—Narishma —dijo Rand, mirando por encima de Cadsuane—, tengo un tejido para ti. Memorízalo; sólo te lo mostraré una vez.
Sin más, al’Thor alzó la mano hacia un lado y una barra de brillante fuego blanco salió disparada de sus dedos y alcanzó la chaqueta tirada en el suelo. La prenda desapareció en un estallido de luz.
Cadsuane ahogó una exclamación.
—¡Te dije que no usaras jamás ese tejido, chico! No vuelvas a hacerlo, ¿me has oído? Eso no es…
—Ése es el tejido que hemos de usar cuando luchemos contra los Renegados, Narishma —dijo al’Thor, interrumpiendo a Cadsuane con voz tranquila—. Si los matamos de cualquier otra forma, podrán renacer. Es una herramienta peligrosa, pero no deja de ser una herramienta. Como cualquier otra.
—Está prohibido —intervino Cadsuane.
—He decidido que no —contestó al’Thor, impávido.
—¡No tienes idea de lo que ese tejido puede ocasionar! Eres un niño jugando con…
—He visto ciudades destruidas por el fuego compacto —manifestó al’Thor, en cuyos ojos asomó una expresión acosada—. He visto a miles arder y desaparecer del Entramado por sus llamas purificadoras. Si me llamáis niño, Cadsuane, entonces ¿cómo llamar a aquellos de vosotros que sois miles de años más jóvenes que yo? —preguntó al’Thor, sosteniéndole la mirada.
¡Luz! ¿Qué le había pasado? Cadsuane hizo un esfuerzo para ordenar las ideas.
—De modo que Semirhage está muerta —dedujo.
—Peor que muerta. Y, en muchos sentidos, mejor que sea así, diría yo.
—Bien, pues, supongo que podemos seguir con…
—¿Reconocéis eso, Cadsuane? —preguntó al’Thor, señalando con un gesto de la cabeza algo metálico que había encima de la cama, en su mayor parte oculto por las sábanas.
Vacilante, Cadsuane se acercó y Sorilea echó una ojeada somera con expresión indescifrable. Por lo visto no quería verse envuelta en la conversación estando al’Thor de semejante humor, y Cadsuane no se lo reprochaba.
La Aes Sedai apartó las sábanas y dejó a la vista un par de brazaletes conocidos. El collar no estaba.
—Imposible —susurró Cadsuane.
—Eso es lo que yo daba por sentado —comentó al’Thor con esa voz terriblemente tranquila—. Me dije que, sin duda, no podía ser uno de los mismos ter’angreal a los que renuncié para entregároslos. Prometisteis que estarían protegidos y a buen recaudo.
—Bien, pues, todo aclarado —dijo Cadsuane, desconcertada, al tiempo que tapaba de nuevo los objetos metálicos.
—Lo está, sí. Envié gente a vuestra habitación. Decidme, ¿es ésta la caja donde guardabais los brazaletes? La encontramos abierta en el suelo de vuestros aposentos.
Una Doncella le mostró una conocida caja de roble. Era la suya, evidentemente. Cadsuane se volvió hacia él, encolerizada.
—¡Registraste mi habitación!
—Ignoraba que estuvieseis visitando a las Sabias —contestó al’Thor, que inclinó un poco la cabeza en un gesto de respeto hacia las Aiel, y éstas respondieron de igual modo, vacilantes—. Mandé criados a vuestro cuarto para comprobar si estabais bien, por temor a que Semirhage hubiera intentado vengarse de vos.
—No debieron tocarla —increpó Cadsuane mientras le quitaba la caja a la Doncella—. Estaba protegida con salvaguardias muy intrincadas.
—No lo suficiente, al parecer —repuso al’Thor, que se volvió y le dio la espalda. Todavía seguía junto a la oscurecida ventana, mirando hacia el campamento.
El silencio cayó sobre el cuarto. Narishma se había interesando por el estado de salud de Min, pero se calló cuando el chico al’Thor dejó de hablar. Era obvio que Rand la creía responsable del robo del a’dam masculino, pero eso era disparatado. Ella había preparado las mejores salvaguardias que conocía, pero ¿quién sabía los conocimientos que tenían los Renegados para saltarse salvaguardias?
