Gerlof miró el salón con expresión severa.
– Y pensaron hacer lo mismo con ludden -señaló-. Mudarse, reformar y vender.
Joakim negó con la cabeza.
– Teníamos pensado vivir aquí muchos años. Alquilar habitaciones y quizá abrir un pequeño hostal. -Miró por la ventana y añadió-: No teníamos un plan sobre lo que queríamos hacer, pero sabíamos que aquí nos sentiríamos a gusto…
Tilda observó que volvían a flaquearle las fuerzas. El silencio en el salón blanco se hizo abrumador.
Después visitar la casa, tomaron café en la cocina.
– Tilda me dijo que querías oír historias sobre ludden -dijo Gerlof.
– Me gustaría -respondió Joakim-, si hay.
– Las hay -contestó el anciano-. Pero tú te refieres a historias de fantasmas, ¿verdad? ¿Son esas las que te interesan?
Se lo vio dudar, como si tuviera miedo de que alguien escuchara a escondidas, y luego dijo:
– Me gustaría saber si alguien más ha experimentado cosas extrañas -dijo-. He sentido…, o he imaginado sentir… a los muertos de ludden. Tanto en el faro como dentro de casa. Creo que les ha pasado lo mismo a otras personas.
Tilda guardó silencio, pero recordó la noche de octubre en que había esperado a Westin en la casa. Estuvo sola, pero no sintió nada de eso.
– La presencia de la gente que ha vivido antes aquí perdura -replicó Gerlof con la taza de café en la mano-. ¿Crees que solo descansan en el cementerio?
– Pero es allí donde están enterrados -contestó Joakim en voz baja.
– No siempre. -El anciano señaló con la cabeza la parte trasera de la casa, donde se extendían los campos de cultivo-. En toda la isla, los muertos son nuestros vecinos. Lo único que uno puede hacer es acostumbrarse a ello. Toda la región está repleta de viejas tumbas… sepulcros neolíticos, túmulos de la Edad del Bronce, cistas del megalítico y enterramientos vikingos.
Volvió la vista hacia el mar, donde la línea del horizonte había desaparecido tras la húmeda bruma invernal.
– Y ahí fuera también hay un cementerio -añadió-. Toda la costa este es una necrópolis donde encallaron y se partieron cientos de barcos; allí descansan todos los marineros que se ahogaron. Antiguamente, muchos no sabían nadar.
Joakim asintió y cerró los ojos.
– Yo no creía en nada -comentó-. Antes de venir aquí, no creía que los muertos pudieran regresar, pero ahora ya no sé qué pensar. Han ocurrido cosas muy extrañas.
Se quedaron en silencio.
– No importa lo que uno sienta o crea ver de los muertos -dijo Gerlof despacio-, pero dejar que nos dirijan puede resultar peligroso.
– Sí -respondió Westin en voz baja.
– Y también intentar contactar con ellos… y hacerles preguntas.
– ¿Preguntas?
– Uno nunca sabe qué respuestas recibirá -señaló el anciano.
Joakim bajó la vista hacia su taza de café y asintió.
– Pero he estado dándole vueltas a esa leyenda que dice que regresarán aquí.
– ¿Quiénes?
– Los muertos. Cuando fui a tomar un café a casa de los vecinos me contaron que las personas que murieron en la casa regresan aquí por Navidad. Me preguntaba si habría más historias de esas.
– Es una vieja leyenda -contestó Gerlof-. Se cuenta en muchos lugares, no solo aquí, en ludden. Se dice que la víspera de Navidad las personas muertas durante el año regresan para elevar una plegaria. Entonces, aquellos que turbaron su paz tienen que desaparecer.
Joakim asintió.
– Un encuentro con los muertos.
– En efecto. Existía la arraigada creencia de que uno podía volver a ver a los muertos… y no solo en la iglesia. También en la casa.
– ¿En la casa?
– Según la tradición popular, había que encender velas en las ventanas para que los muertos encontraran el camino a casa -explicó Gerlof.
Joakim se inclinó hacia delante.
– Pero ¿se trata solo de gente que había muerto en la casa o también de otros?
