—¡Mat! Se cayó de la silla. Yo…
Edesina corrió hacia ellos y lo interrumpió al arrodillarse junto a Delarn; cerró los ojos y Mat sintió el frío contacto del medallón en el pecho. Lo hizo temblar imaginar el Poder Único que pasaba de la mujer al soldado. ¡Eso era casi tan malo como morir, puñetas, vaya que sí! Aferró con fuerza el medallón que llevaba bajo la camisa.
Delarn se puso rígido, después boqueó y abrió los ojos con un parpadeo.
—Está hecho —dijo Edesina al tiempo que se ponía de pie—. Se sentirá débil por la Curación, pero llegué a tiempo.
Harnan había reunido y ensillado a todos los caballos, la Luz lo bendijera. Buen hombre. Las mujeres montaron y echaron varias miradas por encima del hombro a la posada.
—Es como si la propia oscuridad los intoxicara —comentó Thom mientras Mat ayudaba a Delarn a subir al caballo—. Como si la propia Luz los hubiera olvidado, dejándoselos a la Sombra…
—No podemos hacer nada—dijo Mat, que montó detrás de Delarn.
El soldado estaba demasiado débil tras la Curación para cabalgar solo. Mat miró a las criadas que los Guardianes habían echado por encima de sus caballos; las chicas se debatían contra las ataduras, con los ojos rebosantes de odio. Mat se volvió e hizo un gesto a Talmanes, que había colgado la linterna en un cuerno del arzón de la silla. El cairhienino abrió la pantalla opaca bañando de luz el patio de la posada. Un camino conducía hacia el norte, desde el patio hacia la oscuridad. Los alejaba de la posición del ejército, pero también los conducía directamente fuera del pueblo, hacia las colinas, y eso le bastaba a Mat.
—Cabalgad —dijo a la par que picaba a Puntos para que se pusiera en marcha. El grupo fue tras él.
—Te dije que debíamos irnos —recalcó Talmanes mientras se giraba en la silla para mirar hacia atrás. El noble cabalgaba a la izquierda de Mat—. Pero tú tenías que quedarte para hacer una última tirada.
—No es culpa mía, Talmanes. —Mat no se volvió a mirar—. ¿Cómo iba a saber que quedándonos ocasionaría que todos ellos empezaran a matarse?
—¿Que no lo sabías? —fingió extrañarse el cairhienino, que le lanzó una mirada—. ¿No es así como la gente reacciona por regla general cuando les dices que te quedas a pasar la noche?
Mat puso los ojos en blanco, pero no tenía ganas de reírse; condujo al grupo fuera del pueblo.
Horas más tarde, Mat se sentó en un afloramiento rocoso de una oscura ladera desde la que se divisaba, allá abajo, Hinderstap. El pueblo se hallaba a oscuras, no brillaba una sola luz y era imposible distinguir lo que estaba ocurriendo, pero aun así no apartó la vista. ¿Cómo iba a dormir una persona después de pasar por aquella experiencia de pesadilla?
Bueno, los soldados sí dormían, y Mat comprendía perfectamente que Delarn lo hiciera. La Curación de una Aes Sedai agotaba a un hombre hasta la extenuación. Él mismo había sentido ese frío helador alguna vez y no pensaba pasar de nuevo por ello. Talmanes y los otros Brazos Rojos no tenían la excusa de la Curación, pero eran soldados, y los soldados aprendían a dormir cuando tenían ocasión de hacerlo; además, la experiencia de esa noche no parecía haberlos perturbado tanto como a él. Oh, sí, habían estado preocupados en el rato de más intensidad en la lucha, pero ahora no era más que otra batalla que habían dejado atrás, otra batalla de la que habían salido con vida. Lo cual había llevado al corpulento Harnan a bromear y sonreír mientras se preparaban para acostarse.
No era el caso de Mat. Toda la experiencia tenía un fondo de maldad. ¿El propósito del toque de queda sería procurar —de algún modo— que aquel horror no ocurriera? ¿Habría provocado él la muerte de todas esas personas por quedarse? Maldición. ¿Es que ya no quedaba un solo sitio normal en el mundo?
