Querían tanto calor que él no podía dárselo. Deseaban comulgar. Joakim estaba helado, no obstante, los otros seguían abriéndose paso para alcanzarlo. Sus movimientos irregulares eran como una lenta danza en la estrecha habitación, y lo arrastraron con ellos.
– ¡Katrine! -susurró.
Pero ella ya no lo seguía. Le soltó la mano y los otros los separaron.
– ¿Katrine?
Había desaparecido. Joakim se dio la vuelta e intentó abrirse paso entre la muchedumbre para encontrarla de nuevo. Pero nadie lo ayudó, todos se interponían en su camino.
Luego, de repente, le pareció oír algo más que el viento a través de las rendijas del establo: alguien gritó y después sonaron varias detonaciones sordas. Como si hubieran disparado un fusil o una pistola: como un intercambio de disparos delante del establo.
Joakim se quedó paralizado y aguzó el oído. Ya no se oían otros sonidos, ni voces ni movimiento entre los bancos.
La pálida luz de la bombilla del altillo, que se filtraba entre los tablones de la pared, se apagó de repente.
Joakim comprendió que se había ido la electricidad.
Permaneció quieto en la oscuridad. Se sentía completamente solo, como si todas las personas de la habitación se hubieran retirado.
Tras varios minutos, una luz parpadeante comenzó a brillar en alguna parte del establo. Una débil luz amarillenta cuya intensidad fue aumentando rápidamente.
39
Tilda parpadeó para quitarse la nieve de los ojos y se aplicó con cuidado un puñado de esta en su nariz dolorida. Luego se levantó despacio con piernas temblorosas y sostuvo la pistola en la mano derecha. La cabeza le dolía tanto como la nariz, pero por lo menos podía mantenerse erguida.
La casa estaba a oscuras y los suaves taludes de nieve se habían transformado en borrosas colinas. Más allá, como una catedral sin luz, se alzaba el establo. Por lo visto se había ido la electricidad: quizá estuviera sin luz todo el norte de Öland. Había ocurrido en otra ocasión, cuando un árbol arrancado por el viento cayó sobre el tendido eléctrico.
Martin yacía completamente inmóvil a un par de metros de ella. No podía verle la cara, pero su cuerpo sin vida estaba a punto de ser cubierto por la nieve.
Cogió el móvil y marcó el número de urgencias. Comunicaba. Intentó contactar con la policía de Borgholm, pero tampoco tuvo suerte.
Después de guardar el teléfono, recorrió el patio con la mirada, pero no vio al hombre que le había disparado. Ella le había disparado a su vez: ¿le habría dado?
Miró hacia la escalera de la casa. Henrik Jansson también había desaparecido.
Tilda retrocedió hacia allá apuntando con la pistola hacia el establo, hasta que se tropezó con el primer escalón.
Encorvada, subió deprisa la escalera, y echó una ojeada a través de la puerta abierta.
Lo primero que vio fue un par de botas. Una figura negra vestida con ropas de abrigo yacía sobre la estera al otro lado del umbral. Respiraba con dificultad.
– ¿Henrik Jansson? -preguntó Tilda.
Silencio.
– Sí -contestó el hombre finalmente.
– No te muevas, Henrik.
Cruzó el umbral y le apuntó con la pistola. El joven seguía tumbado y miró el arma con gesto cansado, sin apartarse. Con una mano, agarraba el borde de la estera y con la otra se apretaba el abdomen.
– ¿Estás herido? -preguntó ella.
– En el estómago… Me han apuñalado.
Tilda asintió. Aún más violencia. Quería gritar y blasfemar, pero en lugar de eso, le quitó el cuchillo, lo tiró a la nieve y le registró los pantalones y la cazadora. No llevaba más armas.
Se sacó un paquete de desinfectante del bolsillo del pantalón y la segunda y última venda, y se los alargó a Henrik.
– Martin está ahí fuera -dijo en voz baja-. Le han disparado. Está muerto.
– ¿Era policía? -preguntó Henrik.
Tilda suspiró.
– Sí, antes… Ahora era profesor de la Escuela de Policía.
