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– Conozco la historia -apuntó Tilda-. Papá me la contó.

Pero Gerlof prosiguió como si no la hubiera oído:

– Se trataba de una carreta de heno. La carreta más pequeña que Carl había visto nunca, y tiraban de ella cuatro caballitos. Y encima del heno había unos hombrecillos grises. No alcanzaban el metro de altura.

– Gnomos -dijo ella-, ¿verdad?

– Mi padre nunca usaba esa palabra. Según él eran geniecillos que vestían ropa gris y gorro. Carl y su hermano no se atrevieron a moverse, pues los hombres no parecían amables. Pero la carreta pasó junto a los chicos sin más, y una vez dejaron atrás el cementerio, los caballos salieron del camino y desaparecieron en la oscuridad del lapiaz. -Asintió para sí-. Mi padre juraba que era una historia real.

– ¿Y vuestra madre también vio gnomos?

– Pues sí. Ella vio a un hombrecillo gris entrar corriendo en el mar cuando era joven…, aunque ocurrió en el sur de Öland. -Gerlof miró a Tilda-. Vienes de una familia que ha visto muchos sucesos extraños. Quizá hayas heredado el ojo para esas cosas.

– ¡Ojalá! -respondió Tilda.

Cinco minutos más tarde casi habían llegado al desvío de ludden, pero Gerlof quiso parar y estirar las piernas. Señaló por la ventanilla el paisaje de hierba del otro lado del muro de piedra.

– La ciénaga ha empezado a helarse. ¿Le echamos un vistazo?

Tilda detuvo el coche en la cuneta y ayudó a Gerlof a salir; soplaba un viento muy frío. Una delgada capa de hielo cubría las arterias de agua de aquella zona pantanosa.

– Esta es una de las pocas ciénagas que aún quedan en la isla -comentó el anciano mirando por encima del muro de piedra-. La mayoría han sido desecadas y han desaparecido.

Tilda siguió su mirada y de pronto vio un movimiento en el agua, una sacudida negra entre dos espesos montículos de hierba que hizo que la capa de hielo vibrara y se resquebrajara.

– ¿Hay peces?

– Claro -contestó Gerlof-. Seguro que quedan unos cuantos viejos lucios. Y las anguilas vienen aquí en primavera, cuando deshiela y los riachuelos corren hacia el Báltico.

– ¿Se puede pescar?

– Se puede, pero nadie lo hace. Cuando yo era pequeño, se decía que la carne de los peces de la ciénaga sabía a podrido. Aquí se hacían sacrificios -prosiguió Gerlof-. Los arqueólogos han encontrado oro y plata de los romanos y esqueletos de cientos de animales que fueron lanzados al agua, sobre todo caballos. -Guardó silencio y añadió-: Y huesos humanos.

– ¿Había sacrificios humanos?

El anciano asintió.

– Esclavos quizá, o prisioneros de guerra. Algún personaje importante seguramente pensó que solo servían para eso. Por lo que tengo entendido, los sumergían vivos con la ayuda de unas largas varas… Los cuerpos permanecieron ahí hasta que los arqueólogos los encontraron. -Observó el agua y continuó-: Quizá las anguilas vienen aquí año tras año por eso. Recordarán el sabor; a esos animales les gusta comer carne de…

– Calla, Gerlof.

Tilda se apartó del muro y lo miró.

– Bueno, bueno, solo charlaba -dijo él-. ¿Vamos a la casa?

Después de aparcar, Gerlof recorrió despacio el camino de grava, apoyado en el bastón y en el brazo de Tilda. Ella lo soltó solo un instante, para golpear con los nudillos el cristal de la puerta de la cocina.

Joakim Westin abrió después de la segunda llamada.

– Bienvenidos.

A Tilda le pareció que hablaba en voz más baja y que estaba más cansado que la vez anterior. Pero él le tendió la mano y hasta esbozó una sonrisa; ya no parecía enfadado con ella.

– Mi más sincero pésame -dijo Gerlof.

Westin asintió.

– Gracias.

– Yo también soy viudo.

