– ¿Traeréis el dinero?
– Claro -dijo el otro-, tranquilo.
El lunes era la víspera de Nochebuena. Henrik trabajó en Marnäs, pero cuando acabó a las dos, se fue directo al cobertizo de Enslunda.
Mientras iba por la carretera de la costa oyó que el servicio meteorológico pronosticaba una gran nevada para la tarde y fuertes vientos en Öland y Gotland; también advertía de una tormenta en el Báltico. Pero el tiempo aún era bueno y el cielo azul. Unas nubes grises se acercaban a la isla por el este, pero Henrik pronto volvería a casa, a Borgholm.
Como de costumbre, los cobertizos estaban desiertos. Al llegar al suyo, Henrik dio media vuelta y condujo marcha atrás el último tramo, hasta la barca de plástico que se encontraba sobre un remolque. La semana anterior Camilla y él habían estado allí. La joven había querido entrar a ver el cobertizo, pero él había logrado impedírselo. En cambio, habían sacado la barca del agua y le habían quitado el motor fueraborda. No habían conseguido cubrir el casco con una lona, pero ahora Henrik lo haría.
Al caminar por la hierba aspiró el aroma de algas que flotaba en el aire y por un instante pensó en su abuelo muerto; luego alzó el enganche del remolque para asegurarlo al coche.
La idea de quedarse parte de la mercancía robada se le ocurrió poco después, cuando se encontraba en el cobertizo, mirando todo lo que habían acumulado durante el otoño. En total habría un centenar de artículos grandes y pequeños, antiguos y modernos. Henrik no se había fijado en todos, y seguro que los hermanos tampoco.
Su barca no estaba registrada en ninguna parte, la policía no podía saber que tenía una. La dejaría aparcada en la zona industrial de Borgholm y cuando quisiera iría haciendo viajes con ella para recoger los objetos robados.
Henrik se decidió. Cogió unos viejos jarrones de piedra caliza que quizá valieran unas quinientas coronas en una tienda de antigüedades, y se los llevó a la barca.
Empezó a nevar; copos como plumones caían florando y se despositaban suavemente en el suelo.
Con cuidado, colocó los jarrones en el pañol del asiento de proa. Luego regresó al cobertizo y cogió una caja de whisky añejo.
Al final, en la barca había una docena de artículos ocultos entre los asientos. Estaba abarrotada de mercancía robada. Fue al cobertizo a buscar una lona verde, cubrió el casco de proa a popa y a continuación lo ató con una larga cuerda de nailon.
Listo.
Los copos habían seguido cayendo sin parar y habían formado una fina capa blanca en el suelo.
Cuando Henrik fue a cerrar con llave el cobertizo, un sordo zumbido se superpuso al rumor del viento. Volvió la cabeza.
Entre los árboles vio acercarse un coche por la carretera, una furgoneta negra.
Eran los Serelius, que poco después frenaron en la rotonda, junto al remolque.
Las puertas del coche se abrieron y se cerraron de un portazo.
– ¡Hola, Henrik!
Los hermanos se acercaron a él a través de la nevada, ambos sonreían. Iban preparados para el frío, con anoraks negros, botas y gorras de cazador forradas de piel.
Tommy llevaba además unas grandes gafas de esquiar, como si estuviera de vacaciones en la montaña. El viejo Máuser colgaba de su hombro.
Estaba bajo los efectos de alguna sustancia, Henrik lo notó a pesar de los cristales de espejo que ocultaban sus ojos. Como de costumbre, tenía arañazos en el cuello y le temblaba el mentón. Eso no era buena señal.
– Así que ha llegado la hora -dijo Tommy-. La hora de felicitarnos la Navidad.
Al ver que Henrik no respondía, soltó una carcajada.
– No, no solo eso…, también tenemos que recoger las cosas.
– Las cosas -repitió Freddy.
– El botín.
– ¿Y el dinero?
– Sí, claro. Nos lo repartiremos como hermanos. -Tommy seguía sonriendo-. ¿Acaso crees que somos unos ladrones?
Era un chiste muy manido, pero Henrik sonrió tenso y se dio cuenta de que, en realidad, no habían hablado de cómo repartirían el botín.
