«Un buen tamaño», pensó Mat sonriendo para sus adentros mientras se quitaba el sombrero y se rascaba la nuca. Hinderstap «sólo» tendría tres o cuatro posadas, lo cual lo convertía en una ciudad pequeña. ¡Vaya, pero si aún recordaba cuando consideraba a Baerlon una gran ciudad, y probablemente no era mucho más grande que Hinderstap!
Un caballo se puso a su lado; Thom leía de nuevo aquella maldita carta. El aire agitaba los blancos cabellos del larguirucho juglar, que tenía una expresión pensativa, fija la mirada en las palabras escritas como si no las hubiera leído ya mil veces.
—¿Por qué no guardas eso? —le dijo, y Thom alzó la vista del papel.
A Mat le había costado trabajo convencerlo para que fuera al pueblo con ellos, pero Thom lo necesitaba, le hacía falta distraerse.
—Hablo en serio, Thom —prosiguió—. Sé que estás ansioso por ir en busca de Moraine, pero pasarán semanas antes de que podamos separarnos de los demás para emprender ese viaje. Con leer la carta una y otra vez sólo conseguirás impacientarte.
El juglar asintió en silencio y dobló el papel con actitud reverente.
—Tienes razón, Mat —admitió—. Pero hace meses que llevo encima esta carta y, ahora que la he compartido contigo, me siento… En fin, que lo único que quiero es ponerme a ello.
—Lo sé.
Mat miró hacia el horizonte. Moraine. La Torre de Ghenjei. Casi tuvo la sensación de ver la construcción surgiendo, imponente, a lo lejos. Hacia allí lo llevaba su derrotero, y Caemlyn sólo era un paso más a lo largo del camino. Si Moraine seguía viva… Luz, ¿qué significaría tal cosa? ¿Cómo reaccionaría Rand?
El rescate era otra razón por la que Mat notaba que le hacía falta una buena noche de jugar a los dados. ¿Por qué había accedido a acompañar a Thom para entrar en la torre? Esos jodidos zorros y serpientes… No tenía el menor deseo de volver a verlos.
Pero tampoco podía dejar que Thom fuera solo. Había algo de inevitable en todo aquello, como si una parte de sí mismo hubiera sabido desde el principio que tendría que volver y hacer frente a esas criaturas. Ya se la habían jugado dos veces, y los elfinios le habían embarullado el cerebro con todos esos recuerdos que le habían implantado en la cabeza. Tenía que saldar una cuenta con ellos, de eso no cabía duda.
Mat no sentía mucho aprecio por Moraine, pero no la dejaría en poder de esas criaturas aunque fuera una Aes Sedai. Maldición. Era posible que incluso sintiera la tentación de salvar a uno de los propios Renegados si estuviera atrapado allí.
De hecho, una de las Renegadas lo estaba, porque Lanfear había caído a través del mismo portal que Moraine. Diantre, ¿qué iba a hacer si se topaba con ella? ¿De verdad la rescataría también?
«Eres un idiota, Matrim Cauthon —se increpó—. De héroe, nada, sólo un necio, sin más».
—Iremos a rescatar a Moraine, Thom —dijo luego en voz alta—. Tienes mi palabra, maldita sea. La encontraremos. Pero hemos de dejar a la Compañía en algún lugar seguro, y necesitamos información. Bayle Domon dice que sabe dónde está la torre, pero no me sentiré satisfecho hasta que lleguemos a una ciudad grande y husmeemos en busca de los rumores y chismes que haya sobre esa torre. Alguien tiene que saber algo. Además, necesitaremos suministros, y dudo que encontremos lo que nos hace falta en estos pueblos de montaña. Hemos de llegar a Caemlyn si es posible, aunque, de camino allí, quizás hagamos un alto en Cuatro Reyes.
Thom asintió con la cabeza, aunque a Mat no le pasó inadvertido que lo exasperaba dejar a Moraine atrapada, torturada y quién sabía qué más. En los relucientes ojos azules de Thom había una expresión distante. ¿Por qué le importaba tanto? ¿Qué era Moraine para él sino otra Aes Sedai más, como las responsables de que el sobrino de Thom perdiera la vida?
—Maldición —masculló Mat—. ¡Se supone que no tenemos que pensar en cosas así, Thom! Vamos a pasar una buena noche jugando a los dados y riendo. Y puede que también haya tiempo para una o dos canciones.
