Gawyn dejó que la mujer lo condujera entre las tiendas del campamento de las Aes Sedai; la novicia procuraba fingir que sólo era una guía, en vez de la escolta que se cercioraba de que se marchaba como le habían ordenado. Bryne tenía razón: las mujeres no querían que hubiera nadie —sobre todo soldados— rondando sin motivo justificado por su ordenada y pequeña imitación de Torre Blanca. Se cruzaron con grupos atareados de mujeres de blanco que marchaban deprisa por las pasarelas y lo observaban con esa mirada de ligera desconfianza que hasta la gente más amistosa dedica a un forastero. También se cruzó con Aes Sedai, siempre seguras de sí mismas, daba igual que se vistieran con rica seda o con paño tosco. Vio algunos grupos de trabajadoras, mujeres mucho más aseadas que las que había en el campamento del ejército; de hecho, caminaban casi con aires de Aes Sedai, como si hubieran obtenido cierto grado de autoridad por haber sido admitidas en el campamento «de verdad».
Todos esos grupos se entrecruzaban por un espacio abierto y cuadrado de malas hierbas pisoteadas que constituía la zona comunal. Lo más desconcertante que había visto en ese campamento estaba relacionado con Egwene. Cada vez era más consciente de que allí la gente la consideraba realmente la Amyrlin. No era un simple señuelo puesto para atraer las iras sobre sí ni era un insulto premeditado con el fin de exasperar a Elaida. Para ellas, Egwene era la Amyrlin, punto.
Sí, era evidente que había sido elegida porque las rebeldes querían a alguien fácil de controlar, pero no la trataban como una marioneta; tanto Lelaine como Romanda hablaban de ella con respeto. La ausencia de Egwene era una ventaja para ellas, puesto que creaba un vacío de poder; en consecuencia, la aceptaban como una fuente de autoridad. ¿Sería él el único que recordaba que era una Aceptada hacía sólo unos meses?
La situación la había superado y se le había escapado de las manos. Sin embargo, también había impresionado a la gente de ese campamento. Era como cuando su madre había subido al trono de Andor muchos años atrás.
Pero ¿por qué se negaba a que la rescataran? ¡Por lo que había oído, el Viaje era un gran redescubrimiento, obra de la propia Egwene! Tenía que hablar con ella y entonces comprobaría si su renuencia a escapar era fruto del temor de poner en peligro a otras o si se debía a otra cosa.
Desmaneó a Reto del poste en el límite entre los campamentos de las Aes Sedai y del ejército, se despidió con un gesto de la cabeza de su novicia acompañante y subió a la silla, desde donde comprobó la situación del sol. Dirigió su montura hacia el este, a lo largo de un camino entre ambos campamentos, y emprendió un trote rápido. No le había mentido a Lelaine cuando le dijo que tenía otra cita, ya que había prometido reunirse con Bryne. Claro que había acordado la cita porque sabía de antemano que quizá necesitaría una disculpa para escapar de la Aes Sedai. Eso se lo había enseñado Bryne: no era señal de cobardía preparar la retirada por anticipado, sino simple y llanamente una buena estrategia.
Su buena hora de cabalgada más tarde, Gawyn encontró a su antiguo maestro donde habían planeado encontrarse: uno de los puestos de guardia del perímetro exterior. Bryne llevaba a cabo una inspección semejante a aquella a la que Gawyn había recurrido como excusa para ocultar su huida a los Cachorros. El general montaba en su castrado bayo de enorme hocico, cuando Gawyn llegó al trote a través de yerbajos de primavera y maleza rala. El puesto de guardia se hallaba en una depresión de suave declive, con una buena vista de la ruta de entrada por el norte. Los soldados mantenían una actitud respetuosa en presencia de su general y encubrían la hostilidad que sentían hacia Gawyn. Se había corrido la voz de que era él quien dirigía las incursiones contra ellos con tanto éxito. Un estratega como Bryne podría respetar a Gawyn por su capacidad aunque estuvieran en bandos opuestos, pero esos hombres habían visto morir a compañeros a manos de las tropas de Gawyn.
Bryne giró al caballo hacia él y lo saludó con un cabeceo.
—Llegas más tarde de que lo dijiste, hijo.
—¿Pero no más tarde de que lo esperabais? —repuso, frenando a Reto.
