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—¿Que no puedo hacerte más, dices? —Semirhage soltó una risita.

Rand asió el saidin, aunque no por propia iniciativa, sino por voluntad de la mujer. El fragor de Poder lo embistió, y lo asaltó la extraña náusea que aún no había conseguido explicarse. Cayó a gatas en el suelo y vomitó con un gemido mientras el cuarto giraba y se sacudía a su alrededor.

—Qué extraño —oyó decir a Semirhage, muy a lo lejos.

Rand sacudió la cabeza, asiendo todavía el Poder Único, debatiéndose con él como siempre había hecho con el saidin, obligando a ese flujo poderoso y agitado a someterse a su voluntad. Era como encadenar una tormenta de aire, y eso ya era bastante difícil cuando estaba fuerte y sano, de modo que ahora era casi de todo punto imposible.

«¡Utilízalo! ¡Mátala ahora que puedes hacerlo!», gritó Lews Therin.

«No mataré a una mujer —pensó Rand, obstinado, una idea producto de la imaginación de alguien metido en un rincón de su mente—. Esa línea no la cruzaré».

Lews Therin bramó e intentó arrebatarle el saidin, aunque sin éxito. De hecho, Rand descubrió que estaba tan incapacitado para encauzar de forma voluntaria como para dar un paso sin permiso de Semirhage.

Se irguió siguiendo su mandato, y el cuarto dejó de dar vueltas a su alrededor a medida que desaparecía la náusea. Y entonces empezó a crear tejidos complicados de Energía y Fuego.

—Sí, eso es —dijo Semirhage, casi para sí misma—. Veamos, a ver si me acuerdo… La forma masculina de hacer esto es tan rara a veces…

Rand realizó los tejidos y luego los empujó hacia Min.

—¡No! —gritó al tiempo que lo hacía—. ¡Eso no!

—Ah, ¿lo ves? Después de todo no es tan difícil quebrantarte —dijo Semirhage.

Los tejidos tocaron a Min, que se retorció de dolor. Rand siguió encauzando, y las lágrimas le brotaban de los ojos mientras dirigía los tejidos a través del cuerpo de la joven. Sólo le causaban dolor, pero lo hacían muy bien. Semirhage debía de haberle quitado la mordaza a Min, porque ésta empezó a chillar entre sollozos.

—¡Por favor, Rand! —suplicó—. ¡Por favor!

Rand bramó de rabia al tiempo que trataba de parar, sin conseguirlo. Sentía el dolor de Min a través del vínculo, sentía cómo se lo causaba.

—¡Basta ya! —gritó a voz en cuello.

—Suplica —ordenó la Renegada.

—Por favor —pidió llorando—. Por favor, te lo suplico.

De repente, cesó; los tejidos de tortura se deshicieron. Min colgaba en el aire, sacudida por los sollozos, la mirada desenfocada por la conmoción del dolor. Rand volvió a mirar a Semirhage y a la figura más pequeña de Elza, de pie a su lado. La Negra parecía aterrada, como si se hubiera metido en un asunto para el que no estaba preparada.

—Ahora te das cuenta de que siempre has estado destinado a servir al Gran Señor —dijo la Renegada—. Saldremos de este cuarto y nos ocuparemos de las mal llamadas Aes Sedai que me tuvieron prisionera. Viajaremos a Shayol Ghul a presentarte ante el Gran Señor y después todo esto habrá acabado.

Él inclinó la cabeza. ¡Tenía que haber una escapatoria! Se la imaginó utilizándolo para hacer pedazos a sus propios hombres. Los imaginó temerosos de atacar para no hacerle daño. Vio la sangre, la muerte, la destrucción que ocasionaría. Y se quedó helado, como si fuera hielo por dentro.

«Han ganado».

Semirhage miró la puerta; luego se volvió hacia él y sonrió.

—Pero, antes, me temo que hemos de ocuparnos de ella en primer lugar, así que empecemos.

Rand se volvió y dio un paso hacia Min.

—¡No! —gritó—. Prometiste que si suplicaba…

—No prometí nada —dijo riendo la Renegada—. Suplicas muy bien, Lews Therin, pero he decidido pasar por alto tus súplicas. Puedes soltar el saidin, sin embargo. Esto requiere que sea algo más personal, más directo.

