Mat hizo un gesto negativo con la cabeza; acababa de localizar el sitio donde había luchado contra los lugareños para salvar a Delarn. Frenó a Puntos con brusquedad, lo que provocó que Thom soltara un juramento e hiciera dar media vuelta a su caballo para ponerse de nuevo a su altura.
—¿Qué pasa? —preguntó el juglar.
Mat señaló; había una mancha de sangre en el suelo y en algunas piedras junto a la calzada.
—Ahí hirieron a Delarn —dijo.
—Bueno, ¿y qué?
Desviando la vista para no mirarlos y manteniéndose a distancia, unos hombres pasaron a su alrededor.
«¡Rayos y centellas! Otra vez he dejado que nos rodeen —se reprochó Mat—. ¿Y si nos atacan? ¡Soy un jodido estúpido!»
—Así que hay sangre —continuó Thom—. ¿Y qué esperabas?
—¿Dónde está el resto de la sangre, Thom? —gruñó—. Maté alrededor de una docena de hombres y los vi sangrar. Tú derribaste a tres con los cuchillos. ¿Qué ha pasado con esa sangre?
—Desaparece —contestó una voz.
Mat hizo dar media vuelta a Puntos y se encontró con el alcalde de brazos velludos plantado en mitad de la calzada, a corta distancia. Debía de haber estado cerca, porque era imposible que el trabajador que había ido a buscarlo lo hubiera encontrado tan deprisa. Claro que, con las cosas que pasaban en ese pueblo, ¿quién podría afirmar nada con seguridad? Barlden llevaba puestas una capa y una camisa que tenía varios zurcidos nuevos.
—La sangre desaparece —repitió como si estuviera exhausto—. Ninguno de nosotros la ve. Sencillamente nos despertamos y se ha esfumado.
Mat vaciló y echó una ojeada a su alrededor. En las casas, las mujeres salían con niños en brazos para asomarse a la calle y los hombres se marchaban a los campos llevando cayados o azadas. Excepto por el aire de ansiedad que despertaba la presencia de ellos dos, nadie adivinaría que había pasado algo malo en el pueblo.
—No os haremos daño, así que no tenéis razón para estar tan preocupado como parece —dijo el alcalde, que se apartó un poco de Mat—. Al menos, hasta que el sol se ponga. Os daré una explicación, si la queréis. Tenéis dos opciones: venir y escuchar lo que os cuente o marcharos de aquí, sin más. Me trae sin cuidado lo que hagáis, siempre y cuando dejéis de perturbar mi ciudad. Tenemos trabajo que hacer, mucho más del habitual gracias a vos.
Mat miró al juglar.
—No se pierde nada por escuchar —opinó Thom, encogiéndose de hombros.
—No sé —dijo Mat, que echó una ojeada a Barlden—. No se pierde nada a menos que creas que podrías acabar rodeado de montañeses chiflados.
—Entonces, ¿nos marchamos?
—No. —Mat negó con la cabeza, despacio—. Que me aspen si me voy. Aún tienen mi oro. Vamos, veamos que tiene que decirnos.
—Empezó hace varios meses —contó el alcalde, que estaba de pie junto a la ventana.
Se encontraban reunidos en la sala de estar de su casa, limpia aunque sencilla. Las cortinas y la alfombra eran de un suave color verde, casi del mismo tono que las hojas del ojo de buey, y las paredes revestidas de paneles de madera castaño claro. La esposa del alcalde les había llevado una infusión preparada con bayas secas. Mat no quiso tomar nada y se las ingenió para situarse apoyado contra la pared, cerca de la puerta a la calle, con la lanza a su lado.
La esposa de Barlden era una mujer de estatura baja, cabello moreno, algo regordeta y aspecto maternal. Regresó de la cocina con un cuenco de miel para endulzar la infusión; vaciló al ver a Mat recostado en la pared y echó una ojeada a la lanza. Después dejó el cuenco en la mesa y se retiró.
—¿Qué pasó? —preguntó Mat a Barlden al tiempo que miraba a Thom.
El juglar también había declinado sentarse y estaba cruzado de brazos, junto a la puerta de la cocina. Hizo un gesto de asentimiento a Mat; la mujer no se había quedado en la puerta para escuchar a escondidas. Habían acordado que haría una señal si oía que alguien se acercaba.
