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«¡No la maté! Lews Therin, ella sigue viva. ¡No la matamos! Y, en cualquier caso, habría sido culpa de Semirhage», pensó Rand.

Silencio. Rand notaba todavía los dedos en la carne de Min, apretando, impotentes y, sin embargo, increíblemente fuertes. Aunque Semirhage hubiera estado detrás de lo ocurrido, él era el responsable por faltarle valor para apartar a Min y alejarla del peligro.

No la había obligado a marcharse, pero en realidad no se debía a una flaqueza por su parte; la razón era que, en su fuero interno, había dejado de preocuparle esa posibilidad. No por ella, porque la amaba apasionadamente y siempre la amaría. Pero sabía que la muerte, el dolor y la destrucción surgían a su paso, que los arrastraba tras de sí como un manto. Min podría morir allí, sí, pero si la mandaba lejos correría tanto o más peligro porque seguramente sus enemigos sospechaban que la amaba.

No había un lugar seguro. Si Min moría, añadiría su nombre a la lista y sufriría por ello.

Reanudó la marcha antes de que le preguntaran el motivo de la parada. Los cascos de Tai’daishar golpeaban las calles de tierra reblandecida por la humedad. Allí llovía con frecuencia; Bandar Eban era la principal ciudad portuaria de la costa noroccidental y, aunque no fuera una urbe grande como las del sur, sí resultaba impresionante. Hilera tras hilera de casas cuadradas de madera, con tejados de caballetes en el segundo y el tercer piso. De tan perfectas las formas cuadradas y las divisiones de las plantas, parecían cubos de construcción infantiles puestos unos sobre otros. Llenaban la ciudad y se extendían cuesta abajo, en un suave declive, hacia el enorme puerto.

La zona más ancha de la urbe estaba en el puerto, lo que le daba la apariencia de la cabeza de un hombre que abriera la boca de par en par para echar un trago del océano. Los muelles se encontraban casi vacíos y los únicos barcos que había amarrados eran unas cuantas naves de los Marinos —surcadores de tres palos— así como algunos barcos de pesca de arrastre. El gran tamaño del puerto hacía que pareciera más desolado por la ausencia de naves.

Ésa fue la primera señal de que no todo iba bien en Bandar Eban.

Aparte de un puerto prácticamente desocupado, el rasgo más característico de la ciudad lo ponían las banderas. Ondeaban en lo alto —o colgaban— de todos los edificios, por modestos que éstos fueran. Muchos de esos estandartes proclamaban el tipo de negocio que se llevaba a cabo en un edificio dado, es decir, que venían a prestar el mismo servicio que un sencillo letrero de madera en Caemlyn. Pero eran más extravagantes que la mayoría de los rótulos, con intensos colores que ondeaban en lo alto de los edificios, al costado de muchos de los cuales también colgaban otros estandartes a juego que semejaban tapices y en los que se anunciaba con inscripciones llamativas el nombre del propietario, maestro artesano o mercader de cada tienda. Incluso las viviendas lucían un estandarte con el nombre de la familia que habitaba en ellas.

De piel cobriza y cabello oscuro, a los domani les gustaba la ropa de colores vivos. Las mujeres domani tenían mala fama debido a los vestidos que usaban y que eran lo bastante translúcidos para resultar escandalosos. Se decía que las jovencitas domani practicaban el arte de manipular a los hombres a fin de prepararse para cuando llegaran a la mayoría de edad.

Verlos a todos allí, de pie en las calles, observando, era un espectáculo lo bastante llamativo para sacar a Rand de sus cavilaciones. Quizás un año atrás se habría quedado boquiabierto, pero ahora apenas les dedicó una mirada. De hecho, se le ocurrió que el pueblo domani era mucho menos impactante cuando sus gentes se agrupaban en una gran cantidad, como en ese momento. Una flor en un campo de malas hierbas siempre era algo digno de verse, pero si uno pasaba delante de macizos de flores ninguna en particular te llamaba la atención.