El saidin se desvaneció y Rand lamentó la desaparición del Poder; a su alrededor el mundo parecía más apagado. Se dirigió hacia Min y se encontró con los ojos suplicantes de la joven. Entonces cerró los dedos alrededor del cuello de Min y empezó a apretar.

—No… —musitó con espanto mientras la mano, en contra de su deseo, le cortaba el paso del aire.

Min se tambaleó y, en contra de su voluntad, Rand la echó al suelo sin costarle apenas trabajo reprimir su resistencia. Se alzó sobre ella, presionando la garganta con la mano, ahogándola. Ella lo miraba; los ojos empezaban a salírsele de las órbitas.

«Esto no puedo estar pasando».

Semirhage rió.

«¡Ilyena! ¡Oh, Luz, la he matado!», gritaba Lews Therin.

Rand apretó con más fuerza al tiempo que se inclinaba hacia adelante para hacer palanca; los dedos estrujaban la piel de Min y comprimían la tráquea. Era como si estrujara su propio corazón, y el mundo se oscureció a su alrededor haciendo que todo se volviera negro, excepto Min. Notaba el pálpito del pulso de la joven bajo sus dedos.

Esos hermosos ojos oscuros que lo observaban, amándolo incluso mientras la mataba.

«¡Esto no puede estar pasando!»

«¡La he matado!»

«¡Estoy loco!»

«¡Ilyena!»

¡Tenía que haber una escapatoria! ¡Tenía que haberla! Rand quería cerrar los ojos, pero le era imposible. Ella no se lo permitía… No Semirhage, sino Min. Le sostenía la mirada con la suya, mientras las lágrimas le humedecían las mejillas, el oscuro y rizoso cabello revuelto. Tan hermosa.

Buscó el saidin, pero no logró asirlo. Empleó toda su voluntad, hasta la última pizca, en un intento de aflojar los dedos, pero seguían apretando. Sintió horror, sintió el dolor de Min, que ya tenía la cara purpúrea; los párpados de la joven aletearon.

Rand emitió un plañido.

«¡ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO! ¡NO VOLVERÉ A HACER LO MISMO!»

Algo se rompió con un chasquido dentro de él. Se quedó frío; después el frío desapareció y ya no sintió nada. Ni emoción, ni cólera.

En aquel momento fue consciente de una fuerza extraña. Era como una represa de agua que bullía y hervía justo al límite de la vista. Acercó la mente hacia ella.

Un rostro borroso surgió como un destello frente al de Rand, uno cuyos rasgos no acababa de distinguir. Desapareció en un instante.

Y Rand se encontró henchido de un poder extraño. No era saidin ni era saidar, sino otra cosa. Algo que no había experimentado jamás.

«¡Oh, luz! ¡Eso es imposible! —gritó Lews Therin—. ¡No podemos utilizarlo! ¡Suéltalo! Lo que abrazamos ahora es muerte. Muerte y traición».

«¡Es ÉL!»

Rand cerró los ojos mientras se arrodillaba sobre Min, y después encauzó la fuerza extraña, desconocida. Un torrente de energía y vida —un Poder semejante al saidin sólo que diez veces más dulce y un centenar de veces más violento— inundó todo su ser. Lo hizo sentirse vivo, lo hizo darse cuenta de que nunca había estado vivo hasta ese instante. Le dio una fuerza como jamás habría imaginado. Incluso rivalizaba con el torrente de Poder que había absorbido a través de los Choedan Kal.

Gritó, tanto por el éxtasis como de rabia, y tejió unas enormes lanzas de Fuego y Aire. Las estrelló contra el collar ceñido a la garganta y el cuarto estalló en llamas y fragmentos de metal fundido, todos y cada uno de ellos distinguibles para Rand. Percibía cómo cada esquirla metálica saltaba lejos de su cuello y alabeaba el aire por el calor dejando una estela de humo al golpear en una pared o contra el suelo. Abrió los ojos y soltó a Min, que boqueó entre jadeos y rompió a llorar.

Rand se puso de pie y se volvió henchido con aquel magma al rojo blanco huyéndole por las venas, igual que cuando Semirhage lo había torturado, sólo que, de algún modo, antitético. Por doloroso que resultara, también era un puro éxtasis. Semirhage estaba tan conmocionada que no podía reaccionar.