A través del tejado llegaba el ulular del viento, pero el entramado de vigas no se movía un ápice. Aquel edificio había aguantado innumerables tormentas.
En el altillo estaba la pared con el nombre de Katrine y del resto de muertos, pero esa tarde Joakim no subió la escalera, sino que se encaminó hacia los pesebres ante los que los animales habían pasado el invierno.
El suelo de piedra de la caballeriza del fondo seguía libre de heno y polvo.
Se arrodilló junto a la pared y se tumbó boca abajo. Luego reptó a través de la pequeña abertura bajo los tablones, con la linterna en una mano y el regalo de Navidad de Katrine en la otra.
En cuanto dejó atrás la falsa pared, se puso de pie y encendió la linterna. Esta brilló débilmente; necesitaba pilas nuevas, aunque por lo menos le permitía ver la escalera que ascendía a la oscuridad.
Joakim aguzó el oído, pero el establo seguía en silencio.
Podía quedarse allí de pie o empezar a subir. Dudó. Durante un instante, reflexionó sobre el hecho de que se acercaba una tormenta y Livia y Gabriel estaban solos en casa.
Luego alzó la bota derecha y la colocó en el primer peldaño de la escalera.
Tenía la boca seca y su corazón latía con fuerza, pero se sentía más esperanzado que asustado. Peldaño a peldaño, se fue acercando cada vez más al negro hueco del techo. Aquel era el único lugar en que deseaba encontrarse en esos momentos.
Katrine estaba cerca, lo presentía.
Invierno de 1962
Markus regresó a la isla y deseaba verme, pero no en ludden. Tuve que ir hasta Borgholm; quedamos en encontrarnos en una pastelería.
Torun, que a esas alturas apenas notaba la diferencia entre el día y la noche, me pidió que comprara patatas y un poco de harina. Harina y raíces comestibles, de eso vivíamos.
Fue un último encuentro en una ciudad gris que aún esperaba la llegada del invierno, a pesar de que estábamos a principios de diciembre.
MIRJA RAMBE
Fuera estamos bajo cero, pero no hay nieve en Borgholm. Llevo puesto mi viejo abrigo de invierno y me siento como la paleta que soy mientras camino por las rectas calles de la ciudad.
Markus ha regresado a la isla para visitar a sus padres en Borgholm y para verme a mí. Le han dado permiso en el regimiento de Eksjö y viste un uniforme gris con elegantes rayas.
La pastelería donde nos hemos citado está llena de señoras decentes que me contemplan con ojo crítico al entrar: las pastelerías de las pequeñas ciudades suecas no son lugares para jóvenes; aún no.
– Hola, Mirja.
Markus se levanta cortésmente cuando me acerco a la mesa.
– Hola -respondo yo.
Me da un frío abrazo y notó que ha empezado a usar loción de afeitar.
Hace meses que no nos vemos y al principio el ambiente es tenso, pero poco a poco nos ponemos a hablar. Yo no tengo mucho que contar de ludden: allí no ha ocurrido nada desde que él se fue. Pero le pregunto sobre la vida de soldado y si vive en una tienda de campaña parecida a la que levantamos en el altillo, y él dice que así es, pero solo cuando van de instrucción. Me cuenta que su compañía ha estado en Norrland, con treinta grados bajo cero. Para mantener el calor tuvieron que cubrir las tiendas con tanta nieve que parecían iglús.
En la mesa, el silencio se apodera de nosotros.
– Había pensado que podríamos volver a vernos en primavera -digo yo finalmente-. Si quieres, podría mudarme más cerca de ti, a Kalmar o por ahí cerca, y luego, cuando te licencies, podríamos vivir en la misma ciudad…
Son unos planes muy vagos, pero Markus me sonríe.
– En primavera -dice, y roza mi mejilla con la mano. Esboza una amplia sonrisa y prosigue en voz baja-: ¿Quieres ver el piso de mis padres, Mirja? Está a la vuelta de la esquina. Hoy no están en casa, pero aún tengo ahí mi antigua habitación…
Asiento y me levanto de la silla.
