«Volveré por ti», pensó.
Acto seguido trotó hacia la zona de Viaje, recogió el paquete y tejió un acceso que la conduciría a una distancia segura del dominio Peñas Frías, cerca de la formación rocosa conocida como Lanza de la Doncella, desde donde correría hacia el dominio para prepararse. El acceso se abrió al familiar aire seco del Yermo.
Cruzó el acceso regocijándose —por fin— de lo que acababa de ocurrir.
Había recuperado el honor.
—Salí a través de la boca de un canal cubierto que da al río, Aes Sedai —dijo Shemerin, inclinando la cabeza ante las otras que se encontraban en la tienda—. A decir verdad, no resultó tan difícil una vez que abandoné la Torre y me encontré en la ciudad. No me atrevía a marcharme por uno de los puentes, porque no quería que la Amyrlin supiera lo que estaba haciendo.
En la tienda, alumbrada por las llamitas titilantes de dos candiles de latón, Romanda la observaba cruzada de brazos. Cinco mujeres escuchaban la historia de la fugitiva, entre ellas Lelaine, que había ido a la tienda de Romanda a pesar de los intentos de ésta para que no se enterara de la reunión. Romanda había confiado en que la esbelta Azul estaría demasiado ocupada disfrutando de su posición en el campamento como para querer tomarse la molestia de asistir a un acontecimiento tan trivial en apariencia.
A su lado se hallaba Siuan. La antigua Amyrlin se había pegado a Lelaine como una lapa. A Romanda le complacía mucho la recién descubierta habilidad de Curar una neutralización —no en vano era una Amarilla, después de todo—, pero una parte de ella deseaba que no hubiera funcionado con Siuan. Como si no tuviera bastante ya con encargarse de Lelaine. A Romanda no se le había olvidado la naturaleza artera de Siuan, aunque a otras muchas sí parecía que se les hubiera borrado de la memoria. Ser menos fuerte en el Poder no significaba una mengua en la capacidad de maquinar.
Sheriam también estaba presente, por supuesto. La Guardiana pelirroja se había sentado al lado de Lelaine. Sheriam se había encerrado en sí misma últimamente y apenas mantenía la dignidad de una Aes Sedai. Esa necia. Habría que cesarla de su cargo; cualquiera se daba cuenta de que era necesario. Si Egwene regresaba alguna vez —y Romanda rogaba que ocurriera así, aunque sólo fuera por desmontar los planes de Lelaine— entonces sería el momento oportuno de escoger una nueva Guardiana.
La otra persona que se encontraba en la tienda era Magla. Lelaine y Romanda habían discutido —de forma civilizada, por supuesto— sobre quién sería la primera en interrogar a Shemerin, y decidieron que la única solución aceptable era hacerlo juntas. Puesto que Shemerin era Amarilla, Romanda pudo convocar la reunión en su tienda; fue toda una sorpresa cuando Lelaine se presentó allí no sólo acompañada por Siuan, sino también por Sheriam. Sin embargo, no habían especificado cuántas ayudantes podían llevar, así que con Romanda sólo se encontraba Magla. La mujer, ancha de hombros, estaba sentada al lado de Romanda y escuchaba en silencio la declaración. ¿Debería haber enviado Romanda a buscar a alguien más? Habría sido una reacción demasiado evidente retrasar la reunión por ese motivo.
En realidad no era un interrogatorio; Shemerin hablaba de forma voluntaria, sin negarse a contestar a las preguntas. Se hallaba sentada en un taburete pequeño, enfrente de ellas, y había rechazado el cojín que le ofrecieron. Rara vez había visto Romanda a alguien tan decidido a castigarse a sí mismo como esa pobre pequeña.
«Nada de pequeña. Es una Aes Sedai de pleno derecho, diga lo que diga ella —pensó Romanda—. ¡Así te abrases, Elaida, por reducir a ese estado a una de nosotras!»
Shemerin había sido Amarilla. ¡Maldición! ¡Era una Amarilla! Llevaba casi una hora hablando con ellas y respondiendo preguntas sobre la situación de la Torre Blanca. Siuan fue la primera en preguntarle a la mujer cómo había escapado.
—Os pido perdón por buscar trabajo en el campamento sin presentarme ante vosotras, Aes Sedai —dijo Shemerin, gacha la cabeza—, pero había huido de la Torre contra la ley. Como Aceptada que ha salido sin permiso, soy una fugitiva. Sabía que sería castigada si me descubrían.
