– ¿Puedes conducir?
– No…, el coche está atascado.
– Entonces tendrás que ir a ludden -contestó él-. Pero ten cuidado con los ojos… La tormenta arrastra tierra y arena mezcladas con la nieve.
– De acuerdo.
– Y no te sientes nunca a descansar, Tilda, no importa lo cansada que estés.
– Vale. Hasta luego -dijo ella, y apagó el móvil.
Luego inspiró hondo por última vez en el aire caliente del coche, abrió la puerta y salió de nuevo a la tormenta.
El viento la envolvió, rugió en sus oídos y la empujó. Tilda cerró la puerta del coche con llave y avanzó despacio por el camino, con la misma dificultad que un buzo caminando con zapatos de plomo por el fondo del mar.
Martin bajó la ventanilla al verla llegar, parpadeó y alzó la voz:
– ¿Viene alguien de camino?
Ella negó con la cabeza y respondió a gritos:
– ¡No podemos quedarnos aquí!
– ¿Qué?
Tilda señaló hacia el este.
– ¡Hay una casa allá abajo!
Él asintió y subió la ventanilla. Unos segundos después, se apeó del coche, cerró con llave y la siguió.
Caminaron a través de la ventisca que barría el asfalto; bajaron a la cuneta y saltaron un muro de piedra.
Tilda encabezaba la marcha y Martin la seguía unos pasos por detrás. Avanzaban despacio. Cada vez que Tilda levantaba la vista, era como si el viento le golpeara los ojos con ramas de abedul heladas. Tenía que ir con cuidado y doblada sobre sí misma para que el viento no la derribara.
Solo llevaba puestas unas simples botas y deseó haber tenido unos esquís. O botas de nieve.
Al fin se dio la vuelta y alargó el brazo hacia la oscura figura que la seguía.
– ¡Ven! -gritó.
Martin había empezado a tiritar. Llevaba solo una fina chaqueta de cuero, y no tenía gorro.
Aunque fuera asunto de él llevar una ropa tan ligera, Tilda le tendió la mano.
Martin la estrechó sin decir nada. Cogidos de la mano, prosiguieron la marcha hacia la casa de ludden.
31
Henrik Jansson avanzaba a duras penas en la ventisca. Luchando contra un viento ensordecedor, agachaba la cabeza contra el pecho y apenas tenía idea de dónde se encontraba.
Supuso que habría llegado al prado junto a la playa, al sur de los faros de ludden, aunque no podía verlos. La nieve le arañaba los ojos.
«Idiota.» Tendría que haberse quedado en casa. Era lo que siempre hacía cuando había nevasca.
Un fin de semana de enero, cuando tenía siete años, fue de visita a casa de sus abuelos y tuvo una pesadilla: soñó que una manada de rugientes leones se paseaba por la habitación.
Al despertarse al día siguiente, los leones habían desaparecido y toda la casa estaba en silencio. Pero al salir de la cama y mirar fuera, vio que el suelo entre los edificios estaba cubierto de nieve blanca y centelleante.
– Esta noche hemos tenido nevasca -dijo el abuelo Algot.
La ondeante capa de nieve casi llegaba al alféizar de la ventana, y Henrik no había podido abrir la puerta de la casa.
– Abuelo, ¿cómo se sabe que es una nevasca?
– Nunca se sabe cuándo llegará -había contestado Algot-, pero cuando lo hace, uno sabe que está aquí.
Y Henrik lo supo allí, en la playa del Báltico. Aquello era una nevasca. El vendaval anterior había sido solo un aviso.
El viento hacía oscilar la guadaña y le molestaba. Se vio obligado a abandonarla en la nieve, pero conservó el hacha. Dio tres pasos sobre el suelo helado, se acurrucó y descansó. Luego dio tres pasos más.
Al cabo de un rato, se vio obligado a descansar cada dos pasos.
Las olas, cada vez más altas, rompían la delgada capa de hielo de la playa. Henrik escuchaba el creciente ruido sordo, pero ya no podía ver el mar: no podía ver nada en ninguna dirección.
El dolor de la herida se había atenuado. Quizá el viento helado calmaba la hemorragia, pero al mismo tiempo sentía como si, lentamente, todo su cuerpo se adormeciera.
