Aviendha sacudió la cabeza; los Aiel sólo llevaban lo que podían cargar, y una partida de guerra sólo la componían lanzas y Sabias. Y, cuando hacían falta más acompañantes que no fueran lanzas, todos los trabajadores y artesanos sabían cómo prepararse para emprender la marcha con rapidez y eficacia. En ello había honor, un honor que exigía que cada persona fuera capaz de cuidar de sí misma y de los suyos sin retrasar al clan.
De nuevo sacudió la cabeza y reanudó su quehacer. Los únicos que realmente carecían de honor en un día como el actual eran quienes no trabajaban. Metió el dedo en un balde de agua que había en el suelo delante de ella y después alzó la mano y la puso en vilo sobre un segundo balde; una gota de agua cayó en él. A continuación, Aviendha repitió la maniobra.
Era el tipo de castigo al que ningún habitante de las tierras húmedas daría importancia. Considerarían una tarea fácil que estuviera sentada en el suelo, apoyada la espalda en los troncos de la casona y moviendo la mano a uno y otro lado para vaciar un balde y llenar el otro gota a gota. Tal vez para ellos ni siquiera fuera un castigo.
Eso se debía a que la gente de las tierras húmedas era perezosa a menudo y preferiría llenar un balde gota a gota que acarrear piedras, cuando esa última tarea implicaba actividad, y la actividad era buena para la mente y el cuerpo. Pasar agua gota a gota era irrelevante, inútil. No le permitía estirar las piernas ni ejercitar los músculos, y encima lo tenía que hacer mientras todo el campamento recogía tiendas para la marcha, lo cual hacía el castigo diez veces más vergonzoso. Su toh aumentaba cada instante que pasaba sin ayudar en los preparativos, pero ella no podía hacer nada al respecto.
Excepto pasar el agua gota a gota, a gota…
Pensarlo la enfureció, pero enseguida esa cólera la hizo avergonzarse. Las Sabias jamás permitían que las emociones las dominaran de ese modo; tenía que ser paciente e intentar entender por qué la castigaban.
Hasta el simple hecho de procurar abordar el problema hacía que le entraran ganas de gritar. ¿Cuántas veces podía repasar las mismas hipótesis con las mismas conclusiones? Quizás es que era demasiado estúpida para resolver esa incógnita. Tal vez no merecía ser una Sabia.
Metió de nuevo el dedo en el balde y pasó otra gota al segundo balde. No le gustaban los efectos que esos castigos estaban teniendo en ella. Era una guerrera aunque ya no empuñara la lanza. No temía el castigo ni temía el dolor; sin embargo, cada vez con más frecuencia le asustaba la idea de perder el ímpetu y acabar siendo tan inútil como alguien que se queda con la mirada perdida en la arena.
Deseaba ser una Sabia, lo deseaba con desesperación. Le sorprendió descubrirlo, porque jamás había imaginado que pudiera volver a desear algo con un apasionamiento tan intenso como había deseado, largo tiempo atrás, empuñar la lanza. No obstante, a medida que fue conociendo a las Sabias durante los últimos meses y su respeto por ellas crecía, Aviendha se aceptó como su igual para ayudar a dirigir a los Aiel en aquellos tiempos —más peligrosos que nunca— que vivían.
La Última Batalla sería una prueba distinta de todas cuantas había afrontado su pueblo hasta entonces. ¡Amys y las otras trabajaban para proteger a los Aiel, mientras que ella estaba sentada pasando gotas de agua de un cubo a otro!
—¿Te encuentras bien? —preguntó una voz.
Aviendha se llevó un susto tremendo; alzó la vista y alargó la mano hacia el cuchillo de forma tan brusca que a punto estuvo de tirar los baldes de agua. A corta distancia, una mujer de oscuro cabello corto se encontraba a la sombra del edificio, cruzada de brazos. Min Farshaw vestía una chaqueta de color azul cobalto con bordados en plata y un pañuelo atado al cuello.
