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– He dejado de investigar la muerte de Katrine Westin -dijo Tilda mientras tomaba café con Gerlof, dos noches después.

– El asesinato, querrás decir.

– No fue un asesinato.

– Sí que lo fue -replicó él.

Tilda no dijo nada, solo suspiró y sacó su grabadora de la bolsa.

– Podríamos hacer una última…

Pero Gerlof la interrumpió:

– Una vez, vi cómo casi matan a un hombre sin que nadie lo tocara.

– ¿Sí?

Puso la grabadora sobre la mesa, pero no la encendió.

– Fue en Timmmernabben, unos años antes de la guerra -prosiguió él-. Dos barcas de carga de piedras navegaban una al lado de la otra, en perfecta armonía. Pero en una de ellas iba un segundo de Byxelkrok y en la otra un grumete de Degerhamn. Se enzarzaron en una pelea por algo, y se chillaban desde la borda. Al final, uno de ellos le escupió al otro… y entonces la situación se puso seria. Empezaron a tirarse piedras, hasta que el de Degerhamn se subió a la borda para saltar a la otra barca. Pero no llegó muy lejos, pues su adversario se enfrentó a él con un bichero.

Gerlof hizo una pausa, bebió un poco de café y prosiguió:

– Los bicheros de hoy día son frágiles objetos de plástico, pero aquel era un auténtico palo de madera con un gran gancho de hierro en la punta. Así que, cuando el luchador se subió a la borda, la camisa se le enganchó al bichero y se quedó suspendido en el aire. Luego, cayó como una piedra al agua entre las barcas, con la camisa aún prendida en el bichero. Y no podía salir a la superficie, porque el otro lo mantenía debajo del agua. -Miró a Tilda-. Le ocurrió casi lo mismo que a esos pobres a los que ahogaban con palos en la ciénaga.

– ¿Y sobrevivió?

– Sí. Los demás detuvimos la pelea y lo sacamos del agua. Pero sobrevivió de milagro.

Tilda miró la grabadora. Debería haberla encendido.

Gerlof se agachó y revolvió algo debajo de la mesa.

– Pensé en esa pelea cuando pedí ver la ropa de Katrine Westin -dijo-. Y ya la he analizado.

Sacó una prenda de vestir de la bolsa de papel. Era un jersey de algodón con capucha.

– El asesino llegó a ludden en barca -explicó Gerlof-. Atracó junto al muelle de piedra, donde esperaba Katrine Westin…, y ella se quedó allí, lo que indica que debía de confiar en él. Quien fuera, tenía un bichero en las manos, cosa que es normal, ya que se utiliza para atracar. Pero un bichero antiguo, un palo largo con un gancho de hierro, con el que atrapó la capucha del jersey y tiró de la mujer hacia el agua. Luego la retuvo en el fondo hasta que todo terminó.

Gerlof extendió el jersey sobre la mesa, y Tilda vio que la capucha estaba rota. Algo afilado había agujereado el tejido gris.

22

Cuando Joakim miraba de noche por la ventana de la cocina, con frecuencia veía a Rasputín salir a cazar. Pero otras veces le parecía vislumbrar otras figuras negras que se movían allí fuera: en ocasiones a cuatro patas, otras a dos.

¿Ethel?

Las primeras veces, se había apresurado hacia la escalera del porche para ver mejor, pero el patio interior siempre estaba desierto.

Cada noche, las sombras crecían alrededor de ludden, y Joakim sentía que a medida que se aproximaba la Navidad, también se acentuaba el desasosiego. El ulular del viento subía y bajaba por los rincones de la casa, y todo el edificio resonaba y crujía.

Si había allí algún visitante invisible, estaba seguro de que no se trataba de Katrine. Ella aún se mantenía lejos de él.

– Aquí está la ropa -dijo Gerlof, y le entregó el paquete marrón a Westin, sentado al otro lado de la mesa.

– ¿Encontró algo?

– Quizá.

– ¿Y no quiere contarme nada?

– Dentro de poco -respondió el anciano-. Cuando lo tenga más claro.

