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Gerlof resopló en el auricular.

– ¿Esto? Esto no es una tormenta de nieve…, pero llegará, y creo que antes de Año Nuevo.

El fuerte viento cesó al amanecer, y cuando salió el sol, Joakim vio un fino manto de nieve alrededor de la casa. Los arbustos que crecían al otro lado de la ventana de la cocina tenían sombreros blancos, y abajo, en la playa, las olas habían resquebrajado el hielo formando amplios taludes.

Más allá de estos, en el mar, se habían formado nuevas capas de hielo; era como un campo blanco azulado atravesado por oscuras grietas. El hielo no parecía sólido: algunas de las profundas grietas dejaban ver oscuras simas.

Joakim miró el horizonte con los ojos entornados, pero la línea entre el mar y el cielo había desaparecido engullida por una deslumbrante neblina.

Sonó el teléfono después del desayuno. Era Tilda Davidsson, la policía pariente de Gerlof, que inició la conversación diciendo que llamaba por cuestiones de trabajo.

– Solo quería comprobar una cosa, Joakim. Me dijiste que tu mujer no tuvo visitas en la finca… Pero ¿hubo gente trabajando?

– ¿Trabajando?

Era una pregunta inesperada, y se vio obligado a pensar antes de contestar.

– He oído que estuvieron unos acuchilladores de parquet en vuestra casa -dijo ella-. ¿Es cierto?

Entonces Joakim se acordó.

– Es cierto -dijo-, fue antes de que yo me mudara. Pasó un chico por aquí, arrancó unos suelos de linóleo y después acuchilló el suelo de las habitaciones.

– ¿De una empresa de Marnäs?

– Eso creo -respondió él-. Fue el agente inmobiliario quien nos la recomendó. Creo que aún tengo la factura en alguna parte.

– De momento no la necesito. Pero ¿recuerdas cómo se llamaba?

– No…, fue mi mujer la que habló con él.

– ¿Cuándo estuvo en la casa?

– A mediados de agosto…, unas semanas antes de que empezáramos a traer los muebles.

– ¿Lo viste? -preguntó Tilda.

– No. Solo lo vio Katrine. Como te dije, eran ella y los niños los que estaban aquí entonces.

– ¿Y no ha vuelto desde entonces?

– No -contestó Joakim-. Ahora los suelos ya están acabados.

– Una cosa más…, ¿habéis tenido visitas inesperadas?

– ¿Inesperadas? -repitió él, y enseguida pensó en Ethel.

– Ladrones, vamos -aclaró ella.

– No. ¿Por qué lo preguntas?

– Ha habido una serie de robos en la isla durante el otoño.

– Lo sé, lo he leído en el periódico. Espero que encontréis a los culpables.

– Estamos trabajando en ello -replicó Tilda.

Colgó el auricular.

Esa noche, Joakim se despertó al notar una sacudida en la cama.

Ethel

El mismo miedo de siempre. Levantó la cabeza y miró el reloj: 01.24.

Dejó de pensar en su hermana. ¿Lo había llamado Livia? No se oía nada, sin embargo se puso un jersey y unos vaqueros y se levantó, sin encender la luz. Salió al pasillo y escuchó de nuevo. Se oía el tictac del reloj de pared, pero de las habitaciones a oscuras de los niños no llegaba ningún ruido.

Joakim caminó en sentido contrario, hacia las ventanas del recibidor, y observó la noche. El solitario farol alumbraba el patio, pero nada se movía fuera.

Luego vio que la puerta del establo estaba de nuevo abierta. No mucho, apenas medio metro: pero estaba casi seguro de que la había cerrado unas noches atrás.

Bueno, la cerraría de nuevo.

Se puso las botas de invierno y salió al patio por el porche.

Fuera hacía viento, pero el cielo estaba estrellado y el faro sur parpadeaba rítmicamente, casi al compás de su corazón.

Se encaminó a la puerta entreabierta y echó una ojeada dentro. Estaba negro como boca de lobo.

– ¿Hola?

No hubo respuesta.

¿O quizá se oía un débil lamento en algún lugar del edificio de madera? Joakim alargó la mano y encendió la luz. Se adentró en el establo una vez que se encendieron las bombillas del techo.

Deseaba llamar de nuevo, pero se contuvo.

Ahora se oía claramente un ruido: un débil pero constante raspado. Joakim estaba seguro.