Aviendha se relajó y soltó el cuchillo; ¿ahora dejaba que los habitantes de las tierras húmedas se le acercaran a hurtadillas?
—Sí, estoy bien —contestó mientras procuraba no enrojecer.
Tanto el tono como su modo de actuar deberían haber dejado claro que no deseaba que se la avergonzara con una conversación, pero Min no pareció darse cuenta de eso, sino que se volvió y echó una ojeada al campamento.
—¿No tienes… nada que hacer? —preguntó.
—Estoy haciendo lo que debo —le respondió Aviendha, que en esta ocasión fue incapaz de evitar el sonrojo.
Min asintió con la cabeza, y Aviendha procuró sosegar la agitada respiración; no podía permitirse el lujo de irritarse con esa mujer porque su primera hermana le había pedido que fuera amable con ella. Así pues, decidió no darse por ofendida; Min no sabía lo que decía.
—Se me ocurrió que podría hablar contigo —dijo Min sin apartar la vista del campamento—. No sé con quién más podría hacerlo. No confío en las Aes Sedai, ni él tampoco. De hecho, no sé si confía en mí ahora. Es posible que ni siquiera se fie de mí.
Aviendha le echó una mirada de reojo y vio que Min observaba a Rand al’Thor, que se movía a través del campamento vestido con una chaqueta negra; la luz del ocaso ponía destellos llameantes en el cabello rojizo dorado del hombre, que parecía alzarse imponente sobre los saldaeninos que lo acompañaban. Aviendha había oído hablar de los acontecimientos de la noche anterior, cuando Semirhage lo había atacado. Una Depravada de la Sombra, nada menos; ojalá hubiera podido verla antes de que él la matara. La sacudió un escalofrío.
Rand al’Thor había luchado contra la Depravada de la Sombra y la había vencido. Aunque hacía tonterías muchas veces, era un buen guerrero; y afortunado. ¿Qué otra persona viva podía jactarse de haber derrotado personalmente a tantos Depravados de la Sombra? Eso representaba mucho honor para él.
Esa última lucha lo había marcado de una forma que ella aún no entendía, pero sentía su dolor. También lo había sentido durante el ataque de Semirhage, aunque al principio lo tomó por una pesadilla, pero enseguida comprendió que se equivocaba. Ninguna pesadilla podía ser tan horrible. Todavía sentía ecos de aquel dolor terrible, de esas oleadas de un tormento agónico, del frenesí que lo agitaba.
Fue ella quien dio la alarma, pero no lo bastante deprisa. Tenía toh con él por su error; ya se ocuparía de eso cuando hubiera acabado con los castigos. Si es que acababa alguna vez.
—Rand al’Thor hará frente a sus problemas —afirmó al tiempo que pasaba otra gota de agua.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Min, que se volvió a mirarla—. ¿Es que no sientes su dolor?
—Lo siento cada instante, en todo momento —contestó Aviendha, prietos los dientes—. Pero ha de afrontar sus propias pruebas igual que yo afronto las mías. Quizá llegue el día en que él y yo podamos afrontar juntos las de ambos, pero éste no es el momento idóneo para eso.
«He de ser su igual —añadió para sus adentros—. No estaré a su lado siendo inferior a él».
Min la observó y Aviendha sintió un escalofrío. Se preguntó qué visiones vislumbraba la otra mujer; se decía que sus predicciones se cumplían siempre.
—No eres como esperaba —dijo Min por fin.
—¿Te he decepcionado? —quiso saber Aviendha, ceñuda.
—No, no me refiero a eso —repuso Min con una corta risa—. Quiero decir que me equivoqué contigo, supongo. No sabía qué pensar de ti después de esa noche en Caemlyn, cuando… En fin, la noche en que nos vinculamos con Rand. Me siento próxima a ti y, al mismo tiempo, te siento lejana. —Se encogió de hombros—. Supongo que esperaba que vinieras a buscarme en cuanto llegaste al campamento. Al fin y al cabo, tenemos cosas de las que hablar. Cuando no apareciste, me preocupé. Pensé que quizá te había ofendido.