PROCURA QUE LA PUTA DROGADICTA DESAPAREZCA
Retrocedió despacio con la nota en la mano.
La puta drogadicta.
Leyó las seis palabras del trozo de papel y comprendió que no era un mensaje para Ethel. Iba dirigido a Katrine y a él mismo.
Procura que la puta drogadicta desaparezca.
Aunque Joakim nunca lo había visto.
El papel no tenía manchas de humedad y la tinta era negra y clara, así que la nota no estaba en la chaqueta cuando Ethel cayó al agua.
Comprendió que había sido colocado allí más tarde. Seguramente, Katrine lo había puesto tras recibir la chaqueta de la madre de Joakim.
Recordó las tardes en que su hermana les gritaba en la calle, frente a Åppelvillan. A veces, él había visto cómo se apartaban las cortinas de la casa del vecino. Cómo observaban a Ethel unos ojos con rostros asustados.
Un papel con una exhortación de los vecinos. Lo más probable era que Katrine la hubiera encontrado un día en el buzón cuando estaba sola en casa; la habría leído y habría comprendido que la situación no podía prolongarse. Los vecinos de la calle ya estaban hartos de gritos, que se repetían noche tras noche.
Todos estaban hartos de Ethel. Había que hacer algo.
Joakim estaba agotado, y se dejó caer sobre el banco, junto a la chaqueta de su hermana. Siguió con la mirada fija en el papel que sostenía en la mano, hasta que oyó un débil crujido a través del viento.
El sonido procedía de la abertura en el suelo.
Había alguien en el establo.
Invierno de 1962
Cuando se ilumina el faro norte es que alguien va a morir en ludden. Yo había oído esa leyenda, aunque esa tarde, al regresar de Borgholm a casa y ver la luz blanca, no pensé en ello. Me conmocionó que Ragnar Davidsson se llevara los lienzos de Torun sin hacer el menor caso de mis gritos.
Algunas de las telas se le habían caído en la nieve, e intenté recogerlas, pero el viento se las llevaba volando. Cuando regresé a la casa solo había podido salvar un par de lienzos.
MIRJA RAMBE
Entro corriendo en el recibidor empujada por el viento y continúo hasta la habitación del medio, a pesar de que sé lo que me espera.
Blancas paredes vacías.
Casi todas las pinturas de la nevasca de Torun han desaparecido del trastero: apenas quedan unos pocos rollos por el suelo, sin embargo, hay montones de redes.
La puerta de nuestro lado de la casa está cerrada, aunque sé que Torun sigue allí dentro, sentada. No puedo entrar a verla, no le puedo contar lo ocurrido, así que me dejo caer en el suelo.
Sobre la mesa del trastero, veo un vaso medio lleno y una botella. Antes no estaban allí.
Me acerco deprisa, meto la nariz en el vaso e inspiro el líquido transparente. Es aguardiente; probablemente la ración de Davidsson para entrar en calor.
En la casa hay botellas como esa por todas partes con diferentes contenidos, y al pensar en ellas ya sé lo que haré.
Mientras me apresuro por el patio, no veo a Davidsson. Abro la puerta del establo y desaparezco en la oscuridad. Sé encontrar el camino sin luz entre las sombras y subo al altillo, entre los desechos y el escondite del tesoro. En un rincón, hay un bidón de plástico: un bidón en el que alguien ha pintado una cruz negra. Me lo llevo a casa.
Una vez en el trastero, vierto casi toda la botella del aguardiente de Davidsson sobre uno de sus montones de redes, que apestan a brea, y lo relleno con la misma cantidad de líquido transparente y casi inodoro del bidón.
En un rincón, hay un armario de madera, y allí oculto el bidón.
Luego me siento de nuevo en el suelo y espero.
Cinco o diez minutos más tarde la puerta chirría. El ulular del viento crece antes de apagarse con un portazo.
Se oyen un par de pesadas botas en el recibidor que patean para quitarse la nieve, reconozco el hedor a sudor y brea.
