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Martin miró. Luego tiró del panel, que se soltó y cayó sobre la nieve.

Detrás había un escondite secreto repleto de paquetes.

Martin sacó el primero, hizo un corte con la llave del coche y metió el dedo. Chupó el polvo que contenía y dijo:

– Es metanfetamina.

Tilda le creyó: en la Escuela de Policía había sido su profesor en el tema de drogas. Se guardó un par de paquetes en el anorak.

– Pruebas -explicó.

Martin la miró como si quisiera añadir algo más, pero ella no lo dejó. Desabrochó la funda de la pistola y sacó su Sig Sauer.

– Tenemos gamberros por aquí -anunció.

Luego pasó junto a Martin, salió a la tormenta y siguió avanzando por el camino de grava.

Al alejarse del vehículo y el remolque vislumbró la luz del faro por primera vez: un resplandor circular que a duras penas traspasaba la tormenta.

Casi habían llegado a la casa, cuyas débiles luces centelleaban en las ventanas.

Debían de ser velas. En la rotonda, bajo la nieve, estaba aparcado el coche de Joakim Westin.

Seguramente la familia estaba en casa. En el peor de los casos, los ladrones los tendrían secuestrados. Pero Tilda no quiso pensar en ello.

El gran establo apareció ante ella. Hizo un último esfuerzo para llegar hasta la pared roja de madera y al fin logró resguardarse del viento. Fue toda una hazaña: resopló y se secó la nieve derretida con la manga del anorak.

Ahora le quedaba por saber quiénes estaban en la casa, y en qué condiciones.

Se bajó la cremallera del anorak y sacó la linterna. Con la pistola en una mano y la linterna en la otra, se mantuvo pegada a la pared del establo, avanzando despacio y mirando antes de doblar la esquina.

Solo vio nieve. Blancas cortinas que caían del tejado y se arremolinaban formando torbellinos por todas partes.

Martin surgió de la oscuridad encorvado. Y se pegó a su vez a la pared, a su lado.

– ¿Es esta la casa adonde íbamos? -gritó.

Ella asintió y tomó aliento.

– ludden -respondió.

La casa se hallaba a una docena de metros del establo. Las luces de la cocina estaban encendidas, pero no se veía a nadie.

Tilda se puso en marcha de nuevo, se alejó del establo y se adentró en el patio totalmente blanco. En algunos lugares la nieve llegaba hasta la cintura. Caminó con dificultad a través de los taludes y continuó hasta la casa, con el arma en alto.

Vio huellas recientes. No hacía mucho, alguien había pasado por el patio y había subido por la escalera de piedra. Cuando Tilda alcanzó el porche sin luz, observó la puerta.

La habían forzado.

Avanzó despacio por la escalera. Luego cogió el picaporte, abrió con cuidado y subió el último peldaño.

En ese momento, vio un brilló metálico por el resquicio de la puerta. Cerró los ojos, pero no le dio tiempo a esquivarlo ni a alzar el brazo para protegerse.

Apenas llegó a pensar «un hacha» antes de que esta le golpeara en pleno rostro.

Un crujido resonó en su cabeza, luego notó un ardiente dolor en el hueso de la nariz.

Oyó los gritos de Martin a lo lejos.

Pero entonces ya había empezado a caerse hacia atrás, por la escalera, de vuelta a la nieve.

35

El asesino surgió de entre las sombras de los árboles, se acercó a Ethel y susurró:

– ¿Quieres venir conmigo? Si me acompañas y dejas de gritar, te enseñaré lo que tengo en el bolsillo. No, no es dinero, es algo mucho mejor. Sígueme hasta el agua y te daré un chute de heroína completamente gratis. Tienes jeringuilla, cuchara y encendedor, ¿verdad?

Ethel asintió.

Joakim tenía frío y apartó esas imágenes de su cabeza. Un estampido lo sobresaltó.

Volvió a la realidad y miró alrededor. Estaba sentado en el primer banco de la capilla, con el regalo de Navidad de Katrine sobre las rodillas.