—No sabemos si se debió a algo que hicimos nosotros o fue simplemente una cruel maldición del propio Oscuro —contestó el alcalde—. Era un día normal, a principios de este año, justo antes de la Fiesta de Abram. No ocurrió nada realmente especial, que yo recuerde. El tiempo había cambiado de golpe, pero sin traer nieves. Muchos de nosotros realizamos nuestras actividades normales a la mañana siguiente, sin darle importancia.
Las cosas raras eran nimiedades, ¿comprendéis? Alguna puerta rota, un desgarrón en la ropa de gente que no recordaba cómo se lo había hecho… Y las pesadillas. Todos las compartíamos, pesadillas de muerte y de matanzas. Unas cuantas mujeres empezaron a hablar del tema y se dieron cuenta de que no recordaban haber ido a dormir la noche anterior. Sí se acordaban de haber despertado cómodas y a salvo en sus camas, pero sólo unas cuantas recordaban haberse acostado. Las que se acordaban se habían metido pronto en la cama, antes de anochecer. Para todos los demás, la caída de la noche era algo borroso, confuso.
El alcalde se quedó callado. Mat miró a Thom, que no pareció darse cuenta. Con sólo ver los azules ojos del juglar, Mat comprendió que estaba memorizando lo ocurrido. «Más le vale pillarlo bien si me pone en alguna balada. Y más le vale no olvidar mi sombrero, porque es un sombrero jodidamente bueno», pensó a la par que se cruzaba de brazos.
—Esa noche estaba en los pastizales —prosiguió el alcalde—. Ayudaba al viejo Garken a arreglar un trozo de cercado roto, y de pronto… Nada. Un borrón confuso. Me desperté a la mañana siguiente en mi cama, al lado de mi esposa. Nos sentíamos cansados, como si no hubiésemos dormido bien. —Se calló un instante; luego añadió en voz baja—: Y tuve pesadillas. Eran vagas y se borraron, pero recuerdo una imagen vívida: el viejo Garken muerto a mis pies, como si lo hubiera matado una alimaña.
Barlden estaba junto a una ventana de la pared oriental, enfrente de Mat, y miraba hacia afuera.
—Pero fui a ver a Garken al día siguiente y se encontraba bien. Acabamos de arreglar la cerca. No me enteré de lo que se comentaba hasta que regresé a la ciudad y oí hablar de las pesadillas compartidas, de las horas perdidas justo después de ponerse el sol. Nos reunimos y lo discutimos, y entonces pasó otra vez. El sol se puso y cuando salió me desperté de nuevo en mi cama, cansado, con la mente rebosante de pesadillas.
Se estremeció; después se acercó a la mesa y se sirvió una taza de infusión.
—No sabemos qué ocurre por la noche —continuó el alcalde mientras removía una cucharada de miel.
—¿No lo sabéis? —demandó Mat—. Pues yo puedo decíroslo, puñetas. Os…
—No sabemos lo que pasa —lo interrumpió el alcalde, que dio énfasis a la negación—. Y no tenemos el menor interés en saberlo.
—Pero…
—No necesitamos saberlo, forastero —lo cortó con aspereza el alcalde—. Queremos vivir nuestra vida como mejor podamos. Muchos nos acostamos pronto, antes de la puesta de sol. Así no quedan agujeros en la memoria. Nos vamos a dormir y nos despertamos en la misma cama. Otros prefieren ir a la taberna y brindar por el anochecer. Tiene sus ventajas, imagino. Uno puede beber cuanto quiere sin preocuparse por tener que volver a casa porque siempre se despierta sano y salvo en su cama.
—No podéis actuar como si no pasara nada —comentó Thom en voz baja—. No podéis fingir que todo sigue como antes.
—Y no lo hacemos. —Barlden tomó un sorbo de infusión—. Tenemos reglas. Unas reglas de las que hicisteis caso omiso. No se enciende ningún fuego después del ocaso, porque no podemos permitirnos el lujo de que se declare un incendio por la noche sin que haya nadie que lo apague. Y prohibimos a los forasteros quedarse en la ciudad después de la puesta de sol. Esa lección la aprendimos enseguida. Las primeras personas que se quedaron atrapadas aquí tras caer la noche eran familiares de Sammrie, el tonelero. A la mañana siguiente encontramos sangre en las paredes de su casa, pero la hermana de Sammrie y su familia dormían tranquilos en las camas que les había preparado. —El alcalde hizo una pausa—. Ahora comparten las mismas pesadillas que tenemos nosotros.