¿Cómo había sobrevivido al’Thor? ¿Y dónde estaban las otras cosas que guardaba en la caja? ¿Tenía al’Thor en su poder la llave de acceso, o Semirhage se había adueñado de la estatuilla? El silencio prosiguió.
—¿Qué esperas? —preguntó por fin Cadsuane con toda la jactancia que fue capaz de acopiar—. ¿Que te pida disculpas?
—¿Vos? —preguntó al’Thor. No había el menor asomo de sorna en su voz, sólo la misma tranquilidad monótona—. No, sospecho que antes conseguiría que se disculpara una piedra.
—¿Entonces…?
—Quedáis exiliada de mi presencia, Cadsuane —contestó con suavidad—. Si vuelvo a veros la cara después de esta noche, os mataré.
—¡Rand, no! —gritó Min, de pie junto al lecho.
Él no se volvió hacia la joven.
Cadsuane sintió una punzada de pánico, pero un arrebato de cólera la ayudó a rechazarla.
—¿Qué? —exclamó—. Eso es una necedad, muchacho. Yo no…
Él se volvió, y de nuevo la mirada que le asestó hizo que Cadsuane dejara la frase sin terminar. En esa mirada había peligro, un viso oscuro en los ojos que le infundió un miedo más grande de lo que creyó que su viejo corazón sería capaz de resistir. Mientras lo miraba, el aire alrededor del joven pareció combarse y casi le hizo pensar que la habitación se había ensombrecido.
—Pero… —Se sorprendió balbuceando—. Pero tú no matas mujeres. Eso lo sabe todo el mundo. ¡Casi te resulta imposible poner en peligro a las Doncellas por temor a que salgan heridas!
—Me he visto obligado a revisar esa predisposición en particular —repuso al’Thor—. A partir de esta noche.
—Pero…
—Cadsuane, ¿creéis que sería capaz de mataros aquí mismo, ahora mismo, sin utilizar una espada o el Poder? —preguntó con suavidad—. ¿Creéis que, sólo porque yo desee que ocurra así, el Entramado se plegaría a mi alrededor y pararía vuestro corazón? ¿Por… coincidencia?
Cadsuane se dijo que ser ta´veren no funcionaba así. ¡Luz! No funcionaba así, ¿verdad? El chico no podía someter el Entramado a su voluntad, ¿no?
Y, sin embargo, al encontrarse con aquella mirada Cadsuane le creyó. Contra toda lógica, miró aquellos ojos y supo que, si no se marchaba, moriría.
Asintió despacio, en silencio, odiándose por hacerlo, sintiéndose muy débil.
Él le dio la espalda y miró por la ventana.
—Aseguraos de que no vea vuestro rostro. Jamás, Cadsuane. Podéis marcharos.
Aturdida, la Aes Sedai dio media vuelta y por el rabillo del ojo vio una profunda oscuridad que emanaba de al’Thor y acentuaba la anomalía en el aire. Cuando miró hacia atrás, ya no la vio. Prietos los dientes, salió del cuarto.
—Preparaos y preparad vuestros ejércitos —ordenó al’Thor a los que quedaban en la habitación, con una voz que levantó ecos a espaldas de Cadsuane—. Quiero que nos hayamos ido de aquí para el final de la semana.
Ya en el pasillo, Cadsuane se llevó una mano a la cabeza y se apoyó en la pared; el corazón le latía con fuerza y tenía las manos sudorosas. Antes peleaba con un muchacho terco, pero bueno. Alguien había cambiado ese muchacho por este hombre, el hombre más peligroso que había conocido en su vida. Se iba alejando de ellos de día en día.
Y, de momento, ella no tenía ni la más remota y maldita idea de qué hacer al respecto.
24
Un nuevo cometido
Exhausto tras varios días de cabalgar sin apenas descanso, Gawyn se detuvo en un cerro bajo, al suroeste de Tar Valon.
Esa campiña tendría que estar verde con la llegada de la primavera, pero en la ladera que tenía delante sólo había raquíticos hierbajos muertos por las nieves del invierno. Grupos de tejos y nogales negros asomaban aquí y allá rompiendo la monotonía del paisaje. Había muchas de esas agrupaciones compuestas sólo por tocones. Un campamento de guerra devoraba árboles como termes hambrientas y los usaba para hacer flechas, lumbres, construcciones y pertrechos de asedio.