El hombre vestía una chaqueta y un jersey de policía gris claro y sonrió satisfecho al ver entrar Tilda.
– Pasaba por aquí -explicó, y se puso en pie. Le alargó un gran regalo envuelto en papel rojo-. Solo quería desearte feliz Navidad.
Era Martin Ahlquist, por supuesto.
Tilda mantuvo el tipo y sonrió.
– Hola, Martin… Feliz Navidad.
Pero enseguida se le tensaron los labios; en cambio, la sonrisa de Martin era cada vez más ancha.
– ¿Te apetece un café?
– Gracias -replicó Tilda-. Lo siento, estoy ocupada.
Sin embargo, aceptó el regalo (le pareció una tarta de chocolate), se despidió de Torstensson y se fue al aparcamiento.
Martin la siguió y ella se dio la vuelta. Ya no necesitaba guardar las apariencias.
– ¿Qué estás haciendo?
– ¿Qué?
– Te pasas el día llamando…, y ahora apareces por aquí con un regalo. ¿Por qué?
– Bueno…, quería saber cómo estabas.
– Estoy bien -dijo Tilda-. Así que puedes irte a casa…, vete con tu mujer. Falta poco para la Nochebuena.
Él siguió sonriendo.
– Lo he arreglado todo -explicó-. Le dije a Karin que dormiría en Kalmar y que regresaría a casa a primera hora de la mañana.
Para Martin todo parecía reducirse a un problema práctico: tener las mentiras bajo control.
– Entonces, hazlo -replicó Tilda-. Vete a Kalmar.
– ¿Por qué? Puedo quedarme a dormir aquí, en Öland.
Ella suspiró y se acercó al coche. Abrió la puerta y dejó el regalo de Martin en el asiento trasero.
– Ahora no tengo tiempo. Debo ir a buscar a un chico.
Cerró antes de que él pudiera contestar. Luego arrancó y se fue de la comisaría.
Enseguida vio un Mazda azul detrás de ella.
El coche de Martin. La seguía.
De camino hacia el norte de Borgholm recapacitó sobre las razones de no haber intentado deshacerse de él con mayor empeño. Debería haberle chillado y tal vez escupido: quizá hubiera comprendido esas señales.
Eran las tres y media cuando Tilda llegó al lado este de la isla. La luz diurna casi había desaparecido, el cielo estaba plomizo y la débil nevada se había intensificado. Se había vuelto más agresiva, pensó. Los copos habían dejado de flotar inofensivos en el aire y se habían agrupado para atacar. Se abalanzaban contra el parabrisas del coche patrulla en densas oleadas.
Giró por la estrecha desviación a Enslunda. El Mazda de Martin aún la seguía de cerca.
A la luz de los faros, Tilda vio huellas de coches en la nieve, por lo que al acabar el camino, a unos cincuenta metros del mar, esperaba encontrar por lo menos un par de vehículos aparcados.
Pero la pequeña rotonda estaba completamente desierta.
Lo único que se veía eran huellas frescas en la nieve: rastros de zapatos o de botas que iban de un lado a otro, desde las rodadas hasta uno de los cobertizos. Los copos de nieve ya estaban a punto de cubrirlas.
El Mazda había girado y se detuvo en el camino detrás de ella.
Tilda se puso la gorra de policía, abrió la puerta y salió al viento.
Allí, junto al mar Báltico, nevaba con fuerza. Con ese frío y esa desolación la costa resultaba de lo más hostil. Las olas rompían contra la orilla y habían empezado a fragmentar la capa de hielo.
Martin se había bajado del coche y se le acercó.
– Ese a quien buscas…, ¿tenía que estar aquí?
Ella solo asintió. Prefería no hablar con él.
Martin se encaminó hacia los cobertizos con paso decidido. Parecía haber olvidado que era profesor y no policía.
Tilda no dijo nada, solo lo siguió.
Al acercarse oyeron un repiqueteo; se trataba de la puerta de uno de los cobertizos, que daba golpes con el viento. Casi todas las huellas conducían a ese cobertizo.
Martin abrió la puerta y echó un vistazo dentro.
– ¿Es de él?
– No lo sé…, debería serlo.