¿Katrine?

La habitación estaba a oscuras. La linterna se había apagado y solo le llegaba la luz de la solitaria bombilla del altillo a través de las delgadas rendijas de las tablas de la pared.

¿Y el estampido? No era un rayo que hubiese caído sino la tormenta, que atronaba a su paso por la costa.

La tormenta de nieve había alcanzado su punto culminante. Las paredes de piedra de la planta baja resistían impasibles, pero el resto del establo se estremecía. El aire que traspasaba las rendijas aullaba como una sirena en torno a Joakim.

Alzó la vista hacia las vigas del techo y le pareció que vibraban. Los vientos huracanados se abatían como olas negras sobre el establo, y las paredes chirriaban y crujían.

La tormenta estaba destrozando el establo. O eso parecía.

Pero Joakim creyó oír también otros ruidos. Un crujido en el interior de la habitación donde estaba: lentos pasos sobre el suelo de madera. Nerviosos movimientos en la oscuridad. Voces susurrantes.

A su espalda, los bancos habían empezado a ocuparse.

No vio quiénes eran los visitantes, pero sintió que el frío de la estancia aumentaba. Eran muchos, y ahora se sentaban.

Joakim escuchó en tensión, aunque permaneció donde estaba.

Los bancos volvían a estar en silencio.

Sin embargo, alguien más se acercaba caminando despacio por el pasillo que los separaba. Oyó cautelosos movimientos en la oscuridad, un rumor de pasos de alguien que avanzaba por los bancos, a su espalda.

Por el rabillo del ojo vio que una sombra de pálido rostro se había detenido junto a su banco, y no se movía.

– ¿Katrine? -susurró Joakim, sin atreverse a volver la cabeza.

La sombra se sentó despacio a su lado.

– Katrine -susurró de nuevo.

Palpó con cuidado en la oscuridad y rozó otra mano con los dedos. Al cogerla la notó rígida y fría.

– Ya estoy aquí -susurró.

No obtuvo respuesta. La figura inclinó la cabeza, como si rezara.

Joakim también bajó la vista. Miró la chaqueta vaquera a su lado y siguió susurrando:

– Encontré la chaqueta de Ethel. Y la nota de los vecinos. Creo… Katrine, creo que mataste a mi hermana.

Tampoco recibió respuesta.

Invierno de 1962

Así que allí estábamos, sentados en la casa y mirándonos fijamente, el pescador de anguilas Ragnar Davidsson y yo.

A esas alturas, me sentía agotada. La tormenta de nieve se acercaba y solo había podido rescatar algunos de los lienzos de Torun, media docena que habían caído a mi lado. Davidsson había arrojado el resto al mar.

MIRJA RAMBE

Davidsson se llena el vaso de nuevo.

– ¿Seguro que no quieres? -me pregunta.

Aprieto los labios, y él da un trago. Luego posa el vaso sobre la mesa y chasca la lengua.

Me mira y parece que lo asalten ideas indecentes, pero de pronto, antes de que le dé tiempo a pasar a la acción, siente retortijones. Por lo menos, esa es mi impresión, porque se estremece, se inclina hacia delante y se aprieta las manos contra el estómago.

– ¡Joder! -murmura.

Intenta relajarse. Pero luego, de golpe, se pone rígido de nuevo, como si se le hubiera ocurrido algo.

– ¡Joder! -repite-. Creo que…

Guarda silencio y me mira de hito en hito, pensando: luego, todo su cuerpo se estremece en una violenta convulsión.

Yo permanezco sentada y nerviosa y lo miro fijamente. Podría preguntarle si se encuentra mal, pero sé la respuesta: por fin el veneno ha comenzado a surtir efecto.

– El vaso no contenía aguardiente, Ragnar -digo.

Él parece sentir mucho dolor, y se apoya contra la pared.

– He vertido otra cosa en la botella.

Entonces, Davidsson se pone de pie y pasa tambaleándose junto a mí en dirección a la puerta. De pronto, eso me da nuevas energías.

– ¡Márchate! -grito.