Comenzaba a perder la conciencia: a veces la sentía tan lejos que parecía flotar junto a su cuerpo.
Henrik pensó en Katrine, la mujer que se había ahogado en ludden. Se había sentido a gusto acuchillando y arreglando los suelos con ella. Era bajita y rubia, como Camilla.
Camilla.
Recordó el calor de su cuerpo cuando estaban en la cama. Pero ese pensamiento se esfumó enseguida con el viento.
Era demasiado tarde para retroceder hasta el cobertizo de Enslunda, y ya ni siquiera sabía dónde se encontraba. ¿Y dónde estaban los jodidos faros? Miró de soslayo para evitar el viento, y a lo lejos vislumbró una débil luz titilante.
Inspira, avanza, espira.
Poco después, llegó un fuerte estruendo desde el mar que lo detuvo en mitad de un paso. El viento arreciaba, aunque pareciese imposible.
Henrik cayó de rodillas y el hacha se hundió en la nieve, pero la recogió haciendo un gran esfuerzo y consiguió guardarla, la empuñadura primero, en el interior de su anorak. La tenía reservada para los hermanos Serelius y no podía perderla.
Gateó rumbo al norte, o en la dirección que él consideraba el norte. No podía hacer nada más; si se detenía a descansar en la tormenta, no tardaría en morir.
«Los ladrones merecen que los azoten -casi podía oír decir a su abuelo-. Solo sirven como fertilizante y comida para peces.»
Henrik negó con la cabeza.
No, el abuelo Algot siempre había podido confiar en él. A los únicos que había engañado habían sido su profesor, algunos amigos, sus padres y John, el jefe de la empresa. Y a los propietarios de las casas. Y a Camilla, claro, a ella le había mentido bastante cuando vivían juntos y al final acabó cansándose de él.
Un destornillador en la barriga, quizá eso era lo que se merecía.
De repente, algo lo golpeó por detrás. Henrik se asustó antes de comprender que solo eran largas cañas sacudidas por el viento.
Se detuvo, cerró los ojos y se acurrucó en la ventisca. Si se relajaba y dejaba de luchar pronto se quedaría entumecido por completo, el estómago y el resto del cuerpo.
¿La muerte era fría o caliente? ¿O templada?
En algún lugar de su cabeza estaban los hermanos Serelius y su amplia sonrisa. Eso lo animó a proseguir la marcha.
32
Joakim oía el ulular del vendaval sobre el inmenso tejado del establo. Sintió la fuerza del viento a través de las vigas de madera y el amianto, aunque él se hallaba fuera de su alcance.
Unos minutos antes había subido por la escalera hasta la habitación del altillo.
Allí todo era tranquilidad. El alto techo inclinado producía el efecto de que se entraba en una capilla.
Las pilas de la linterna casi se habían agotado, pero aun así, podía distinguir los antiguos bancos de iglesia en la penumbra. Y todos los viejos objetos que había sobre ellos.
En aquella habitación se rogaba por las almas de aquellos que habían muerto en ludden, allí se reunían por Navidad.
Joakim lo sabía. ¿Acudirían aquella noche o la siguiente? No importaba, se quedaría allí y esperaría a Katrine.
Recorrió despacio el estrecho pasillo entre los bancos y observó las pertenencias de los muertos.
Se detuvo junto al primer banco y alumbró la chaqueta vaquera pulcramente doblada.
La había dejado donde la encontró: apenas se había atrevido a tocarla. Se había llevado a la cama el libro escrito por Mirja Rambe, y había empezado a leerlo, pero no quería guardar la chaqueta de Ethel dentro de casa. Tenía miedo de que Livia comenzara a soñar de nuevo con su tía.
Alargó la mano y tocó el desgastado tejido vaquero, como si el tacto le pudiera dar respuesta a todas sus preguntas.
Al coger una de las mangas, algo crujió y cayó al suelo.
Se trataba de un pequeño papel.
Se agachó, lo recogió, y vio una sola frase. A la débil luz de la linterna, Joakim leyó el texto completo, escrito con fuerza sobre el papeclass="underline"