Los ladrones siempre temen a otros ladrones, pensó Tilda. Les gusta tener buenas cerraduras en sus casas. Si Henrik Jansson se había olvidado de cerrar era porque había sucedido algo inesperado.
Se acercó a Martin y echó un vistazo en la oscuridad. Vieron una mesa de carpintero, algunas viejas redes, otros artículos de pesca y herramientas en las paredes, pero poco más.
– No está aquí -señaló Martin.
Tilda no respondió. Entró en el cobertizo y se inclinó. Sobre las tablas del suelo se veían unas gotitas brillantes.
– ¡Martin! -exclamó.
Él volvió la cabeza y ella las señaló.
– ¿Qué te parece esto?
Él se agachó.
– Sangre fresca -respondió.
Tilda salió del cobertizo y miró alrededor. Había alguien herido, quizá le habían disparado o acuchillado, pero aun así había conseguido abandonar el lugar.
Bajó por el prado hacia la playa; allí el viento soplaba aún con más intensidad. Encontró marcas borrosas en la nieve: una larga línea de huellas que se dirigían al norte.
Pensó en seguirlas por la playa, pese al viento y el implacable frío del mar, pero las huellas pronto desaparecerían en la nevada.
Por lo que Tilda sabía solo había dos casas habitadas a una distancia razonable a pie: la granja de la familia Carlsson y, más al norte, la de los faros de ludden. Henrik Jansson, o de quien fueran las huellas, parecía dirigirse a una de ellas.
Una fuerte ráfaga de viento la empujó y Tilda se dio la vuelta.
Regresó a la rotonda.
– ¿Adónde vas? -preguntó Martin tras ella.
– Es un asunto confidencial -respondió, y abrió la puerta del coche.
Se sentó sin comprobar si Martin la seguía o no. Luego encendió la radio de policía y llamó a la central de Borgholm. Quería informar de la supuesta pelea habida junto a los cobertizos y comunicar que continuaría hacia el norte.
Nadie respondió.
La nevada arreciaba. Tilda arrancó el motor, encendió la calefacción al máximo y accionó el limpiaparabrisas antes de alejarse de los cobertizos lentamente.
Vio por el retrovisor que el interior del Mazda se iluminaba al abrir Martin la puerta. Luego encendió las luces y empezó a seguirla por el camino de grava.
Tilda aumentó la velocidad antes de mirar hacia el este y ver que el horizonte había desaparecido. Una pared blanca grisácea se cernía sobre el mar precipitándose sobre la costa.
29
Al atardecer, Joakim se encontraba en la cocina, mirando cómo arreciaba la nevada. Pasarían una Navidad blanca en ludden.
Luego escrutó la puerta del establo. Estaba cerrada, y alrededor no se veía ninguna huella en la nieve. No había regresado al establo desde hacía varios días, aunque no podía dejar de pensar en la habitación secreta.
Una estancia para los muertos, con bancos de iglesia y la chaqueta de Ethel cuidadosamente doblada sobre uno de ellos, entre otros viejos recuerdos. La había dejado allí.
Tenía que haber sido Katrine quien la dejara en ese lugar. Debió de encontrar la habitación durante el otoño y depositar la chaqueta vaquera en el banco, sin contarle nada. Joakim ni siquiera sabía que la guardaba.
Su mujer había tenido secretos para él.
Joakim telefoneó a su madre y se enteró de que esta había enviado la prenda a ludden. Antes de eso, supuso que Ingrid había colocado la ropa de Ethel en una caja y la había guardado en el desván.
– La cogí y la envolví en un papel marrón -explicó Ingrid-. Luego se la envié por correo a Katrine… Fue en agosto.
– ¿Por qué? -preguntó Joakim.
– Bueno, ella me la pidió. Katrine me llamó el verano pasado y me pidió que le dejara la chaqueta. Quería comprobar una cosa, dijo, y entonces se la mandé. -Ingrid hizo una pausa-. ¿No te lo contó?
– No.
– ¿No hablabais?
Joakim guardó silencio. Deseaba responder que claro que hablaban, que confiaban plenamente el uno en el otro, pero entonces recordó la extraña mirada que ella le había dirigido la noche en que se enteraron de la muerte de Ethel.