—Es todo cuanto tenemos —dijo uno de los hombres en medio de varias voces que pedían a Mat que siguiera adelante y lanzara los dados, de todos modos.
Mat suspiró y cerró la tapa de cofre.
—No —dijo. Incluso Barlden observaba con un brillo especial en los ojos—. A menos que… —Hizo una pausa—. Vine aquí para comprar suministros. Supongo que podría aceptar un trueque. Podéis quedaros con las monedas que habéis ganado, pero apostaré este cofre contra el avituallamiento. Víveres para mis hombres, unos cuantos barriles de cerveza, una carreta para cargarlo todo…
—No queda tiempo. —Barlden echó un vistazo hacia las ventanas; fuera empezaba a oscurecer.
—Pues claro que sí. —Mat se inclinó hacia adelante—. Me marcharé después de esta tirada. Tenéis mi palabra.
—Aquí no se quebrantan las reglas —insistió el alcalde—. El precio por hacerlo es demasiado alto.
Mat esperaba las protestas de los hombres que jugaban oponiéndose al alcalde, suplicándole que hiciera una excepción, pero nadie abrió la boca. De repente sintió un escalofrío de miedo. Si después de perder tanto acababan echándolo de una patada…
Desesperado, alzó de nuevo la tapa del cofre dejando a la vista las monedas de oro que guardaba.
—Os daré la cerveza —dijo de repente el posadero—. Y, Mardry, tú tienes una carreta y un tiro de caballos. Está a una calle de distancia.
—Sí —confirmó Mardry, un hombre de rostro franco, de corto cabello oscuro—. Apostaré eso.
Los hombres empezaron a gritar que podían apostar comida, como grano de las despensas, patatas de las bodegas… Mat miró al alcalde.
—Todavía debe de faltar… ¿Cuánto? ¿Media hora para que caiga la noche? ¿Por qué no vemos lo que pueden reunir? El almacén del pueblo podría conseguir parte de esto, si pierdo. Apuesto que le vendría bien un poco de dinero extra, con el invierno que hemos tenido tan crudo.
Barlden vaciló y después asintió con la cabeza, sin quitar ojo al cofre de las monedas. Los hombres gritaron de alegría y echaron a correr en busca de la carreta mientras otros sacaban rodando los barriles de cerveza. No pocos fueron al trote a sus casas o al almacén del pueblo. Mat los vio marchar y esperó en la sala de la taberna, que se vaciaba con rapidez.
—Sé lo que os traéis entre manos —le dijo el alcalde a Mat. El hombre no parecía tener prisa para ir a recoger nada.
Mat se volvió hacia él con gesto interrogante.
—No permitiré que nos engañéis con una milagrosa tirada ganadora al final de la partida. —Barlden se cruzó de brazos—. Usaréis mis dados, y os moveréis despacito y con tiento cuando los tiréis. Sé que habéis perdido muchas partidas aquí, según me han informado los hombres, pero sospecho que si os registramos encontraremos un par de juegos de dados escondidos en vuestra persona.
—Podéis registrarme si queréis —ofreció Mat, alzando los brazos en cruz.
Barlden vaciló.
—Os habréis librado de ellos, claro —dijo por último—. Es un buen ardid, vestiros como un noble y usar dados cargados para que perdáis en lugar de ganar. No hay ningún hombre lo bastante temerario para tirar oro así con dados falsos.
—Si tan seguro estáis de que los estoy engañando, entonces ¿por qué habéis dado vuestro consentimiento para seguir con esto?
—Porque sé cómo pararos los pies —replicó el alcalde—. Como he dicho, usaréis mis dados para esta tirada. —Vaciló, después sonrió y tomó el par de dados que seguían en la mesa y que Mat había usado. Los lanzó. Salieron con un uno y un dos. Volvió a lanzarlos y sacó el mismo resultado.
—Mejor aún —añadió con una gran sonrisa—. Usaréis éstos. De hecho… la tirada la haré yo por vos. —A la tenue luz de la sala, el rostro de Barlden adquirió una expresión realmente siniestra.
Mat sintió de nuevo una punzada de pánico. Talmanes lo agarró del brazo.
—Está bien, Mat, creo que deberíamos irnos —dijo.