– ¿Ah, sí?

– Sí, pero no fue un accidente; mi mujer, Ella, murió después de una larga enfermedad. Tenía diabetes, y luego problemas de corazón.

– ¿Fue hace poco?

– No, hace muchos años -contestó Gerlof-. Pero claro, a veces sigue siendo duro. Los recuerdos aún son intensos.

Joakim lo miró y asintió en silencio.

– Pasen.

Los niños estaban en la guardería, y en las luminosas habitaciones reinaba una atmósfera silenciosa y solemne. Tilda vio que Westin había trabajado duro las últimas semanas. Casi toda la planta baja estaba pintada y empapelada y empezaba a adquirir el aspecto de un hogar acogedor.

– Es como un viaje en el tiempo -comentó al entrar en el salón-. Como penetrar en una casa del siglo diecinueve.

– Gracias -respondió Joakim.

Él lo había tomado como un cumplido, pero lo que Tilda envidiaba más era el tamaño de las habitaciones. A pesar de ello, no le gustaría vivir allí.

– ¿Dónde han encontrado los muebles? -preguntó Gerlof.

– Buscamos por todas partes…, aquí en la isla y en Estocolmo -contestó Joakim-. Las habitaciones más grandes precisan mobiliario de mayor envergadura que puedan llenarlas. Por lo general, queríamos muebles antiguos que luego hemos restaurado.

– Es una buena idea -dijo Gerlof-. Hoy día, la gente apenas da valor a sus pertenencias. No las arreglan cuando se estropean, sencillamente las tiran. Ahora lo importante es comprar, no conservar.

Tilda se dio cuenta de que al anciano le gustaba ver casas viejas. Parecía que, para Gerlof, el placer por los objetos bonitos y bien hechos llevaba aparejado el saber que había un trabajo duro detrás de ellos. Tilda lo había visto mirar sus pertenencias, un viejo baúl de marinero o una colección de toallas, como si pudiera sentir todos los recuerdos que atesoraban.

– Me imagino que crea adicción -comentó Gerlof.

– ¿Adicción a qué? -preguntó Westin.

– A reformar casas -contestó con una sonrisa.

Pero Joakim negó con la cabeza.

– No es adicción. Nosotros no necesitamos cambiar la cocina entera cada año, como hacen algunas familias en Estocolmo…, y esta es solo la segunda casa que compramos. Antes de eso, solo reformábamos apartamentos.

– ¿Dónde tenían su primera casa?

– En las afueras de Estocolmo, en Bromma. Una bonita vivienda que reformamos desde los cimientos.

– ¿Y por qué se mudaron? ¿Qué problema tenía la casa?

Joakim evitó la mirada de Gerlof.

– No tenía ningún problema…, nos gustaba mucho. Pero no viene mal mudarse a una casa más grande de vez en cuando. Sobre todo económicamente.

– ¿Ah, sí?

– Pides un préstamo y buscas un apartamento en ruinas bien situado, y lo reformas por las tardes y los fines de semana al mismo tiempo que vives allí. Luego, encuentras al comprador adecuado y lo vendes por un precio mucho más alto que el que has pagado…, y después pides un nuevo préstamo y compras otro apartamento aún mejor situado que también haya que reformar.

– ¿Que luego también vendes?

Joakim asintió.

– Claro que no se podría ganar dinero con eso si la demanda de pisos no fuera tan grande. Ahora todo el mundo quiere vivir en Estocolmo.

– Yo no -replicó Gerlof.

– Pero hay mucha gente que sí. Los precios suben sin parar.

– ¿Así que tu mujer y tú erais buenos reformando apartamentos? -preguntó Tilda.

– Nos conocimos visitando un piso -recordó con una energía nueva en la voz-. Pertenecía a una mujer mayor que vivía en un gran apartamento con muchos gatos. La ubicación era perfecta, y Katrine y yo fuimos los únicos que soportamos el hedor a gato y nos quedamos a verlo. Después fuimos a tomar café y hablamos sobre lo que se podría hacer con el piso…, fue nuestro primer proyecto en común.