Reanudó lo que estaba haciendo y comprobó los arreos de los caballos.
—Y no me siento culpable en absoluto por llevarme la carreta y el tiro de caballos, porque no creo que esta gente viaje mucho en el futuro…
29
En Bandar Eban
«Moraine Damodred, que murió por culpa de mi debilidad».
Rand hizo que Tai’daishar aflojara la marcha hasta ponerlo al paso para entrar a Bandar Eban por la enorme puerta de acceso a la ciudad, seguido por su séquito y precedido por filas de Aiel. Se decía que las dos hojas de la puerta tenían tallado el escudo de armas de la ciudad, pero tal como estaban abiertas de par en par Rand no alcanzaba a verlo.
«La Amiga Siniestra sin nombre, a quien decapité en aquellas colinas murandianas. He olvidado el aspecto de quienes estaban con ella, pero jamás olvidaré su cara».
La lista pasaba por su mente en una rápida letanía; era casi un ritual diario desgranar los nombres de todas las mujeres que habían muerto a sus manos o a causa de sus actos. La calle que se adentraba en la ciudad era de tierra compacta, marcada de surcos que se entrecruzaban en las intersecciones. La tierra allí era más clara que las que estaba acostumbrado a ver.
«Colavaere Saighan, que murió porque hice de ella una indigente».
Pasó a caballo entre hileras de domani, mujeres con vestidos diáfanos y hombres de bigotes frondosos y con chaquetas de vivos colores. En Arad Doman las calles tenían aceras entarimadas, y ahora se hallaban abarrotadas de gente que observaba su paso. Rand oía chasquear estandartes y banderas sacudidos por el viento; al parecer los había a montones en la ciudad.
La lista siempre empezaba con Moraine; era el nombre más doloroso de todos porque podría haberla salvado. Debería haberla salvado. Se odiaba a sí mismo por haber permitido que la mujer se sacrificara por él.
Un niño se bajó de la acera con intención de echar a correr hacia el centro de la calle, pero el padre lo asió de la mano y tiró de él metiéndolo de nuevo entre la apretada muchedumbre. Algunos tosían y cuchicheaban, pero la mayoría guardaba silencio. En comparación, el ruido que hacían las tropas de Rand marchando sobre la tierra compacta era estruendoso.
¿Estaría Lanfear viva otra vez? Si a Ishamael lo habían hecho volver a la vida, ¿habría ocurrido lo mismo con ella? En tal caso, la muerte de Moraine habría sido inútil y su cobardía resultaba aún más exasperante. Nunca jamás. La lista no desaparecería, pero nunca volvería a ser tan débil de no hacer lo que debía.
La gente que ocupaba las aceras no vitoreaba; claro que él no entraba en la ciudad como un libertador. Había ido para hacer lo que tenía que hacerse. A lo mejor encontraría a Graendal allí; Asmodean había dicho que la mujer vivía en el campo, pero de eso hacía mucho tiempo. Si daba con ella, a lo mejor eso acallaría su conciencia por la invasión.
¿Aún tenía conciencia? No podría asegurarlo.
«Liah, de los Cosaida del clan Chareen, a quien maté diciéndome que lo hacía por su propio bien». Cosa extraña, Lews Therin empezó a corear con él los nombres, creando una rara salmodia que le resonaba dentro de la cabeza.
Por adelante, un numeroso grupo de Aiel lo esperaba en una plaza adornada con una fuente de cobre con figuras de corceles que saltaban sobre una ola espumosa. Un hombre a caballo aguardaba delante de la fuente con una guardia de honor a su alrededor. Era un varón de rostro cuadrado, firme, con la piel marcada de arrugas y el cabello cano. Llevaba la frente afeitada y empolvada como era costumbre en los soldados cairhieninos. Dobraine era de fiar o, al menos, hasta donde uno podía fiarse de un cairhienino.
«Sendara, de los Montaña de Hierro del clan Taardad; Lamelle, de los Agua Humeante del clan Miagoma; Andhilin, de los Sal Roja del clan Goshien».
«Ilyena Therin Moerelle», recitó Lews Therin, metiendo el nombre entre los otros dos, y Rand lo dejó estar. Por lo menos el pobre demente no gritaba otra vez.
—Milord Dragón —saludó Dobraine con su habitual impasibilidad cuando Rand se acercó—. Os entrego la ciudad de Bandar Eban. El orden se ha restablecido, como ordenasteis.
