—La madera del marco tenía unos cuantos rasguños…
—¡De eso nada, puñetas! —exclamó Mat al tiempo que lo señalaba con el dedo—. Rand dormía prácticamente con esa arpa. Ni siquiera se nos ocurrió la idea de venderla aunque teníamos tanta hambre que nos habríamos zampado las botas si no las hubiésemos necesitado para llegar a la siguiente ciudad.
Los recuerdos que Mat guardaba de aquellos días eran un tanto confusos, llenos de lagunas, como un cubo de hierro que se hubiera oxidado al dejarlo mucho tiempo a la intemperie. Pero había hilvanado varias cosas.
—No podemos volver al pasado, Mat —dijo Thom, riendo de buena gana—. La Rueda ha girado, para bien o para mal, y seguirá girando mientras se apagan las luces y los bosques oscurecen, mientras las tormentas estallan y el cielo se desploma. La Rueda gira y girará. La Rueda no es la esperanza, es indiferente a todo. Simplemente es, sin más. Pero, mientras gire, la gente tendrá esperanza, sentirá interés. Pues por cada luz que se apague, otra alumbrará con el tiempo, y cualquier tormenta devastadora a la larga se extinguirá. Mientras la Rueda gire. Mientras gire…
Mat guió a Puntos para que rodeara una grieta muy profunda que había en la vieja calzada. Un poco más adelante, Talmanes charlaba con varios de los guardias.
—Eso suena como una canción, Thom —comentó Mat.
—Ajá —convino el viejo juglar, casi con un suspiro—. Es una antigua canción que la mayoría ha olvidado. He descubierto tres versiones, todas con la misma letra, pero entonadas con melodías diferentes. Supongo que el entorno me ha hecho pensar en ella; se cuenta que Doreille en persona escribió el poema original.
—¿El entorno? —preguntó Mat, sorprendido, mientras miraba los pinos amarillos.
Thom asintió con la cabeza.
—Esta calzada es antigua, Mat. Muy antigua. Probablemente lleva aquí desde antes del Desmembramiento. Los puntos de referencia como este entorno tienden a encontrar el modo de entrar a formar parte de canciones y relatos. Creo que esta zona es lo que en tiempos se llamó las Colinas Hendidas. De ser así, entonces nos encontramos en lo que antaño era Coremanda, justo al lado de los Dominios del Águila. Te apuesto a que, si ascendemos a algunas de esas colinas más altas, encontraremos viejas fortificaciones.
—¿Y eso que tiene que ver con Doreille? —preguntó Mat, sintiéndose incómodo.
Doreille había sido reina de Aridhol.
—Que visitó estos parajes —contestó Thom—. Y escribió varios de sus más exquisitos poemas en los Dominios del Águila.
«Lo recuerdo, maldita sea», pensó Mat. Se acordaba de estar en las murallas de la fortaleza situada en las alturas, un lugar muy frío en lo alto de la montaña; contemplaba desde allá arriba una larga y sinuosa calzada destrozada y un ejército con gallardetes morados que cargaba ladera arriba bajo una lluvia de flechas. Las Colinas Hendidas. Una mujer en el balcón. La reina en persona.
Lo sacudió un escalofrío que desvaneció el recuerdo. Aridhol era una de las antiguas naciones que habían existido mucho tiempo atrás, cuando Manetheren era una potencia. La capital de Aridhol tenía otro nombre: Shadar Logoth.
Hacía mucho tiempo que Mat no sentía el tirón de la daga del rubí. Casi empezaba a olvidar lo que había sido estar vinculado a ella, si es que era posible olvidar algo así. Pero a veces recordaba aquel rubí, rojo como su propia sangre, y entonces la vieja ansia, el viejo anhelo, volvía a infiltrarse en su ser…
Mat sacudió la cabeza para rechazar esos recuerdos. ¡Maldición, se suponía que estaba divirtiéndose!
—¡Qué tiempos, muchacho! —comentó Thom con aire distraído—. Últimamente me siento viejo, Mat, como una alfombrilla descolorida que está tendida para que el aire la seque y en la que apenas se insinúan los colores que antaño lucían tan intensos. A veces me pregunto si te soy de alguna utilidad ya. No parece que me necesites.
—¿Qué? ¡Pues claro que te necesito, Thom!
