. Ante esa gélida desolación casi echó de menos las abarrotadas calles de Estocolmo.

– Hay una habitación secreta en la finca -le dijo Joakim a Mirja Rambe-. Una habitación sin puerta.

– ¿Sí? ¿Dónde?

– En el altillo del heno. Es grande…, he medido a pasos el establo, y la superficie del piso superior acaba casi cuatro metros antes que la pared exterior. -Miró a Mirja-. ¿No lo sabías?

Ella negó con la cabeza.

– Ya tengo suficiente con esa pared llena de nombres. Eso ya es lo bastante emocionante.

Mirja se inclinó hacia delante en el gran sofá y le sirvió café humeante. Luego cogió una botella de vodka y preguntó:

– ¿Quieres un poco en el café?

– No, gracias. No bebo alcohol y…

Ella esbozó una sonrisa.

– Entonces, yo tomaré mi ración -dijo, y se sirvió de la botella.

Mirja vivía en un amplio piso junto a la catedral de Kalmar y esa tarde había invitado a la familia a cenar.

Livia y Gabriel pudieron conocer por fin a su abuela. Cuando entraron en el recibidor, ambos guardaron silencio y permanecieron a la expectativa; Livia observó con desconfianza una estatua de mármol situada en un rincón, que representaba el torso desnudo de un hombre. Tardó un momento antes de empezar a hablar. Había llevado consigo a Foreman y dos ositos de peluche y le presentó los tres a su abuela. Esta los condujo a su estudio, donde había pinturas de Öland acabadas y a medio terminar en las paredes. Todas representaban una llanura florida bajo un despejado cielo azul.

Tratándose de alguien que apenas se había preocupado por sus nietos hasta ese momento, Mirja les mostró un inusitado interés. Después de comer koppkakor intentó convencer a Gabriel para que se sentara en su regazo, y al fin lo consiguió, aunque el niño apenas permaneció unos minutos con ella antes de salir corriendo detrás de Livia, para ver el programa infantil en el cuarto de la televisión.

– Nos hemos quedado solos con el café -comentó Mirja, y se sentó en el sofá del salón.

– Está bien -respondió Joakim.

En las paredes de toda la casa había cuadros de ella, pero en el salón tenía dos de la tormenta de nieve pintados por su madre, Torun. Ambos mostraban la ventisca que se aproximaba a la costa como una negra cortina a punto de caer sobre los dos faros. Al igual que el cuadro de ludden, esas dos pinturas de invierno irradiaban ocultas amenazas y malos presagios.

Joakim buscó en vano por el apartamento algún rastro del gusto de Katrine. Ella siempre prefería los espacios luminosos y limpios, en cambio su madre había decorado la estancia con papel pintado y cortinas oscuros, alfombras persas y un tresillo de cuero negro.

Mirja no tenía ninguna fotografía de su hija muerta ni de las hermanastras de esta. En cambio, tenía retratos de varios tamaños de sí misma y de un joven quizá veinte años menor que ella, con perilla y el pelo alborotado.

Vio que Joakim clavaba la vista en las fotografías y asintió con la cabeza mirando la del hombre.

– Ulf -dijo-. Juega al bandy, no sé si lo conoces.

– ¿Así que sois pareja? -inquirió Joakim-. ¿El jugador de bandy y tú?

Una pregunta más bien tonta. Mirja sonrió.

– ¿Te molesta?