A pesar de estar algo distraído, a Rand no le pasaron inadvertidas las señales del hambre. No cabía error en el semblante atormentado de los niños, en el aspecto descarnado del rostro de los adultos. Aunque Dobraine y los Aiel hubieran restablecido el orden, la ciudad había estado sumida en el caos hasta hacía unas pocas semanas. Algunos de los edificios tenían ventanas mal reparadas o tablones rotos y algunos estandartes mostraban los remiendos hechos —un tanto chapuceros— para arreglar jirones. La ley se había restablecido, pero su ausencia seguía siendo un recuerdo reciente en la memoria.

El grupo de Rand llegó a un cruce principal en el que grandes y ondeantes estandartes anunciaban que se trataba de la plaza de Arandi, y Dobraine condujo a la comitiva hacia el este. Muchos de los Aiel que acompañaban al cairhienino llevaban la banda roja en la frente que los señalaba como siswai’aman. Las Lanzas del Dragón. Rhuarc tenía unos veinte mil Aiel acampados alrededor de la ciudad y en las villas cercanas; a esas alturas, casi todos los domani sabrían que esos Aiel seguían al Dragón Renacido.

Rand se alegró al ver que los surcadores de los Marinos habían llegado —por fin— cargados con grano del sur. Con suerte, eso ayudaría a restaurar el orden tanto como la presencia de Dobraine y los Aiel.

La comitiva giró hacia el sector acomodado de la ciudad. Rand supo dónde se dirigían mucho antes de que las casas empezaran a tener un aspecto más lujoso: lo más lejos posible de los muelles, aunque no tanto para no estar a una distancia cómoda de la muralla de la ciudad. Rand habría dado con los ricos sin necesitar siquiera un mapa. Podía decirse que el propio paisaje exigía el lugar de ubicación.

Un caballo al trote se acercó a Rand, que al principio creyó que sería Min; pero no, la joven cabalgaba detrás, con las Sabias. ¿Lo miraba ahora de forma diferente o sólo eran imaginaciones suyas? ¿Recordaba Min los dedos ceñidos a la garganta cada vez que lo miraba a la cara?

Era Merise la que se había adelantado para ponerse junto a él; montaba una tranquila yegua de color pardo. Las Aes Sedai estaban furiosas con él por exiliar a Cadsuane, lo que no era de extrañar. A las Aes Sedai les gustaba llevar puesta una máscara de sosiego y control, pero Merise y las demás se habían mostrado tan complacientes con Cadsuane como un posadero de pueblo con un monarca de visita.

La tarabonesa había decidido ponerse el chal ese día, como para proclamar su afiliación al Ajah Verde. Tal vez lo llevaba en un intento de reforzar su autoridad. Rand suspiró para sus adentros. Había esperado que hubiera un enfrentamiento, pero confiaba en que los asuntos que estaban en marcha la retrasarían hasta que el mal humor se hubiera apaciguado. Respetaba a Cadsuane, más o menos, pero nunca se había fiado de ella. Los errores y fracasos generaban consecuencias, y Rand sentía un gran alivio por haberse librado de ella. Ya no habría más cuerdas de Cadsuane que se enrollaran a su alrededor.

O, al menos, no tantas.

—Ese exilio es una necedad, Rand al’Thor —manifestó Merise en tono despreciativo.

¿Acaso trataba de exasperarlo a propósito para que así resultara más fácil intimidarlo? Tras varios meses de vérselas con Cadsuane, la burda imitación de esta mujer casi resultaba divertida.

—Deberíais pedirle perdón —continuó Merise—. Ha accedido a seguir con nosotros a pesar de que vuestra disparatada restricción la obliga a llevar la capa con la capucha echada a despecho del calor que hace hoy. Deberíais estar avergonzado.

Otra vez Cadsuane. No tendría que haberle dejado espacio para maniobrar esquivando su orden.

—¿Y bien? —inquirió Merise.

Rand se volvió y la miró a los ojos. En las últimas horas había descubierto algo sorprendente. Al reprimir la ira ardiente que bullía en su interior —al convertirse en cuendillar— había llegado a una conclusión que se le había escapado hasta ese momento.