Выбрать главу

Poco después, Milisair Chadmar entraba por la puerta, entre las guardias Aiel. Llevaba uno de los famosos vestidos domani que le cubría el cuerpo desde el cuello hasta los dedos de los pies, aunque de un tejido muy transparente que se le pegaba a las curvas, de las que no andaba escasa. El vestido era de un intenso color verde, y la mujer lucía perlas al cuello. El oscuro cabello, de rizos muy prietos, le caía más abajo de los hombros, con algunos mechones enmarcándole la cara. Rand no esperaba que fuera tan joven, ya que le calculaba unos treinta años.

Sería una lástima ejecutarla.

«Sólo un día y ya pienso en ejecutar a una mujer por no acceder a seguirme. Hubo un tiempo en que casi no soportaba tener que ejecutar a criminales que lo merecían», se dijo para sus adentros. Sin embargo, haría lo que tuviera que hacer.

La profunda reverencia de Milisair parecía implicar que aceptaba su autoridad. O tal vez no era más que un modo de facilitar que viera mejor lo que el vestido acentuaba; un recurso típicamente domani. Por desgracia para ella, Rand ya tenía más problemas con mujeres de los que era capaz de manejar.

—Milord Dragón —saludó Milisair mientras se incorporaba—, ¿en qué puedo serviros?

—¿Cuándo se recibió la última comunicación del rey Alsalam? —le preguntó Rand, sin darle permiso, a propósito, para que se sentara en una de las sillas que había en la sala.

—¿Del rey? —preguntó ella, sorprendida—. Hace semanas.

—Hablaré con el mensajero que trajo ese último mensaje.

—No estoy segura de que podamos encontrarlo. —Parecía nerviosa—. No sigo el rastro de las idas y venidas de todos los mensajeros de la ciudad, milord.

Rand se echó hacia adelante.

—¿Me estás mintiendo? —preguntó con suavidad.

Ella abrió la boca, tal vez sorprendida por su franqueza. Los domani no eran como los cairhieninos —que parecían tener una astucia innata para la política—, pero sí eran muy sutiles; sobre todo las mujeres.

Rand no era sutil ni astuto. Era un pastor convertido en conquistador y su corazón era el de un hombre de Dos Ríos, aunque le corriera sangre Aiel por las venas. Fuera cual fuera el juego de politiqueo que esa mujer utilizaba, no funcionaría con él. No soportaba esos juegos.

—Yo… —vaciló Milisair, prendida la mirada en la de él—. Milord Dragón…

¿Qué le ocultaba?

—¿Qué hicisteis con él? —preguntó Rand, haciendo una suposición—. Me refiero al mensajero.

—No sabía dónde se encuentra el rey —respondió con rapidez Milisair, como si las palabras le salieran a borbotones de la boca—. Lo interrogué de forma exhaustiva.

—¿Ha muerto?

—Eh… No, milord Dragón.

—Entonces tenéis que traerlo ante mí.

La mujer palideció más y miró de reojo, tal vez buscando una salida de forma refleja.

—Milord Dragón —dijo, vacilante, y mirándolo de nuevo a la cara—, ahora que estáis aquí, quizás el rey seguirá… oculto. Quizá no haga falta seguir buscándolo.

—Es preciso encontrar a Alsalam o, al menos, descubrir qué ha sido de él. Hemos de saber la suerte que ha corrido para que podáis nombrar a un nuevo rey. Así es como se hace, ¿no es cierto?

—Estoy segura de que podréis ser coronado enseguida, milord Dragón —dijo la mujer con voz suave.

—No seré rey aquí—objetó Rand—. Traedme al mensajero, Milisair, y quizá viváis para ver coronado al nuevo rey. Podéis iros.

Ella vaciló y después hizo otra reverencia y salió. Rand vislumbró a Min en el pasillo, junto a las Aiel, siguiendo con la mirada a la mercader que se alejaba. Los ojos de ambos se encontraron; la joven parecía preocupada. ¿Habría tenido alguna visión sobre Milisair? Rand estuvo a punto de llamarla, pero Min se marchó con paso vivo y desapareció. A un lado, Alivia la vio marchar con gesto de curiosidad. La antigua damane se había mostrado distante últimamente, como esperando el momento oportuno, aguardando hasta cumplir su destino de ayudarlo a morir.

