Una mano fría, de largas uñas, le rozó la barbilla; el tacto de esa carne era como el de cuero muerto. Le hizo alzar la cabeza para que se encontrara con la mirada sin ojos.
—Se te ha dado esta última oportunidad —susurraron los labios con aspecto de gusanos—. No… falles… más…
La luz se apagó y la mano se apartó de la barbilla de Semirhage, que continuó de rodillas mientras trataba de superar el terror. Una última oportunidad. El Gran Señor siempre sancionaba los fracasos con métodos… imaginativos. Ella misma había aplicado esos escarmientos y no sentía el menor deseo de sufrirlos, porque harían parecer un juego de niños cualquier tortura o castigo que esas Aes Sedai pudieran imaginar.
Hizo un esfuerzo para ponerse de pie y tanteó a su alrededor. Así llegó a la puerta y, conteniendo la respiración, probó a abrirla.
La puerta cedió y salió del cuarto procurando que los goznes no chirriaran. Fuera yacían tres cuerpos en el suelo, desplomados de las sillas que habían ocupado. Eran las mujeres que mantenían el escudo. Y había alguien más allí, arrodillada en el suelo delante de las tres, inclinada la cabeza. Una de las Aes Sedai. Vestía de verde, tenía el cabello castaño y lo llevaba sujeto en una cola de caballo.
—Vivo para serviros, Insigne Señora —musitó la mujer—. Me han dado instrucciones de que os diga que hay una Compulsión en mi mente que tenéis que anular.
Semirhage enarcó una ceja; no se había dado cuenta de que hubiera una Negra entre las Aes Sedai de allí. Deshacer la Compulsión podía tener un efecto muy… desagradable en una persona. Si era una Compulsión fuerte… En fin, resultaría muy interesante de ver.
—Asimismo —continuó la mujer al tiempo que le tendía algo envuelto en un paño— he de entregaros esto.
Apartó la tela y dejó a la vista un collar metálico de color oscuro y sin brillo, así como dos brazaletes. El Dogal de Dominio. Confeccionado durante el Desmembramiento, guardaba un extraordinario parecido con el a’dam en el que Semirhage había estado trabajando tanto tiempo.
Con ese ter’angreal se podía controlar a un encauzador varón. Por fin una sonrisa se abrió paso a través del miedo de Semirhage.
Rand había estado en la Llaga una sola vez, aunque recordaba de forma vaga haber ido a esa zona en varias ocasiones, antes de que la Llaga infectara la tierra. Recuerdos de Lews Therin, no suyos.
El demente había empezado a gruñir y mascullar con ira mientras cabalgaban a través del breñal saldaenino. Incluso Tai’daishar se iba mostrando asustadizo a medida que avanzaban hacia el norte.
Saldaea era un paisaje pardo de monte bajo y matorrales en suelo oscuro, ni de lejos tan árido como el Yermo de Aiel, pero allí era difícil encontrar terreno fértil o frondoso. Las casonas eran comunes, pero casi parecían fortalezas, y los chiquillos actuaban como guerreros adiestrados. Lan le había dicho en cierta ocasión que entre las gentes de las Tierras Fronterizas un chico se convertía en hombre cuando se ganaba el derecho de empuñar una espada.
—¿Se os ha ocurrido pensar que lo que estamos haciendo aquí podría constituir una invasión? —inquirió Ituralde, que cabalgaba a la izquierda de Rand.
Éste hizo un gesto con la cabeza en dirección a Bashere, que cabalgaba a su derecha a través de la maleza.
—Traigo conmigo tropas de su propia estirpe —respondió luego—. Los saldaeninos son mis aliados.
—¡Dudo que la reina lo vea de ese modo, amigo mío! —dijo Bashere riendo—. Han pasado muchos meses desde la última vez que recibí órdenes suyas. Vaya, pero si no me sorprendería que hubiera pedido mi cabeza a estas alturas.
—Soy el Dragón Renacido. —Rand volvió la vista al frente—. No es una invasión marchar contra las fuerzas del Oscuro.
Más adelante se alzaban las estribaciones de las Montañas Funestas; tenían un matiz oscuro, como si las laderas estuvieran cubiertas con una capa de hollín.