Hacemos el amor por primera y última vez en la antigua habitación infantil. La cama es demasiado pequeña, así que ponemos el colchón en el suelo y nos tumbamos en él. El apartamento está en silencio, pero nosotros lo inundamos con el sonido de nuestra respiración. Al principio, me aterra que puedan llegar sus padres, pero al rato me olvido de ellos.
Markus está ansioso, pero sin embargo es cuidadoso. Creo que también es su primera vez, aunque no me atrevo a preguntar.
¿Soy lo suficientemente precavida? En absoluto. No utilizo ninguna protección: lo que está pasando es algo que nunca me hubiera imaginado que sucedería. Y justo por eso es tan maravilloso.
Media hora después, nos separamos en la calle. Es una breve despedida; el frío es cortante; al final nos damos un torpe abrazo a través de las capas de ropa.
Markus se vuelve al apartamento para hacer el equipaje antes de cruzar el estrecho en ferry, y yo me dirijo a la estación de autobuses para regresar al norte.
Estoy sola, pero aún siento su calor dentro de mí.
Me hubiera gustado coger el tren, pero ha dejado de funcionar. No me queda más remedio que subir al autobús.
Entre los pasajeros reina un ambiente sombrío, aunque a mí me viene bien. Me siento como un farero camino de su medio año de trabajo en el fin del mundo.
Ya está oscuro cuando bajo del autobús al sur de Marnäs, y el viento es gélido. En la tienda de Rörby compro comida para Torun y para mí y luego me dirijo a casa por la carretera de la costa.
Cuando llego al camino de ludden veo unas nubes gris pizarra sobre el mar. Se aproxima la tormenta y acelero el paso. Cuando llegue la nevasca tengo que estar dentro de casa, si no, me puede pasar lo que a Torun en la ciénaga. O incluso algo peor.
Al llegar, todas las ventanas están oscuras, pero en la pequeña habitación de Torun y mía brilla una cálida luz amarilla.
Justo antes de entrar a saludar a mi madre, veo con el rabillo del ojo que algo parpadea abajo en la playa.
Vuelvo la cabeza para mirar; son los faros, que se encienden con la llegada de la noche.
El faro norte también, y alumbra con una luz blanca constante.
Dejo las bolsas de comida en la escalera y cruzo el patio para bajar a la playa. El faro norte sigue iluminado.
Mientras tengo la vista fija en la torre, de repente algo pasa volando por el suelo, un objeto claro y alargado.
Antes de que eche a correr para alcanzar el rollo, adivino qué es.
Un lienzo. Uno de los cuadros de nevasca de Torun.
– ¿Ya has vuelto a casa, Mirja? -grita una voz de hombre-. ¿Dónde te has metido?
Me doy la vuelta. Es Ragnar Davidsson, el pescador de anguilas, que se acerca caminando hacia mí por el patio. Viste su reluciente impermeable y lleva en los brazos una buena cantidad de lienzos de Torun: veinte o treinta.
Recuerdo sus palabras: «Todo esto es negro y gris. Solo una mezcla de colores oscuros…, parece mierda».
– Ragnar -digo-. ¿Qué haces? ¿Adónde vas con los cuadros de mamá?
Pasa a mi lado, sin detenerse, y responde:
– A la playa.
– ¿Qué has dicho?
– No hay sitio para ellos -responde a gritos-. Me he quedado con el almacén de la casa. Guardaré ahí las nasas.
Lo miro horrorizada, y luego veo de nuevo la fantasmal luz blanca del faro norte. Le doy la espalda al mar y al viento y me apresuro a volver a casa, a Torun.
30
El viento que azotaba la costa había alcanzado la categoría de tempestad. Las fuertes rachas zarandeaban el coche y Tilda tenía que sujetar el volante con fuerza.
«Una tormenta de nieve», pensó.
A la luz de los faros los torbellinos de nieve se elevaban desde la carretera como una espiral en blanco y negro. Redujo la velocidad y se inclinó hacia el parabrisas para poder distinguir el camino.
La nevada parecía cada vez más un espeso humo blanco que se arremolinaba sobre la costa. Se formaban taludes de nieve por todas partes donde esta podía fijarse, y rápidamente iban convirtiéndose en murallas.