—Mat, muchacho. —Thom se acercó con su acostumbrado paso renqueante. Se había fracturado un brazo en la reyerta, aunque ni siquiera lo mencionó hasta que Edesina le vio hacer un gesto de dolor e insistió en Curarlo—. Deberías dormir.
Ahora que la luna había salido, aunque escondidas tras las nubes, había luz suficiente para que a Mat no le pasara inadvertida la expresión preocupada del juglar.
El grupo se había detenido en una pequeña hondonada que había a un lado del sendero. Desde allí se tenía una buena vista del pueblo y —lo más importante— se divisaba el camino que Mat y los demás habían utilizado para escapar. La depresión se encontraba en una pronunciada vertiente y era el único camino para llegar desde abajo. Una persona de vigilancia localizaría enseguida a cualquiera que tratara de llegar a hurtadillas al campamento.
Las Aes Sedai se habían acostado cerca de la parte trasera de la hondonada, aunque Mat no creía que estuvieran dormidas. A los Guardianes de Joline se les había ocurrido la idea de llevar petates, por si acaso. Los Guardianes eran así. Los hombres de Mat sólo contaban con sus capas, pero eso no les impidió dormir. Talmanes incluso roncaba con suavidad a pesar del fresco aire primaveral. Mat había prohibido que se encendiera una lumbre; no hacía tanto frío para que fuera imprescindible y sólo serviría para señalar su posición a cualquiera que los buscara.
—Estoy bien, Thom —contestó Mat, que le hizo hueco para que el juglar se sentara con él—. Eres tú quien debería dormir un poco.
—Una cosa positiva que he notado respecto a hacerse mayor —contestó Thom al tiempo que negaba con la cabeza— es que parece que el cuerpo ya no necesita dormir mucho. Morir no requiere tanta energía como crecer, imagino.
—No empieces otra vez con lo mismo. ¿Tengo que recordarte que me has salvado el culo ahí abajo? ¿Qué era lo que te preocupaba a mediodía? ¿Que ya no me hicieras falta? Si no hubieses estado hoy conmigo, si no hubieses ido a rescatarme, ahora estaría muerto en ese sitio. Y Delarn también.
Thom sonrió y los ojos le relucieron a la luz de la luna.
—De acuerdo, Mat, no se repetirá, lo prometo.
Mat asintió en silencio. Los dos estuvieron sentados un rato en la roca contemplando la pequeña ciudad.
—No van a dejarme en paz, Thom —dijo Mat al cabo de un tiempo.
—¿A qué te refieres?
—A todo esto —contestó con voz cansina—. Al jodido Oscuro y sus engendros. Me han perseguido desde aquella noche en Dos Ríos y nada los ha detenido.
—¿Crees que lo de hoy está relacionado con él?
—¿Y qué otra cosa podría ser? —preguntó Mat—. ¿Gentes tranquilas de un pueblo que se convierten de pronto en locos furiosos? Es obra del Oscuro y tú lo sabes.
—Sí —admitió por fin Thom tras un breve silencio—. Supongo que es eso.
—Aún vienen por mí —continuó Mat, furioso—. Ese jodido gholam está ahí fuera, lo sé, pero no es más que una parte de todo lo demás, como Myrddraal y Amigos Siniestros, monstruos y fantasmas. Acosándome, persiguiéndome… Desde que empezó esto voy tropezando de un desastre en otro, manteniendo la cabeza fuera del agua a duras penas. No dejo de repetir que sólo quiero encontrar un agujero en alguna parte para jugar a los dados y beber, pero eso no lo frena. Y nada lo frenará.
—Eres ta’veren, muchacho —dijo Thom.
—Pero no pedí serlo. Puñetas, ojalá fueran todos a dar la tabarra a Rand. A él le gusta.
Sacudió la cabeza para desechar la imagen que se formaba en su mente mostrando a Rand dormido en la cama, con Min acurrucada a su lado.
—¿De verdad lo crees? —preguntó el juglar.
—Ojalá lo creyera —confesó tras una vacilación—. Eso haría más fáciles las cosas.
—Las mentiras nunca facilitan las cosas a la larga. A menos que vayan destinadas justo a la persona adecuada (una mujer por lo general) y justo en el momento oportuno. Cuando uno se las dice a sí mismo, lo único que consigue es buscarse más problemas.