¿Qué haría él si otro monarca utilizara un acceso para situar casi cincuenta mil combatientes dentro de sus fronteras? Era un acto de guerra, pero las fuerzas fronterizas se hallaban lejos, haciendo sólo la Luz sabía qué, y no estaba dispuesto a dejar estas tierras desprotegidas. A una hora de distancia a caballo, los domani de Ituralde habían instalado un campamento fortificado junto a un río que nacía en las tierras altas del Fin del Mundo. Rand había inspeccionado el campamento y pasado revista a las tropas, tras lo cual Bashere sugirió cabalgar un rato para reconocer la Llaga. Los exploradores habían quedado sorprendidos por la rapidez con que avanzaba la infección, y Bashere consideró importante que Ituralde y Rand lo vieran por sí mismos. Rand estuvo de acuerdo con él. A veces los mapas no mostraban la realidad que se descubría al verla directamente.
El sol se dirigía hacia el horizonte como un ojo adormilado. Tai’daishar golpeó el suelo con el casco y sacudió la cabeza. Rand alzó una mano para que se detuviera el grupo formado por dos generales, cincuenta soldados y otras tantas Doncellas, con Narishma cerrando la marcha para tejer los accesos.
Hacia el norte, en una vertiente poco profunda, matorrales y arbustos achaparrados se mecían al viento como olas. No había una línea específica que marcara dónde empezaba la Llaga —una mancha en una brizna aquí, un matiz enfermizo en un tallo allá—; cada mota en sí era inocua, pero había demasiadas; en exceso. En lo alto de la ladera no quedaba ni una sola planta que no tuviera marcas. La plaga parecía empeorar y extenderse incluso mientras la observaban.
En la Llaga había una sensación untuosa, de plantas que sobrevivían a duras penas, que se mantenían vivas como prisioneros famélicos, al mismo borde de la muerte. Si Rand hubiera visto algo así en un campo de Dos Ríos le habría prendido fuego a toda la cosecha y le habría sorprendido que nadie lo hubiera hecho ya.
A su lado, Bashere se pasó los nudillos por el largo y oscuro bigote, atusándoselo.
—Recuerdo cuando aún recorrías varias leguas más sin que empezara la infección —apuntó—. Y de eso no hace tanto.
—Ya tengo patrullas recorriendo la linde —informó Ituralde, que contemplaba el enfermizo paisaje—. Todos los informes dicen lo mismo: está todo muy tranquilo ahí fuera.
—Eso debería bastar como advertencia de que algo va mal —dijo Bashere—. Siempre hay que luchar contra patrullas o incursiones de trollocs. Y si no son ellos, entonces se debe a que algo más temible los ahuyenta, como los Gusanos o los tábanos gigantes.
Ituralde, apoyado un brazo en la perilla de la silla, meneó la cabeza sin dejar de mirar la Llaga y dijo:
—No tengo experiencia en la lucha contra esas criaturas. Sé cómo piensan los hombres, pero los grupos de asalto trollocs no tienen líneas de suministros y sólo he oído historias sobre lo que los Gusanos son capaces de hacer.
—Dejaré algunos oficiales de Bashere con vosotros, como consejeros —ofreció Rand.
—Sí, sería una ayuda —contestó Ituralde—, pero me pregunto si no sería mejor dejarlo a él aquí. Sus soldados podrían patrullar esta área y vos podríais utilizar mis tropas en Arad Doman. Sin ánimo de ofender, milord, ¿no os parece chocante tenernos trabajando a uno en el reino del otro?
—No.
No era chocante, sino frío razonamiento. Confiaba en Bashere, y los saldaeninos le habían servido bien, pero sería peligroso dejarlos en su tierra natal. Para empezar, Bashere era tío de la reina; y, por otro lado, ¿cómo reaccionarían sus hombres cuando sus propios compatriotas les preguntaran por qué se habían convertido en Juramentados del Dragón? Por extraño que pudiera parecer, Rand sabía que causaría una conflagración mucho menor dejando forasteros en suelo saldaenino.
El razonamiento respecto a Ituralde era igualmente implacable. Ese hombre le había prestado juramento, pero las lealtades podían cambiar. Allí, cerca de la Llaga, Ituralde y sus tropas tendrían pocas oportunidades de volverse contra él. Estaban en territorio hostil y los Asha’man de Rand serían el único medio rápido de regresar a Arad Doman. Por el contrario, si los dejaba en su tierra, Ituralde reuniría tropas y quizá decidiría que no necesitaba la protección del Dragón Renacido.