Ragnar Davidsson entra en la habitación y me mira.
– ¿Dónde has estado? -pregunta-. Has desaparecido por la mañana.
No contesto. Solo pienso en qué le diré a Torun sobre las pinturas. No puede enterarse de lo que ha pasado.
– Con algún chico, seguro -responde Davidsson a su propia pregunta.
Se pasea despacio por el suelo de cemento y le doy una última oportunidad. Levanto la mano y señalo la playa.
– Tenemos que ir a buscar las pinturas.
– No es posible.
– Sí. Tienes que ayudarme.
Niega con la cabeza y se acerca a la mesa.
– Ya no están aquí…, van camino de Gotland. El viento y las olas se las han llevado.
Se llena el vaso y lo levanta.
Podría avisarle, pero no digo nada. Solo miro mientras bebe: tres buenos tragos que casi vacían el vaso.
Entonces se sienta a la mesa, chasca la lengua y dice:
– Bueno, pequeña Mirja…, ¿qué te apetece hacer ahora?
33
Le despertó el espectro de su abuelo, que se encontraba de pie ante él, en medio de la ventisca. Algot se inclinó y le levantó una bota.
¡Muévete! ¿Acaso quieres morir?
Henrik sintió unos fuertes golpes en las piernas y los pies, una y otra vez.
¡Levántate! ¡Ladrón de mierda!
Henrik alzó la cabeza lentamente, se quitó la nieve de los ojos y los entornó. El fantasma de su abuelo había desaparecido, pero a lo lejos vio un foco que barría en silencio el cielo nocturno. El brillo de su luz, rojo sangre, hizo que las nubes centellearan sobre él.
Un poco más allá, le pareció ver otra luz. Un destello blanco constante.
Las luces de los dos faros de ludden.
Metro a metro, Henrik había ido avanzando medio aletargado y con gran esfuerzo por la nieve, y por fin había llegado.
Tenía los vaqueros empapados; eso era lo que lo había despertado. Las olas eran ahora tan altas que rompían contra la playa y le salpicaban las piernas con fuerza, a pesar de que yacía en lo alto del prado.
Se levantó despacio, de espaldas al mar. Se sentía las manos entumecidas, y también los pies, aunque podía moverse.
Aún le quedaba algo de fuerza en las temblorosas piernas, así que se puso a caminar de nuevo con los brazos caídos.
En el interior de su anorak se movía un alargado mango de madera y un hierro helado le asomaba por el cuello.
Era el hacha del abuelo; recordó que se la había metido debajo de la chaqueta, pero no por qué la llevaba encima.
De repente se acordó: los hermanos Serelius. Entonces se la sacó del anorak y prosiguió su camino.
Dos torres grises se perfilaron contra el cielo borrascoso. A sus pies, el mar bullía y lanzaba resplandecientes témpanos de hielo contra los islotes de los faros.
Estaba en ludden. Se detuvo tambaleándose por el viento. ¿Qué haría ahora?
Se acercaría a la casa, que debía de encontrarse en algún lugar a su izquierda. Giró en esa dirección, alejándose de los faros.
De pronto, el viento le dio en la espalda y todo fue más sencillo. Lo impulsaba hacia delante ayudándolo a avanzar por la dura capa de nieve que cubría el prado. Empezó a sentir de nuevo las distintas intensidades, cómo las débiles rachas iban seguidas por fuertes ráfagas.
Después de cien o doscientos pasos vislumbró dos anchas sombras frente a él.
De pronto, una valla de madera le impidió el paso, pero encontró una entrada. Al otro lado, como una gran nave en la noche, se alzaba ludden, y Henrik corrió a resguardarse.
Había llegado.
La casa lo acogió en su oscuro regazo. Estaba a salvo.
El viento del patio era una caricia en comparación con el que soplaba abajo, junto al mar, pero también había mucha nieve. Los copos revoloteaban y caían como polvos de talco desde el tejado y se derretían en su cara; los taludes le llegaban casi hasta la cintura.