»Me quedé por la zona porque me es conocida y me faltaba valor para irme lejos de aquí. Cuando llegó vuestro ejército vi una posibilidad de encontrar trabajo y la aproveché. Pero, por favor, no me obliguéis a regresar. No represento ningún peligro. Llevaré la vida de una mujer corriente, con cuidado de no hacer uso de mis habilidades.
—Eres una Aes Sedai —manifestó Romanda, que procuró borrar el tono de irritación en la voz. La actitud de esta mujer corroboraba sobradamente las cosas que Egwene contaba sobre el reinado hambriento de poder de Elaida en la Torre—. Por mucho que Elaida diga lo contrario.
—Yo… —Shemerin se limitó a sacudir la cabeza.
¡Luz bendita! No es que antes hubiera sido un ejemplo de serenidad y aplomo Aes Sedai, pero era impactante ver hasta qué punto se había rebajado.
—Háblame de ese acceso al río por el canal —pidió Siuan, que se echó hacia adelante en la silla—. ¿Dónde está situado y cómo lo encontramos?
—Al lado sudoeste de la ciudad, Aes Sedai —contestó Shemerin—. A unos cinco minutos andando hacia el este desde donde están las antiguas estatuas de Eleyan al’Landerin y sus Guardianes. —Vaciló, sintiéndose de pronto ansiosa, al parecer—. Pero es un canal pequeño. No podríais meter a un ejército por allí. Yo sabía de su existencia porque tenía la tarea de ocuparme de los mendigos que viven en esa zona de la ciudad.
—De todos modos quiero un mapa —manifestó Siuan, que echó una mirada a Lelaine—. Al menos, creo que deberíamos tenerlo.
—Es una buena idea —admitió Lelaine en un repugnante tono magnánimo.
—Quiero saber algo más de tu… situación —intervino Magla—. ¿Cómo puede ser que Elaida pensara que degradar a una hermana era sensato? Egwene nos habló de este suceso y entonces también me pareció increíble. ¿Cuál era la idea de Elaida?
—Yo… No soy quién para hablar de lo que piensa la Amyrlin —contestó Shemerin.
La mujer se encogió cuando las Aes Sedai presentes en la tienda le lanzaron una mirada feroz, en absoluto sutil, por llamar Amyrlin a Elaida; todas salvo Romanda, que estaba pendiente de algo pequeño que se deslizaba por debajo del suelo de lona de la tienda y se desplazaba desde una esquina hacia el centro. ¡Luz! ¿Sería un ratón? No, era más pequeño, quizás un grillo. Romanda rebulló con inquietud.
—Pero sin duda hiciste algo para granjearte la ira de Elaida —dijo Magla—. Algo que mereciera semejante trato.
—Yo… —empezó Shemerin, que no dejaba de echar ojeadas a Siuan por alguna razón.
«Qué mujer tan necia», pensó Romanda, diciéndose que Elaida casi había actuado bien. Shemerin no tendría que haber recibido el chal, para empezar. Claro que degradarla a Aceptada tampoco era el modo de manejar la situación. A la Amyrlin no se le debería otorgar tanto poder.
Sí, no cabía duda de que había algo debajo de la lona del suelo, algo que se abría paso con decisión hacia el centro de la tienda; era un bulto muy pequeño que avanzaba a tirones, con movimientos bruscos.
—Me mostré débil ante ella —confesó al cabo Shemerin—. Hablábamos de… acontecimientos en el mundo, y yo no lo pude aguantar. No hice gala de la compostura apropiada de una Aes Sedai.
—¿Eso es todo? —preguntó Lelaine—. ¿No conspiraste contra ella? ¿No la contradijiste?
—Era leal —aseguró Shemerin al tiempo que sacudía la cabeza.
—Me cuesta creerlo —manifestó Lelaine.
—Yo le creo —opinó en tono seco Siuan—. En varias ocasiones, Shemerin demostró con creces que Elaida la tenía en el bolsillo.
—Esto sienta precedente, uno peligroso —apuntó Magla—. Así me abrase, pero lo sienta.
—Sí, en efecto —convino Romanda sin quitar ojo de lo que quiera que estuviera avanzando centímetro a centímetro por debajo de la lona—. Sospecho que utilizó a la pobre Shemerin para que sirviera de ejemplo aleccionador con el propósito de habituar a la Torre Blanca al concepto de degradación. Lo cual le permitiría llevarlo a la práctica con aquellas que son realmente sus enemigas.