Se acercó a la empinada escalera. La bombilla de arriba no era muy potente, pero aun así empezó a subir.

Una vez en el altillo, se detuvo de nuevo y miró los montones de viejos trastos abandonados. Algún día tendría que limpiar. Pero esa noche no.

Se adentró entre los cachivaches. Ahora podía pasar entre ellos sin problema, pues conocía aquel laberinto de memoria, y se dirigió hacia el fondo. Hacia la pared del otro extremo.

El raspado procedía de allí.

Joakim miró los tablones y los nombres de los muertos allí grabados.

Antes de que le diera tiempo de empezar a leerlos oyó de nuevo el sonido y se detuvo. Bajó la vista al suelo.

Primero fue el lamento, y luego los maullidos de Rasputín.

El gato estaba sentado junto a la pared y se lamía concienzudamente las patas. Luego alzó la vista hacia él y Joakim le sostuvo la mirada; le pareció que el gato estaba satisfecho. ¿Por qué no? Había trabajado duro esa noche.

Frente a él yacían una docena de pequeños cuerpos de pelo marrón. Ratones. Estaban hechos jirones y parecía que los acababa de matar antes de la llegada de Joakim.

Rasputín había colocado los ratones ensangrentados en fila junto a la pared.

Parecía un sacrificio.

25

– Hoy día la gente se preocupa demasiado -dijo Gerlof-. Actualmente, llaman a salvamento marítimo en cuanto hay cabrillas en el mar. Antes, las personas eran más sensatas. Si se levantaba un vendaval cuando uno estaba navegando, no pasaba nada…, se seguía hasta Gotland, se sacaba el bote a tierra y se echaban a dormir debajo de él hasta que amainara. Luego navegaban de vuelta a casa.

A continuación, guardó silencio y se abismó en sus pensamientos. Tilda se inclinó hacia delante y apagó la grabadora.

– Estupendo. ¿Estás bien, Gerlof?

– Sí, claro.

Parpadeó y volvió al momento presente.

Estaban bebiendo glögg en sendas tazas. La semana de Navidad había comenzado con nieve y viento, y Tilda le había llevado una botella de regalo. Había calentado el vino dulce en la cocina y le había añadido pasas y almendras. Cuando entró en la habitación de Gerlof con la bandeja, este sacó una botella de aguardiente y le añadió un chorro a cada taza.

– ¿Cómo vas a celebrar la Navidad? -preguntó el hombre cuando ya casi se había bebido el glögg y Tilda sentía calientes hasta los dedos de los pies.

– Tranquilamente, con la familia -dijo ella-. Pasaré la Nochebuena con mamá.

– Bien.

– ¿Y tú, Gerlof? ¿No quieres acompañarme al continente?

– Gracias, pero me quedaré aquí y me comeré mi arroz con leche. Mis hijas me han invitado a la costa oeste, pero no soporto un viaje tan largo en coche.

Guardaron silencio.

– ¿Hacemos una última grabación? -preguntó Tilda.

– Quizá.

– Hablar es divertido, ¿verdad? Me he enterado de cantidad de cosas de mi abuelo.

Él asintió lacónico.

– Sin embargo, no te he contado lo más importante.

– ¿No?

Gerlof pareció dudar.

– Ragnar me enseñó muchas cosas sobre el tiempo, el viento, la pesca y los nudos cuando era niño…, toda clase de cosas útiles. Pero luego, cuando me hice un poco mayor, me di cuenta de que uno no se podía fiar de él.

– ¿No? -dijo Tilda.

– Comprendí que mi hermano no era honesto.

En la habitación se hizo de nuevo el silencio.

– Ragnar era un ladrón -continuó-. Un vulgar ladrón. Desgraciadamente no puedo llamarlo de otro modo.

Tilda pensó en apagar la grabadora, pero la dejó.

– ¿Qué robaba? -preguntó en voz baja.

– Bueno, en principio todo lo que podía. A veces salía de noche y robaba anguilas de las redes de otros. Y recuerdo una vez…, cuando pusieron canalones nuevos en la casa de ludden. Sobró una caja, que se quedó en el jardín hasta que Ragnar la robó. En ese momento no necesitaba canalones, pero tenía la llave del faro y los dejó allí, y seguro que siguen allí. Lo importante no era la necesidad, sino la oportunidad. Siempre tenía los ojos abiertos por si encontraba una puerta sin cerrar o algo sin vigilancia.