Rand se puso de pie. Esa expresión en los ojos de Min… ¿Estaba enfadada con él? ¿Recordaba su mano en el cuello, la rodilla sujetándola contra el suelo? Volvió a sentarse. Min podía esperar.

—Está bien —dijo, dirigiéndose a las Aiel—. Traedme a mis escribas y mayordomos, así como a Rhuarc, Bael y a cualesquiera personalidades de la ciudad que no hayan huido o perecieran en los disturbios. Tenemos que revisar los planes de distribución del grano.

Las Aiel enviaron corredores y Rand se sentó recostado en el sillón. Se ocuparía de que la gente comiera, restablecería el orden y reuniría al Consejo de Mercaderes. Se encargaría incluso de que se eligiera un nuevo rey.

Pero también descubriría dónde había ido Alsalam. Porque allí, le decía su instinto, era el mejor lugar donde buscar a Graendal. Era su mejor pista.

Si daba con ella, se ocuparía de que muriera con el fuego compacto, igual que Semirhage. Haría lo que tuviera que hacer.

30

Un viejo consejo

Gawyn guardaba pocos recuerdos de su padre —nunca se había comportado como tal, al menos con él— pero sí recordaba con mucha precisión un día en los jardines del palacio de Caemlyn. Él se encontraba a la orilla de un pequeño estanque y lanzaba piedrecillas al agua. Taringail paseaba por el Pretil de la Rosa con el joven Galad a su lado.

La escena seguía siendo vívida en la mente de Gawyn. El intenso olor de las rosas en pleno florecimiento, las ondas plateadas del agua del estanque, los pececillos dispersándose lejos de la roca en miniatura que él acababa de arrojarles… Veía con todo detalle a su padre: alto, apuesto, con el cabello un poco ondulado. Incluso entonces, Galad caminaba con la espalda muy recta y el gesto serio. Unos meses más tarde, Galad lo salvaría de morir ahogado en ese mismo estanque.

Gawyn oyó a su padre pronunciar unas palabras que jamás olvidaría. Opinara lo que opinara de Taringail Damodred, aquel consejo tenía visos de ser cierto:

Hay dos categorías de personas en las que nunca debes confiar, le dijo a Galad mientras pasaban cerca de él. La primera agrupa a las mujeres bonitas. La segunda, a las Aes Sedai. La Luz se apiade de ti, hijo, si alguna vez tienes que enfrentarte a alguien que sea las dos cosas.

La Luz se apiade de ti, hijo, oyó de nuevo la voz de su padre.

—Es que no veo posible desobedecer el deseo expreso de la Amyrlin en este asunto —dijo Lelaine con remilgo mientras removía la tinta en el pequeño tintero que tenía en el escritorio.

Ningún hombre se fiaba de las mujeres bellas, por fascinantes que fueran; pero muy pocos eran conscientes de la verdad expresada por Taringaiclass="underline" una chica bonita, al igual que un carbón que se ha enfriado lo justo para no parecer que está caliente, podía ser mucho, muchísimo más peligrosa.

Lelaine no era hermosa, pero sí bonita, sobre todo cuando sonreía: esbelta y grácil, sin asomo de gris en el oscuro cabello, el óvalo de la cara almendrado y labios carnosos. Lo miró con unos ojos demasiado hermosos para pertenecer a una mujer astuta. Y ella parecía saberlo. Se daba cuenta de que era justo lo bastante atractiva para llamar la atención, pero no tan deslumbrante como para despertar recelo en los hombres.

Así pues, esa mujer pertenecía a la clase más peligrosa, que parecía normal, que hacía pensar a los hombres que tal vez podría atraer su atención. No era bonita al estilo de Egwene, que te hacía desear estar con ella; la sonrisa de esa mujer te hacía desear contar los cuchillos que llevabas en el cinturón y en las botas sólo para asegurarte de que no tenías ninguno enfilado a la espalda aprovechando que estabas distraído.

Gawyn se encontraba de pie junto al escritorio, a la sombra del techo plano de la tienda azul. Lelaine no lo había invitado a que se sentara ni él había solicitado ese privilegio. Hablar con una Aes Sedai, en especial con una importante, requería sensatez y comedimiento. Prefería quedarse de pie; quizás así se mantendría más alerta.