Mat alzó la mano. ¿Funcionaría su suerte si otra persona hacía la tirada? A veces la suerte le funcionaba para impedir que fuera herido en combate. De eso estaba seguro, ¿verdad?
—De acuerdo, tiraréis vos —le dijo a Barlden.
El hombre se quedó estupefacto.
—Podéis hacer la tirada —repitió Mat—. Pero valdrá igual que si hubiese lanzado yo. Una tirada ganadora y salgo de aquí con todo. Una tirada perdedora y me pondré en camino con mi sombrero y mi caballo, y vos os quedaréis con el jodido cofre. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Mat tendió la mano a Barlden para estrechársela, pero el alcalde se echó hacia atrás y cerró el puño, como protegiendo los dados.
—No —dijo—. No tendréis la oportunidad de cambiar estos dados, viajero. Salgamos fuera y esperemos. Y no os acerquéis a mí.
Siguieron las instrucciones del alcalde y, abandonando la bochornosa taberna que apestaba a cerveza, salieron a la calle; los soldados de Mat sacaron el cofre. Barlden exigió que el cofre continuara abierto para que no dieran el cambiazo. Uno de sus secuaces se puso a hurgar el cofre con un dedo todo alrededor y mordió monedas a fin de asegurarse de que estaba realmente lleno y que las monedas eran auténticas. Mat esperó, apoyado en la puerta, mientras la carreta llegaba allí y los hombres que había dentro de la taberna empezaban a sacar rodando los barriles de cerveza y los subían a la caja del vehículo.
El sol era poco más que una neblina rojiza en el horizonte, detrás de aquellas malditas nubes. Mientras esperaba, Mat vio que el alcalde estaba cada vez más nervioso. ¡Pero qué maniático era ese hombre con sus reglas, puñeta! Bueno, ya les enseñaría a él y a sus hombres.
¿Que les enseñaría qué? ¿Que nadie podía derrotarlo? ¿Y qué demostraba eso? Vio cómo la carreta se llenaba más y más de barriles y comestibles, y empezó a sentir una extraña sensación de culpabilidad.
«No estoy haciendo nada malo. Tengo que alimentar a mis hombres ¿verdad? —razonó para sus adentros—. Esta gente hace apuestas limpias, y yo también. Nada de dados cargados. Nada de trampas».
Excepto por su suerte. Bien, pues, su suerte era una habilidad propia, como la que tuviera cada hombre. Algunas personas nacían con talento para la música y se convertían en bardos y juglares. ¿Quién sentía envidia o veía con malos ojos que se ganaran la vida con ese don que el Creador les había dado? Él tenía suerte y la utilizaba. ¿Qué tenía de malo hacerlo?
Aun así, conforme los hombres regresaban a la taberna, Mat empezó a percibir lo que Talmanes había notado antes. Había un aire de crispación en aquellos hombres. ¿No se habían mostrado deseosos en exceso por jugar? ¿No habían sido temerarios con sus apuestas? ¿Qué era aquella expresión en los ojos, una mirada que Mat había confundido con agotamiento? ¿Bebían para celebrar el final de la jornada o lo hacían para desechar aquel aire acosado que tenían en la mirada?
—Quizás estabas en lo cierto —le dijo a Talmanes, que observaba el sol casi con tanta ansiedad como el alcalde.
Los últimos rayos se deslizaban por las vertientes de los tejados arriba hacia los caballetes y le daban al color avellana un tono más anaranjado. El sol poniente era un resplandor detrás de las nubes.
—Entonces ¿podemos irnos? —preguntó Talmanes.
—No. Nos quedamos.
Y los dados dejaron de repicar dentro de su cabeza. Fue un silencio tan repentino, tan inesperado, que se quedó paralizado. Aquello bastó para hacerle creer que había tomado la decisión equivocada.
—Nos quedamos, maldita sea —repitió—. Jamás me he echado atrás en una apuesta y no voy a hacerlo ahora.
Un grupo de jinetes regresó con sacos de grano cargados en los caballos. Era sorprendente lo mucho que motivaba un poco de dinero. Llegaban más jinetes cuando un muchachito apareció corriendo por la calzada.
—Alcalde —dijo, dando tirones al chaleco púrpura de Barlden; la prenda llevaba entrecruzadas rasgaduras remendadas por la pechera—, madre dice que las mujeres forasteras no han acabado de bañarse y les está metiendo prisa, pero…