El juglar entrado en años lo miró.
—El problema contigo, Mat, es que eres realmente bueno mintiendo, a diferencia de esos otros dos muchachos.
—¡Hablo en serio! Qué diantres, lo digo de verdad. Supongo que podrías marcharte y contar relatos y viajar como solías hacer, pero las cosas aquí podrían ponerse bastante difíciles y desde luego echaría en falta tus consejos y tu buen tino. Puñetas, seguro que te echaría de menos. Un hombre necesita tener amigos en los que confiar, y yo pondría mi vida en tus manos en cualquier momento.
—Vaya, Matrim —dijo Thom, que alzó la vista; los ojos le relucían, risueños—, ¿así que ahora levantas el ánimo a un hombre cuando está deprimido, convenciéndolo de que se quede y haga algo importante, en lugar de marcharse en busca de aventuras? Eso suena tremendamente responsable. ¿Qué te pasa?
—El matrimonio, supongo. —Mat torció el gesto—. ¡Pero que me aspen si dejo de beber y de jugar!
Un poco más adelante, Talmanes se giró en la silla y lanzó una mirada a Mat para después poner los ojos en blanco. Thom se echó a reír al ver el gesto de Talmanes.
—Bueno, muchacho, no era mi intención desanimarte. Sólo era un poco de cháchara. Todavía me quedan unas cuantas cosas que enseñar a este mundo. Si realmente soy capaz de liberar a Moraine… En fin, ya veremos. Además, tiene que haber alguien que sea testigo de lo que pasa y que después lo vuelque en una canción, llegado el momento. Saldrá más de una balada de todo esto. —Se giró en la silla y rebuscó en las alforjas—. ¡Ah! —exclamó al tiempo que sacaba su capa de juglar adornada con parches multicolores y se la echaba por los hombros con un floreo.
—Bien, cuando escribas sobre nosotros es posible que te encuentres con unos cuantos marcos de oro por el trabajo, si encuentras la forma de incluir un bonito verso sobre Talmanes. Ya sabes, algo sobre que tiene un ojo que mira en direcciones raras, y que a menudo lleva ese perfume que le recuerda a uno el de una cabreriza.
—¡He oído eso! —gritó Talmanes desde delante.
—¡Ésa era mi intención! —repuso Mat.
Thom rió con ganas mientras tiraba de la capa y se la colocaba de forma que luciera más.
—No prometo nada. —Soltó otra risa—. Sin embargo, si no te importa, Mat, creo que me separaré del grupo una vez que lleguemos al pueblo. Los oídos de un juglar podrían recoger información que no se daría en presencia de soldados.
—Cualquier información será bienvenida —dijo Mat mientras se frotaba el mentón. Un poco más adelante, el camino giraba; Vanin había dicho que encontrarían el pueblo justo detrás del recodo—. Me siento como si hubiese viajado a través de un túnel durante meses, sin ver ni oír nada del mundo exterior. Diantre, sería estupendo saber dónde anda Rand aunque sólo sea para no ir allí.
Los colores giraron y le mostraron a Rand, pero éste se encontraba de pie en un cuarto sin vistas al exterior, por lo que la imagen no le dio a Mat ninguna pista sobre su paradero.
—La vida es ese túnel casi siempre, me temo —comentó Thom—. La gente espera que un juglar le lleve noticias, así que las sacamos y las cepillamos para exhibirlas, pero muchas de las «noticias» que contamos sólo son otro lote de relatos, en muchos casos más ficticios que las baladas de hace un milenio.
Mat asintió con la cabeza.
—Además —añadió Thom—, veré si consigo obtener alguna pista para la incursión.
La Torre de Ghenjei. Mat se encogió de hombros.
—Es más probable que encontremos lo que buscamos en Cuatro Reyes o en Caemlyn.
—Sí, lo sé, pero Olver me hizo prometer que lo comprobaría. Si no hubieses encargado a Noal que tuviera distraído al chico, no me habría extrañado que al abrir tus alforjas te lo hubieras encontrado dentro. Deseaba muchísimo venir.
—Una noche de baile y juego no es la distracción más adecuada para un chico —rezongó Mat—. Ojalá no ocurra que los hombres del campamento lo corrompan más de lo que lo haría una taberna.