Katrine había abrazado a Livia y había mirado a Joakim con ojos brillantes, como si hubiera sucedido algo maravilloso.
Cuando oscureció, Joakim empezó a preparar la cena. Cocinar el menú navideño el 23 de diciembre era un poco pronto, pero deseaba empezar las celebraciones lo antes posible.
Había sucedido algo parecido el año anterior. Su hermana se había ahogado a principios de diciembre, y no pronunciaron su nombre durante las fiestas; en cambio, Katrine y él compraron más regalos y más comida que de costumbre. Llenaron la casa de Åppelvillan de luz y adornos.
Sin embargo, Ethel estuvo más que presente. Joakim pensó en ella cada vez que Katrine alzaba la copa de sidra sin alcohol y brindaba con él.
Parpadeó para alejar las lágrimas, continuó hojeando las recetas de La buena cocina navideña y se esmeró al máximo, mientras las sombras crecían al otro lado de la ventana.
Cocinó salchichas y albóndigas. Cortó el queso en rodajas y la coliflor en tiras y calentó las costillas. Horneó el jamón cocido, peló patatas y pasó un pincel con agua y sirope sobre el pan de mosto de cerveza recién cocido. Preparó anguilas, arenques y salmón, y la comida de los niños: pollo asado y patatas fritas.
Colocó un plato tras otro sobre la mesa de la cocina, y le dio a Rasputín un cuenco de atún fresco.
A las cuatro y media llamó a Livia y a Gabriel.
– ¡A comer!
Llegaron y se se quedaron de pie junto a la mesa.
– Cuánta comida -exclamó Gabriel.
– A esto se lo llama mesa de Navidad -le explicó Joakim-. Cada uno coge un plato y se lo llena con un poco de cada cosa.
Livia y Gabriel hicieron como él decía, hasta cierto punto. Cogieron pollo, patas fritas y salsa, pero no tocaron el pescado ni la coliflor.
Joakim abrió la marcha hacia el salón y los tres se sentaron a la gran mesa, bajo la lámpara de araña. Sirvió sidra y les deseó a sus hijos un buen comienzo de Navidad. Esperó que le preguntaran por qué había puesto un cuarto plato en la mesa, pero no dijeron nada.
No lo hizo porque realmente creyera que Katrine iba a regresar, pero por lo menos podía mirar su plato vacío y fantasear que estaba allí sentada.
Así debería haber sido.
De la misma manera que su madre ponía un plato más cada Navidad. Aunque Ethel nunca apareció.
– Papá, ¿puedo irme ahora? -preguntó Livia tras diez minutos.
– No -respondió Joakim enseguida.
Vio que el plato de su hija estaba vacío.
– Pero ya he terminado.
– Quédate un rato más.
– Es que quiero ver la tele.
– Yo también -dijo Gabriel, al que aún le quedaba mucha comida.
– En la tele hay un programa de caballos -explicó Livia, como si ese fuera un argumento definitivo.
– Quédate aquí -ordenó Joakim, con una voz más dura de lo que había deseado-. Esto es importante. Estamos celebrando la Navidad juntos.
– Eres tonto -replicó la niña, y lo miró airada.
Joakim suspiró.
– Estamos celebrando juntos la Navidad -repitió sin convicción.
Los niños guardaron silencio después de eso, pero por lo menos permanecieron sentados. Finalmente, Livia se levantó y se encaminó hacia la cocina con el plato, seguida de Gabriel. Ambos regresaron con una porción de albóndigas.
– Está nevando muchísimo, papá -anunció ella.
Joakim miró por la ventana del salón y vio revolotear gruesos copos.
– Bien. Entonces podremos ir en trineo.
El malhumor de Livia desapareció tan deprisa como había empezado, y enseguida Gabriel y ella se pusieron a charlar sobre los regalos de Navidad que había bajo el abeto. No parecía que prestaran atención a la cuarta silla de la mesa, mientras que Joakim no dejaba de mirarla de reojo.
¿Qué esperaba? ¿Qué la puerta de la casa se abriera y Katrine entrara en el salón?