Vio que Freddy se encaminaba al cobertizo y abría la puerta de par en par. Luego desapareció en la oscuridad del interior, pero reapareció enseguida con un televisor entre los brazos.
– Sí, eso fue lo que dijimos -asintió Henrik-. Como hermanos.
Tommy pasó junto a él y se encaminó hacia el remolque de la barca.
– Por fin me he decidido a llevar la barca a casa -dijo Henrik-. ¿Qué vais a hacer, os marcharéis?
– Sí…, volveremos a Copenhague. Pero primero iremos a la casa de los faros. -Tommy señaló hacia el norte con la mano-. A buscar la colección de cuadros. ¿Vienes con nosotros?
Él negó con la cabeza. Vio que Freddy había colocado el televisor en el coche y había regresado al cobertizo.
– No, no tengo tiempo -contestó-. Como te he dicho, me voy a llevar la barca a casa.
– Sí, sí -replicó Tommy, y estudió el remolque-. ¿Dónde la vas a dejar durante el invierno?
– En Borgholm…, detrás de un garaje.
Tommy tiró de la cuerda que sujetaba la lona y preguntó:
– ¿Y allí no te la quitarán?
– Está vallado.
El pulso de Henrik se aceleró. Debería haber usado más cuerdas y haber atado la lona con más fuerza. Para desviar la atención de Tommy empezó a hablar de nuevo.
– ¿Sabes qué vi por aquí este otoño?
– No.
Tommy negó con la cabeza, pero no apartaba la vista del remolque.
– Fue en octubre -explicó Henrik-, cuando vine a vaciar la barca… Vi una fueraborda; tuvo que venir del norte. Atracó en los faros de ludden. Había un tipo a proa, y luego encontraron a esa mujer ahogada justo en el mismo lugar. He pensado mucho en eso.
Hablaba demasiado y demasiado rápido. Pero ahora por fin Tommy giró la cabeza.
– ¿De quién hablas?
– De ella, de la mujer de la casa -contestó-. Katrine Westin; trabajé para ella este verano.
– ludden es adonde vamos -dijo Tommy-, ¿así que presenciaste un asesinato?
– No, vi una fueraborda -precisó él-. Pero fue extraño…, y después la encontraron muerta.
– Joder -exclamó Tommy, sin sonar especialmente sorprendido-. ¿Se lo contaste a alguien?
– ¿A quién? ¿A la policía?
– No, claro. Habrían empezado a preguntar qué hacías aquí. Quizá habrían inspeccionado el cobertizo y te habrían detenido.
– Nos habrían detenido -puntualizó él.
Tommy miró de nuevo la barca.
– Freddy me ha contado una historia cuando veníamos de camino -dijo-. Era bastante divertida.
– ¿Qué?
– Se trataba de un chico y una chica. Estaban de vacaciones en Estados Unidos y conducían por el país, y en un área de descanso se toparon con una mofeta. Nunca han visto ninguna y les parece una preciosidad. La chica quiere llevársela a Suecia, pero el chico cree que en la aduana no dejan pasar animales salvajes. Así que ella propone meterse la mofeta en las bragas. «Sí, es una buena idea», dice el chico. «Pero ¿qué hacemos con el hedor?»
Tommy se rascó el cuello e hizo una pausa antes de continuar:
– «Nada?», responde la chica. «La mofeta también apesta.»
Se rió para sí. Luego se dio la vuelta y agarró la lona.
– La mofeta también apesta -repitió.
– Espera un momento… -comenzó Henrik.
Pero Tommy tiró de la lona con fuerza. Apenas consiguió levantar un poco la tensa cuerda, pero fue suficiente para dejar al descubierto gran parte de la mercancía robada.
– ¡Vaya! -exclamó, y bajó la vista hacia los artículos de la barca. Luego señaló el suelo-. Deberías haber borrado las huellas en la nieve, Henke… Has corrido como un loco entre la barca y el cobertizo.
Él negó con la cabeza.
– He cogido algunas cosas…
– ¿Algunas? -repitió Tommy, y se encaminó hacia él.
Henrik dio un paso atrás.
– ¿Y? -preguntó-. He trabajado mucho. He planeado todos los asaltos, y vosotros solo…