Thom asintió de nuevo en silencio, aunque adoptó una expresión más relajada. Detrás de la silla llevaba atado el estuche del arpa, y Mat pensó que sería estupendo verlo abrir otra vez ese estuche.
—¿Tienes pensado hacer malabarismos para sacar gratis la cena otra vez, aprendiz? —preguntó Thom con un brillo divertido en los ojos.
—Mejor eso que intentar tocar la condenada flauta —rezongó Mat—. Nunca se me dio bien. Rand sí que se aficionó a tocarla, ¿verdad?
Los colores giraron dentro de la cabeza de Mat y se concretaron en una imagen de Rand sentado solo en una habitación, con las piernas estiradas; llevaba una camisa profusamente bordada; había una chaqueta negra y roja tirada en el suelo, arrugada, junto a la pared de troncos que estaba a un lado. Rand tenía una mano en la frente, como si tratara de librarse de un dolor de cabeza apretándosela. La otra mano…
El otro brazo terminaba en un muñón. La primera vez que Mat había visto esa imagen —hacía unas pocas semanas— había sufrido una fuerte impresión. ¿Cómo había perdido la mano Rand? Recostado en esa postura, inmóvil, casi ni parecía estar vivo. Sin embargo, daba la impresión de que movía los labios, como si mascullara o hablara entre dientes. «¡Luz! —pensó Mat—. ¡Maldita sea, mira lo que te estás haciendo a ti mismo!»
En fin, al menos no se encontraba cerca de él. «Puedes darte con un canto en los dientes», se dijo Mat para sus adentros. No es que hubiera llevado una vida fácil en los últimos tiempos, pero también podría haberse quedado atrapado cerca de Rand. Sí, claro, Rand era un amigo, pero no tenía intención de estar con él cuando se volviera loco y matara a todos los que conocía. Una cosa era la amistad y otra la estupidez. Lucharían juntos en la Última Batalla, por supuesto; eso era inevitable. Pero esperaba estar al otro lado del campo de batalla, lejos de los dementes encauzadores de saidin.
—Ah, Rand. Ese chico podría haberse ganado la vida como juglar, lo garantizo —comentó Thom—. Puede que incluso como un bardo de verdad si hubiera empezado de más joven.
Mat sacudió la cabeza para desechar esa visión. «Maldición, Rand. Déjame en paz».
—Esos sí que eran buenos tiempos, ¿eh, Mat? —Thom sonrió—. Nosotros tres viajando río Arinelle abajo.
—Y con Myrddraal persiguiéndonos por razones desconocidas —añadió Mat en voz lúgubre—. O Amigos Siniestros intentando apuñalarnos por la espalda cada vez que nos dábamos la vuelta.
—Mejor eso que los gholam y los Renegados tratando de asesinarnos.
—Eso es como decir que das las gracias por tener un nudo corredizo al cuello en vez de una espada en la barriga.
—Al menos te puedes escapar del nudo corredizo, Mat. —Thom se atusó el largo y blanco bigote con los nudillos—. Una vez que tienes clavada la espada, poco puedes hacer al respecto.
Mat vaciló y después se sorprendió estallando en carcajadas. Se frotó el pañuelo que llevaba ceñido al cuello.
—Supongo que tienes razón en eso, Thom. Supongo que tienes razón, sí. En fin, de momento, ¿por qué no olvidamos todo eso por hoy? ¡Venga, finjamos que todo es igual que antes!
—No sé si eso es posible, muchacho.
—Pues claro que sí —insistió Mat, testarudo.
—¿De veras? —preguntó Thom, divertido—. ¿Quieres volver a ser aquel chico que creía que el viejo Thom Merrilin era el hombre más sabio y más viajero que había visto en su vida? ¿Volverás a actuar como un campesino bobalicón que me mira extasiado y se aferra a mi chaqueta cada vez que pasemos por un pueblo en el que haya más de una posada?
—Eh, un momento. Yo no era tan palurdo, ni mucho menos.
—Permíteme que discrepe, Mat —lo contradijo Thom entre risas.
—No recuerdo gran cosa de entonces. —Mat se rascó la cabeza otra vez—. Aunque sí me acuerdo de que Rand y yo no lo hicimos nada mal solos, después de que nos separamos de ti. Al menos llegamos a Caemlyn. Y te llevamos la jodida arpa intacta, ¿o no?