Joakim, por lo que alcanzaba a recordar, nunca antes había visitado una residencia de ancianos. Sus padres habían vivido en su casa hasta muy mayores y habían muerto en el hospital. Pero ahora estaba allí sentado, tomando café en la habitación de Gerlof Davidsson, en el Hogar Marnäs. Un candelabro con dos velas de Adviento encendidas era la única señal de que la Navidad se acercaba.

De las paredes colgaban una serie de objetos antiguos: placas con nombres de barcos, documentos marinos enmarcados y fotografías en blanco y negro de veleros de dos mástiles.

– Son fotografías de mis barcos -explicó Gerlof-. Tuve tres.

– ¿Queda alguno?

– Solo uno. Navega para un club náutico en Karlskrona. Los otros dos han desparecido. Uno se incendió, el otro se hundió.

Joakim bajó la vista hacia el paquete con la ropa de Katrine y luego miró por la única ventana de la habitación. Ya atardecía.

– Tengo que recoger a mis hijos dentro de una hora -dijo-. ¿Podemos hablar un rato?

– Con mucho gusto -dijo el anciano-. Lo único que tenía anotado en mi agenda para esta tarde era una charla sobre la incontinencia en la sala de reuniones.

Joakim llevaba mucho tiempo queriendo hablar con alguien sobre lo ocurrido ese otoño, con alguien que conociera ludden. El sacerdote de la iglesia de Marnäs era inflexible en sus opiniones y Mirja Rambe pensaba demasiado en sí misma. Tras la visita de Gerlof Davidsson a la casa, durante la cual este había demostrado ser un oyente excepcional, pensó haber encontrado a la persona ideal. Una especie de confesor.

– No se lo pregunté cuando nos vimos, pero… ¿cree usted en los fantasmas?

El anciano negó con la cabeza.

– Ni creo ni dejo de creer -contestó-. Yo colecciono historias de fantasmas, pero no pretendo demostrar nada con ellas. Y, además, hay muchas teorías sobre las apariciones… Que tienen que ver con los materiales de las casas viejas o con radiaciones electromagnéticas.

– O que son manchas en la córnea -apuntó Joakim.

– En efecto -dijo Gerlof. Guardó silencio unos segundos antes de proseguir-: Claro que podría contarte una historia sobre la que nunca he escrito en ningún libro de cultura popular, aunque es la única experiencia sobrenatural que he tenido.

Joakim lo escuchaba atentamente.

– Conseguí mi primer barco cuando tenía diecisiete años -comenzó Gerlof-. Había empezado a trabajar en el mar un par de años antes, y había ahorrado dinero; mi padre me ayudó con una parte. Sabía perfectamente qué barco quería comprar: se trataba de un velero de un mástil con motor que se llamaba Ingrid Maria, con base en Borgholm. El propietario, Gerhard Marten, frisaba los sesenta y había navegado toda su vida. Pero tuvo problemas de corazón y el médico le prohibió volver a embarcarse. El Ingrid Maria estaba en venta, y el precio era de tres mil quinientas coronas.

– Barato, ¿no? -comentó Joakim.

– Sí, era un buen precio para la época -asintió el anciano, y prosiguió-: La noche en que tenía que entregarle el dinero de la compra a Marten, me di un paseo por el puerto para echarle un vistazo a la embarcación. Era abril, hacía poco que el estrecho aún estaba helado, el sol se ponía y el puerto estaba desierto. La única persona a la vista era el viejo Gerhard. Se paseaba por la cubierta del Ingrid Maria como si costara mucho abandonarla, y yo subí a bordo. No recuerdo de qué hablamos, pero me di una vuelta con él por el barco y me señaló una serie de cosas que había que reparar. Luego me dijo que cuidara de él, y nos despedimos. Bajé a tierra y fui a casa de mis padres a cenar y a recoger el sobre con el dinero.

Gerlof guardó silencio y miró los barcos de la pared.

– A las siete, fui en bicicleta hasta la casa de los Marten, al norte de Borgholm -prosiguió-. Para mi sorpresa, al llegar encontré que estaban de luto. La mujer de Marten tenía los ojos arrasados de lágrimas. Resultaba que Gerhard Marten había muerto. Había firmado el contrato de compraventa la tarde anterior y luego, por la mañana temprano, había bajado a la playa con su escopeta y se había disparado en la sien.