El viejo reloj de pared dio una sola campanada: ya eran las cinco y media y casi había oscurecido del todo.
Cuando Joakim se metió la última albóndiga en la boca y miró a Gabriel vio que su hijo se estaba durmiendo. El niño había comido el doble de lo habitual, y ahora estaba sentado inmóvil y miraba su plato vacío con los párpados entornados.
– Gabriel, ¿quieres dormir un rato? -preguntó-. Así podrás estar despierto hasta más tarde por la noche.
Al principio el niño solo asintió, pero luego dijo:
– Entonces jugaremos. Tú y yo. Y Livia.
– Eso es.
De pronto, Joakim comprendió que el pequeño seguramente había olvidado a Katrine. ¿Qué recordaba él mismo de cuando tenía tres años? Nada.
Apagó las velas, recogió la mesa y guardó la comida en la nevera. Luego preparó la cama de Gabriel y lo acostó.
Livia no quería irse a la cama tan temprano. Quería ver los caballos, así que Joakim le llevó el pequeño televisor al cuarto.
– ¿Estás bien? -dijo-. Había pensado salir un rato.
– ¿Adónde? -preguntó la niña-. ¿No quieres ver cómo montan los caballos?
Él negó con la cabeza.
– Ahora vuelvo.
Recogió el regalo de Navidad de Katrine de debajo del abeto, se lo llevó al recibidor junto con una linterna, y se puso un grueso jersey y un par de botas.
Estaba preparado.
Se detuvo frente al espejo de pared y se miró. En la penumbra del pasillo apenas se veía, y le pareció que podía distinguir los contornos de la habitación a través de su propio cuerpo.
Joakim se sentía como un fantasma, un espíritu más de la casa. Vio el blanco papel de pared alrededor del espejo y el viejo sombrero de paja, colgado como una especie de símbolo de la vida campestre.
De pronto, todo carecía de sentido. En realidad, ¿por qué Katrine y él se habían pasado año tras año reformando y decorando? Las casas habían sido cada vez mayores, tan pronto como finalizaban un proyecto empezaban el siguiente, siempre esforzándose por borrar los rastros de quienes les habían precedido. ¿Por qué?
Un apagado maullido interrumpió sus pensamientos. Joakim giró la cabeza y vio un pequeño ser de cuatro patas acurrucado sobre la estera.
– ¿Quieres salir, Rasputín?
Se encaminó hacia el porche acristalado, pero el gato no lo siguió. Apenas lo miró y luego entró sigilosamente en la cocina.
El viento soplaba en el patio y hacía vibrar los pequeños cristales de la vidriera del porche.
Joakim abrió la puerta y sintió cómo la corriente de aire tiraba de ella. El viento llegaba en rachas y parecía arreciar, transformando los copos de nieve en punzantes granos que revoloteaban por el patio.
Bajó la escalera con cuidado y miró con los ojos entornados a través de la nieve.
El cielo estaba más oscuro que nunca, como si el sol hubiera desaparecido para siempre del mar Báltico. Sobre el agua, las nubes proyectaban un amenazante juego de sombras grises y negras: enormes nubes cargadas de nieve habían comenzado a llegar del nordeste y se acercaban por la costa.
Se aproximaba una tormenta.
Joakim salió al camino de piedra entre los edificios, en medio del viento y la nieve. Recordó la advertencia de Gerlof: uno podía perderse si salía en medio de la nevasca; pero de momento solo una delgada capa de nieve cubría el suelo y un corto paseo hasta el establo no parecía entrañar ningún peligro.
Se acercó a la ancha puerta y la abrió.
Nada se movió en el interior.
Captó un brillo con el rabillo del ojo que lo hizo detenerse y volver la cabeza. Era la luz de los faros. El establo ocultaba la torre norte, pero la luz roja de la sur titilaba.
Joakim se adentró en el suelo de piedra; el viento se pegó a su espalda, como si quisiera acompañarlo, antes de cerrar la puerta de golpe.
Tras unos segundos, accionó el interruptor.
Las bombillas colgaban como débiles soles amarillentos sobre la oscuridad y no conseguían ahuyentar las sombras de las paredes.