Henrik abrió el envase de desinfectante y negó con la cabeza.
– Son unos idiotas.
– ¿Quiénes, Henrik? ¿Quién le ha disparado a Martin?
– Dos tipos -respondió-. Tommy y Freddy.
Tilda lo miró desconfiada y él se encogió de hombros.
– Se hacen llamar así… Tommy y Freddy.
Tilda recordó a los dos hombres de las carreras de trotones en Kalmar.
– ¿Entrasteis aquí juntos? ¿Sois socios?
– Lo éramos. -Se levantó el jersey y comenzó a limpiarse la herida-. Tommy es quien me ha hecho esto.
– ¿Qué armas tienen?
– Un fusil de caza. Un viejo Máuser…, no sé si llevan algo más.
Tilda se agachó y apretó el apósito con desinfectante mientras Henrik se ponía el vendaje.
– Ahora, túmbate boca abajo -le ordenó.
– ¿Por qué?
– Te voy a poner las esposas.
Él la miró.
– Si te disparan, después vendrán aquí -dijo-. ¿Tienen que encontrarme esposado?
Ella recapacitó durante unos segundos, luego se guardó las esposas en el cinturón.
– Volveré.
Se dio la vuelta y bajó la escalera; se acuclilló entre los taludes y lanzó una última mirada al cuerpo de Martin.
Agachada, echó a andar hacia el establo.
Parpadeó para ver mejor entre los copos de nieve y avanzó con cuidado, siempre alerta por si le disparaban.
A un par de metros del establo encontró un enorme montón de nieve, y detrás de él descubrió las huellas del que había disparado e indicios de que había estado tumbado en la nieve. Pero tanto él como su fusil habían desaparecido, y no vio rastros de sangre.
Tenía que haberse escondido en el establo.
Tilda pensó en la espalda ensangrentada de Martin y se quedó parada en el patio. La ancha puerta se abría ante ella como la boca de una caverna. Entrar allí no le hacía ninguna gracia.
Un poco más allá, a la derecha, había otra puerta: era pequeña, y estaba pintada de negro. Se dirigió hacia ella despacio, pegada a la pared de piedra, mientras la nieve se arremolinaba y derretía en su cuello.
Cuando llegó, cogió el picaporte y la abrió hasta donde se lo permitió la nieve.
Echó un vistazo.
Negro como el carbón. La luz no había vuelto.
Con la pistola en alto, entró y avanzó por un suelo de tierra, en medio de la oscuridad y la quietud.
Se quedó un rato pegada a la pared, aguzando el oído; la nariz le dolía de nuevo. No pudo determinar si había alguien agazapado entre las sombras.
Allí dentro, la tormenta quedaba más lejana, aunque, muy por encima de ella, el inmenso tejado crujía y chirriaba. Tras unos minutos, Tilda comenzó a moverse, en silencio y con cuidado. El suelo era irregular: unas veces de tierra y otras de piedra.
Al ver una ancha sombra frente a ella, la apuntó con la pistola, hasta que sus botas tropezaron con una enorme rueda. Encima había un capó con el emblema «MCCORMICK».
Tilda se había topado con un viejo tractor: un monstruo oxidado que debía de llevar años aparcado allí.
Pasó de puntillas junto a él. Al ver unas viejas latas de pintura y una pila de tablones, comprendió que había entrado en un almacén contiguo al establo.
Percibió un sonido sordo en algún lugar y Tilda volvió la cabeza deprisa, pero nada se movió detrás de ella.
Henrik había dicho que había dos tipos. Pero a Tilda le parecía que en el establo había muchas personas más: seres que vigilaban entre las sombras a su alrededor. Era una sensación vaga aunque desagradable, y no pudo pasarla por alto.
Sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad y ahora podía vislumbrar la pared de piedra, al otro lado.
De repente, oyó un débil chirrido a su izquierda. En el interior del establo.
Unos segundos después, la claridad aumentó a su alrededor y entonces descubrió una abertura en la pared de madera que daba al establo. La luz procedía de este: un brillo trémulo y danzarín.