—Te pedí que se restableciera el orden en todo el país, Dobraine, no sólo en la ciudad —contestó Rand con voz suave.
Un ligero desánimo se reflejó en el noble.
—¿Tienes a algún miembro del Consejo de Mercaderes? —inquirió Rand.
—Sí, a Milisair Chadmar, la última en huir del caos desatado en la ciudad.
En los ojos del noble había una mirada anhelante; siempre había sido leal, mas ¿sería sólo un ardid? Últimamente, a Rand le costaba confiar en alguien. Aquellos en apariencia más merecedores de confianza eran a quienes había que vigilar más. Y Dobraine era cairhienino. Habida cuenta de su Juego de las Casas, ¿podía correr el riesgo de fiarse de cualquier nativo de Cairhien?
«Moraine era cairhienina y confiaba en ella. Por regla general».
Quizá Dobraine esperaba que lo eligiera rey de Arad Doman. Había actuado como Administrador del Dragón Renacido en Cairhien, pero sabía —como casi todo el mundo— que su intención era que Elayne ocupara el Trono del Sol.
En fin que, considerándolo todo, podría darle este reino a Dobraine. Era mejor persona que la mayoría. Rand le hizo una seña con la cabeza para que encabezara la marcha, y el noble dio media vuelta con el grupo Aiel para encaminarse por una calle lateral abajo. Rand fue tras él, todavía desgranando la lista de nombres para sus adentros.
Los edificios eran altos y cuadrados, a semejanza de cajas amontonadas unas sobre otras. Muchos tenían balcones atestados de gente, como las aceras a pie de calle.
Cada nombre de la lista le causaba dolor a Rand, aunque ahora ese dolor se reducía a una sensación lejana, extraña. Su forma de sentir las cosas era… diferente desde el día en que había matado a Semirhage. La Renegada le había enseñado a enterrar la culpabilidad y el dolor; la intención de la mujer era encadenarlo, pero en cambio le había dado fortaleza.
Añadió su nombre y el de Elza a la lista, aunque en justicia no merecían formar parte de ella; Semirhage tenía más de monstruo que de mujer, y Elza lo había traicionado porque estaba al servicio de la Sombra desde el principio. Aun así, añadió los dos nombres, pues lo cierto era que estaba tan en deuda con ellas como con las demás por quitarles la vida; más incluso. No estuvo dispuesto a matar a Lanfear para salvar a Moraine, y sin embargo había utilizado el fuego compacto para borrar todo rastro de existencia de Semirhage con tal de que no volvieran a capturarlo.
Toqueteó el objeto que llevaba guardado en un bolsillo de la silla de montar. Era una figurilla de tacto suave; no le había dicho a Cadsuane que, siguiendo sus instrucciones, los criados la habían recuperado de su habitación. Ahora que Cadsuane estaba exiliada de su presencia, no se lo diría nunca. Sabía que esa mujer seguía metida entre su séquito, rozando los límites de su orden de no dejarse ver la cara en su presencia nunca más. No obstante, puesto que cumplía la orden, Rand lo dejó estar. No hablaría con ella ni ella le hablaría a él.
Cadsuane había sido una herramienta y había resultado inútil como tal. En consecuencia, no lamentaba haber prescindido de ella.
«Jendhilin, Doncella de los Pico Frío del clan Miagoma», continuó, con Lews Therin coreando el nombre al mismo tiempo que él. Era larga la lista; y crecería antes de que él muriera.
La muerte ya no le preocupaba. Por fin entendía los gritos de Lews Therin pidiendo que todo acabara. Él merecía morir. ¿Existiría una muerte tan demoledora que un hombre no tuviera que renacer? Llegó al final de la lista; hubo un tiempo en que la repetía para no olvidar los nombres, cosa que ya era de todo punto imposible que ocurriera porque no se le borrarían de la memoria aunque quisiera. Ahora los repetía como un recordatorio de lo que era él.
Pero Lews Therin tenía otro nombre que añadir: «Elmindreda Farshaw», susurró.
Rand frenó a Tai’daishar con tanta brusquedad que la columna de Aiel, caballería saldaenina y ayudantes de campamento se detuvo en mitad de la calle. Delante, a lomos de su semental blanco, Dobraine se giró en la silla con gesto inquisitivo.