Se hizo una pausa en la conversación. Las Asentadas que apoyaban a Egwene encabezarían sin duda la lista de aquellas a las que degradar, si Elaida conservaba el poder y las Aes Sedai se reconciliaban.
—¿Eso es un ratón? —preguntó Siuan mirando el suelo.
—Es demasiado pequeño. Y no tiene importancia —contestó Romanda.
—¿Pequeño? —repitió Lelaine, que se inclinó hacia adelante.
Romanda frunció el entrecejo y miró de nuevo hacia el bulto. Parecía haberse hecho más grande. A decir verdad…
El bulto dio una sacudida de repente, empujando hacia arriba. La lona del suelo se abrió y una enorme cucaracha —ancha como un higo— se coló por la raja. Romanda se echó hacia atrás, asqueada.
La cucaracha avanzó a grandes saltos por la lona agitando las antenas. Siuan se quitó un zapato con intención de aplastarla, pero por debajo del suelo de lona algo bullía cerca del desgarro y una segunda cucaracha salió por él. La siguió una tercera. Y entonces salieron en oleadas, rebosando a través de la raja como si alguien escupiera por la boca una bocanada de té demasiado caliente. En un visto y no visto, la lona se convirtió en una alfombra negra y marrón de criaturas que arañaban, se peleaban y se subían unas sobre otras en su afán por escabullirse.
Las mujeres chillaron de asco y tiraron patas arriba sillas y taburetes al levantarse de golpe. Dos Guardianes entraron en la tienda un instante después: Rorik, un hombre de espaldas anchas que estaba vinculado a Magla, y aquella roca de piel cobriza que era Burin Shaeren, vinculado a Lelaine. Al oír los gritos entraron con las espadas desenvainadas, pero la escena de las cucarachas pareció dejarlos perplejos y se quedaran parados mirando de hito en hito el raudal de asquerosos insectos.
Sheriam se encaramó a la silla, en tanto que Siuan encauzaba y empezaba a aplastar los bichos que tenía más cerca. Romanda detestaba usar el Poder Único para matar, incluso animales tan infectos, pero se sorprendió a sí misma encauzando Aire y despachurrando insectos a guadañadas. Sin embargo los bichos entraban por el desgarro de la lona demasiado deprisa y poco después el suelo bullía con aquel hervidero de cucarachas, por lo que las Aes Sedai se vieron forzadas a salir corriendo de la tienda a la oscuridad del campamento. Rorik cerró los faldones de la entrada aunque con eso no impediría que los insectos salieran retorciéndose por cualquier hueco que encontraran.
Fuera, Romanda no podía dejar de pasarse los dedos por el cabello, por si acaso, para asegurarse de que ninguna de las cucarachas se le había metido en él. La sacudió un escalofrío al imaginar a los insectos subiéndole por todo el cuerpo.
—¿Hay algo dentro a lo que tengas aprecio o sea importante para ti? —le preguntó Lelaine mientras se volvía para mirar la tienda.
A la luz de los candiles se veía las sombras de los insectos trepando por las paredes.
Romanda dedicó un pensamiento a su diario, pero sabía que sería incapaz de volver a tocar esas páginas después de que la tienda se infectara de aquel modo.
—Nada que quiera conservar ahora —contestó al tiempo que tejía Fuego—. Y nada que no pueda reemplazar.
Las otras se le unieron y la tienda estalló en llamas, con Rorik saltando hacia atrás mientras ellas encauzaban. Romanda creyó oír a los insectos estallando y chisporroteando dentro. Las Aes Sedai se retiraron por el repentino calor. En cuestión de segundos la tienda entera era una hoguera. De las tiendas cercanas salieron mujeres a mirar.
—No creo que eso fuera natural —susurró Magla—. Esos bichos eran cucarachas cuatro púas. Los marineros las ven en los barcos que navegan a Shara.
—Bien, no es lo peor que hemos visto del Oscuro —comentó Siuan, que se cruzó de brazos—. Y todavía veremos cosas peores, recordad lo que os digo. —Miró a Shemerin—. Ven, quiero que me ayudes con ese mapa.