—En absoluto —contestó con una sonrisa el fornido general—. Visitabas a una Aes Sedai.
Gawyn sonrió también al oír eso último y los dos hicieron dar media vuelta a las monturas y emprendieron camino hacia las colinas despejadas del norte. Bryne tenía planeado inspeccionar todos los puestos de guardia del lado occidental de Tar Valon, una tarea que implicaba mucho tiempo a caballo, razón por la que Gawyn se había ofrecido a acompañarlo. Poca cosa más tenía que hacer para pasar el tiempo; eran contados los soldados que aceptaban entrenarse con él, y los que accedían lo intentaban con más dureza de lo normal para provocar un «accidente». Por otro lado, las Aes Sedai aguantaban hasta cierto punto sus insistentes requerimientos. En cuanto a las guijas, Gawyn no tenía la mente clara para jugar; estaba demasiado nervioso, demasiado preocupado por Egwene y demasiado frustrado por la falta de progreso en su objetivo. Para ser sincero, nunca había sido un buen jugador de guijas, al contrario que su madre. Bryne siempre le había insistido en que lo practicara de todas formas, como un método para aprender estrategia en batallas.
Las laderas de las colinas estaban salpicadas de yerbajos amarillentos y arbustos llamados alaudares, que eran unos matorrales de ramas nudosas, con hojas minúsculas y ligeramente azules. Deberían estar cubiertos de flores silvestres, pero no había florecido ni una. El paisaje tenía un aspecto enfermizo, pajizo a trozos y azul blanquecino en otros, con cantidades generosas de matas secas y muertas que no habían rebrotado tras el crudo invierno.
—Bien, ¿vas a contarme cómo fue la reunión? —preguntó Bryne mientras cabalgaban seguidos por una guardia de honor de varios soldados.
—Me da la sensación de que ya lo sabéis.
—Oh, no lo sé. Son tiempos extraños y las cosas extrañas están a la orden del día. Tal vez Lelaine decidió dejar las maquinaciones a un lado durante un rato y en cambio dar oídos a tus ruegos.
Gawyn torció el gesto y rezongó:
—Creo que sería más fácil dar con un trolloc dedicado a tejer que con una Aes Sedai alejada de las maquinaciones.
—Me parece que ya te lo advertí.
A eso no había réplica posible, así que se limitaron a cabalgar en silencio durante un rato. A la diestra quedaba el río, lejano, y más allá, los tejados y la Torre de Tar Valon. Una prisión.
—A la larga tendremos que hablar de ese grupo de soldados que dejaste atrás, Gawyn —le dijo de pronto Bryne, fija la vista al frente.
—No me parece que haya nada de lo que hablar —contestó Gawyn, lo que no era del todo verdad. Sospechaba lo que Bryne le preguntaría y no quería entrar en esa conversación.
—Necesito información, muchacho. —Bryne sacudió la cabeza—. Posición, número de efectivos y pertrechos… Sé que operabais desde una de las aldeas al este, pero ¿desde cuál? ¿Cuántos erais? ¿Qué clase de apoyo os prestaban las Aes Sedai de Elaida?
—Vine aquí para ayudar a Egwene —repuso Gawyn, también con la vista al frente—, no para traicionar a aquellos que confiaban en mí.
—Ya lo has hecho.
—No —espetó Gawyn con firmeza—. Los abandoné, sí, pero no los he traicionado. Y no tengo ninguna intención de hacerlo.
—¿Y esperas que deje pasar una posible ventaja sin aprovecharla? —preguntó Bryne, que se volvió para mirar a Gawyn—. ¡Lo que guardas en la cabeza podría salvar vidas!
—O segarlas, según se mire.
—No compliques las cosas, Gawyn.
—¿O qué? ¿Ordenaréis que sea sometido a interrogatorio?
—¿Sufrirías por ellos?
—Son mis hombres —respondió Gawyn con sencillez.
«O al menos lo eran», se dijo para sus adentros. De cualquier manera, ya estaba harto de que las circunstancias y las guerras hicieran de él un pelele. No serviría a la Torre Blanca, pero tampoco ofrecería su espada a las rebeldes. Su corazón y su honor pertenecían a Egwene y a Elayne. Y, si no podía entregárselos a ellas, serían de Andor —y del mundo entero— ya que daría caza a Rand al’Thor y se aseguraría de verlo muerto.