– ¿Te refieres a marineros ahogados? -preguntó el anciano.
– Sí, marineros…, u otros miembros de la familia que hayan muerto en otro lugar. ¿Esos también pueden regresar por Navidad?
Gerlof le lanzó una breve mirada a Tilda y luego negó con la cabeza.
– Son solo leyendas -respondió-. Existen muchas supersticiones sobre la Navidad. Era el momento del cambio, cuando la oscuridad era más intensa y la muerte se sentía más cercana. Luego, los días empezaban a ser más largos y la vida retornaba.
Joakim guardaba silencio.
– Estoy deseando que llegue -dijo finalmente-. Ahora es todo tan oscuro. Estoy deseando que empiece a cambiar.
Unos minutos después, se encontraban en el patio despidiéndose. Joakim le tendió la mano a Gerlof.
– Esto es muy bonito -dijo este-. Pero ten cuidado con la nevasca.
– La nevasca -repitió Joakim- es la gran tormenta de nieve, ¿no?
Gerlof asintió.
– No aparece cada año, pero estoy bastante seguro de que este invierno caerá. Y llega muy deprisa. Si te pilla aquí, junto al mar, no hay que salir de casa. Sobre todo los niños.
– ¿Cómo hace la gente de Öland para predecir esas cosas? -preguntó-. ¿Lo sienten en el aire?
– Miramos el termómetro y escuchamos el pronóstico del tiempo -respondió el anciano-. Este año, el frío ha llegado pronto; esa suele ser una mala señal.
– De acuerdo -dijo Joakim, y esbozó una sonrisa-. Tendremos cuidado.
– No lo olvide. -Gerlof asintió y se encaminó hacia el coche apoyado en Tilda, pero de pronto se soltó de su brazo y se dio la vuelta-. Una cosita más…, ¿qué ropa vestía su mujer el día del accidente?
Joakim dejó de sonreír.
– ¿Disculpe?
– ¿Se acuerda de la ropa que llevaba ese día?
– Sí…, pero no era nada particular -dijo-. Botas, vaqueros y un anorak.
– ¿Aún conserva las prendas?
Él asintió, y de nuevo pareció cansado y atormentado.
– Me la enviaron del hospital. En un paquete.
– ¿Podría verla? -inquirió Gerlof.
– ¿Se refiere a llevársela prestada?
– Sí, llevármela prestada. No haré nada con ella, solo quiero estudiarla.
– De acuerdo…, aún está empaquetada -contestó Joakim-. Iré a buscarla.
Regresó a la casa.
– ¿Puedes ocuparte del paquete, Tilda? -pidió el anciano, y continuó caminando hasta el coche.
Cuando Tilda arrancó y dejaron atrás la verja, Gerlof se recostó en el asiento.
– Ya hemos tenido nuestro momento de charla -dijo, y suspiró-. He acabado siendo el viejo sabihondo. Resulta difícil evitarlo.
Sobre sus rodillas, reposaba el paquete marrón con la ropa de Katrine Westin. Tilda le echó un vistazo.
– ¿Qué es eso de la ropa? ¿Por qué te la querías llevar?
Él bajó la vista a sus rodillas.
– Se me ha ocurrido cuando estábamos allí, en la ciénaga. Tiene que ver sobre cómo se realizaban los sacrificios.
– ¿Qué quieres decir? ¿Que Katrine Westin fue sacrificada?
Gerlof miró por el parabrisas hacia la ciénaga.
– Pronto, cuando le haya echado un vistazo a la ropa, te contaré más cosas,.
Salieron a la carretera nacional.
– La visita me ha dejado un poco preocupada -comentó Tilda.
– ¿Preocupada?
– Por Joakim Westin y sus hijos… Era como si tú estuvieras allí en la cocina, narrando leyendas populares, mientras él las escuchaba como reales.
– Sí -dijo Gerlof-, pero creo que le ha sentado bien hablar un poco. Aún llora la pérdida de su mujer, no es tan raro.
– No -respondió Tilda-. Pero me ha dado la impresión de que hablaba de ella como si aún estuviera viva…, como si contara con volver a verla.