Se marcharon con Rorik y las otras, que pondrían sobre aviso al campamento de que la mano del Oscuro lo había tocado esa noche. Romanda se quedó viendo cómo ardía la tienda, que enseguida quedó reducida a un montón de ascuas candentes.
«Luz. Egwene tiene razón —pensó—. Se acerca. Y deprisa». Y la chica estaba prisionera; se había reunido con la Antecámara la noche anterior en el Mundo de los Sueños y les había informado de la desastrosa cena servida en los aposentos de Elaida y las consecuencias de haber insultado a la falsa Amyrlin. Y, sin embargo, Egwene seguía negándose a que la rescataran.
Se encendieron antorchas y se despertó a los Guardianes como medida de precaución por si ocurría otro incidente. Romanda olió el humo. Eso era todo cuanto quedaba de lo que había poseído en este mundo.
La Torre tenía que unificarse. Costara lo que costase. ¿Estaría dispuesta a inclinarse ante Elaida con tal de conseguir tal cosa? ¿Se vestiría de nuevo como Aceptada si con ello se lograba la unidad para la Última Batalla?
Le fue imposible responder de forma afirmativa a sus preguntas. Y eso la perturbaba casi tanto como lo habían hecho esas cucarachas corriendo en desbandada.
27
El castrado achispado
Mat no logró escabullirse del campamento sin las Aes Sedai, por supuesto. Malditas mujeres.
Cabalgaba por la antigua vía pavimentada, ahora sin que lo siguiera la Compañía. Sin embargo, iba acompañado por tres Aes Sedai, dos Guardianes, cinco soldados, Talmanes, un caballo de carga y Thom. Por lo menos Aludra, Amathera y Egeanin no se habían empeñado en ir. El grupo ya era demasiado numeroso con los que iban.
Los pinos amarillos que jalonaban la calzada olían a savia, y el aire era una melodía de llamadas de pinzones de montaña. Mat había ordenado que la Compañía se detuviera poco antes del mediodía y aún faltaban varias horas para el ocaso. Cabalgaba un poco adelantado al grupo de Aes Sedai y Guardianes; después de negarle los caballos y los fondos a Joline, esas mujeres no estaban dispuestas a permitir que les ganara otro punto, sobre todo teniendo la posibilidad de obligarlo a llevarlas al pueblo, donde al menos pasarían una noche en una posada disfrutando de lechos blandos y baños calientes.
Tampoco discutió con mucho empeño. Detestaba que se diera más a la lengua a costa de la Compañía, y las mujeres chismorreaban, incluso si eran Aes Sedai. Pero, de todos modos, no era probable que la Compañía pasara sin causar revuelo por el pueblo. Si alguna patrulla seanchan se metía por esos sinuosos caminos de montaña… En fin, la única opción que tenía él era conducir a la Compañía a un paso regular hacia el norte, punto. No servía de nada lamentarse.
Además, empezaba a sentirse bien de nuevo, cabalgando a lomos de Puntos calzada adelante, con el frío airecillo primaveral. Había tomado por costumbre ponerse una de sus chaquetas viejas, una roja con ribetes marrones, desabrochada para dejar a la vista la vieja camisa de color avellana que llevaba debajo.
De eso se trataba, de viajar por pueblos nuevos, jugar a los dados en las posadas, dar pellizcos a unas cuantas camareras… No pensaría en Tuon. Puñetera seanchan. Estaría bien, ¿verdad?
Casi sentía comezón en las manos por las ganas de lanzar los dados. Había pasado muchísimo tiempo desde que había estado sentado en un rincón en alguna parte jugando con tipos corrientes. Llevarían la cara un poco más sucia y usarían un lenguaje más zafio, pero tendrían tan buen corazón como cualquier hombre; o mejor que la mayoría de los nobles.
Talmanes cabalgaba un poco más adelante; probablemente él querría encontrar una taberna mejor, un establecimiento en el que jugar una partida de cartas en lugar de tirar los dados, pero Mat dudaba de que hubiera mucho donde elegir. Era un pueblo de buen tamaño; de hecho, más parecía una ciudad pequeña, aunque no creía probable que tuviera más de tres o cuatro posadas, así que las opciones serían limitadas.