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Rand al’Thor. Gawyn no creía lo que Bryne decía en defensa de ese hombre. Sí, sabía que Bryne pensaba lo que decía, pero se equivocaba. Podía pasarles incluso a las personas más sensatas, engatusadas por el carisma que irradiaba un ser como al’Thor. ¡Pero si hasta había embaucado a Elayne! La única manera de ayudarlos a todos sería desenmascarar a ese Dragón y deshacerse de él.

Volvió la vista hacia Bryne, que miraba de nuevo hacia adelante; lo más seguro es que siguiera pensando en los Cachorros. Era poco probable que ordenara que lo interrogaran. Gawyn conocía demasiado bien al general y su sentido del honor. No lo interrogarían, pero Bryne podría optar por apresarlo. Sería juicioso facilitarle un poco de información.

—Son muchachos, Bryne —le dijo. El general frunció el entrecejo—. Muchachos que apenas han superado la instrucción. Tendrían que estar entrenándose, no en un campo de batalla. Tienen buen corazón y su habilidad es aceptable, pero ya no representan ninguna amenaza para vos ahora que me he ido. Yo era el único que conocía vuestras estrategias. Sin mí, les será más difícil continuar con sus ataques. Sospecho que, si continúan atacando, pronto les llegará su hora. No hay necesidad de que yo se la adelante.

—De acuerdo, esperaré —respondió Bryne—. Pero, si se suceden los ataques con igual eficacia, te volveré a hacer la misma pregunta.

Gawyn asintió. Lo mejor que podía hacer por los Cachorros era ayudar a poner fin a la división reinante entre la Torre y las rebeldes. Pero eso parecía superar —con mucho— sus posibilidades. Quizás después de liberar a Egwene podría plantearse cómo hacerlo. ¡Luz! No tenían intención de llegar a las manos, ¿verdad? Bastante terribles habían sido las escaramuzas habidas tras la deposición de Siuan Sanche. ¿Qué podía suceder si se enfrentaran los dos ejércitos allí, a las puertas de Tar Valon? ¿Aes Sedai enfrentándose a Aes Sedai y Guardianes a Guardianes en un campo de batalla? Desastroso.

—No se debe llegar a esos extremos —se sorprendió Gawyn manifestando en voz alta.

Bryne observó al joven mientras avanzaban por el campo.

—No podéis atacar, Bryne —prosiguió—. Una cosa es sitiar la ciudad, pero ¿qué haríais si os ordenaran tomarla al asalto?

—Lo que siempre he hecho. Obedecer.

—Pero…

—Di mi palabra, Gawyn.

—¿Cuántas vidas vale esa palabra? Asaltar la Torre Blanca sería un desastre. Tanto da cuán desairadas se sientan estas Aes Sedai rebeldes. Si toman la ciudad con las armas no habrá reconciliación posible.

—Esa decisión no nos corresponde a nosotros. —Bryne lo observó, pensativo.

—¿Qué? —preguntó Gawyn al reparar en la mirada del general.

—Me preguntaba por qué te preocupas por eso. Creía que sólo estabas aquí por Egwene.

—Yo… —Gawyn se quedó sin palabras.

—¿Quién eres, Gawyn Trakand? —preguntó Bryne presionando a Gawyn—. ¿A quién te debes, realmente?

—Me conocéis mejor que la mayoría, Gareth.

—Sé quién se suponía que eras —respondió Bryne—. El Primer Príncipe de la Espada entrenado por Guardianes, pero sin estar vinculado a ninguna mujer.

—¿Acaso no es eso lo que soy? —le preguntó Gawyn a su vez, malhumorado.

—Tranquilo, hijo —dijo Bryne—. No pretendía insultarte, tan sólo era una observación. Sé que nunca fuiste tan dogmático como tu hermano, centrado en un único propósito. Supongo que debí darme cuenta y ver esto en ti.

Gawyn se volvió hacia el envejecido general. ¿De qué diantres hablaba?

—Es algo a lo que no se enfrentan muchos soldados, Gawyn. —Bryne suspiró—. Sí, tal vez se lo plantean, pero no dejan que los atormente. Es una pregunta para otro tipo de personas, para los que están arriba.

—¿A qué os referís? —preguntó Gawyn, perplejo.

—A escoger un bando —respondió Bryne—. Y, una vez hecho, preguntarse si fue la decisión correcta. Los soldados de a pie no tienen que realizar esta elección, pero nosotros, los que lideramos… Sí, ahora lo noto en ti. Esa habilidad que tienes con la espada no es un don de poca monta. ¿A favor de quién lo utilizarás?

—De Elayne —respondió al punto Gawyn.

—¿Como lo haces ahora? —le preguntó Bryne con sorna.

—Bueno, una vez que haya salvado a Egwene, sí.

—¿Y si Egwene no quiere irse? Conozco esa mirada que hay en tus ojos, muchacho, y también sé unas cuantas cosas sobre Egwene al’Vere. No abandonará el campo de batalla hasta que no haya un vencedor.

—Me la llevaré conmigo, a Andor.

—¿Te la llevarás a la fuerza, igual que entraste en mi campamento? ¿Te vas a convertir en un camorrista, en un matón conocido exclusivamente por su habilidad para castigar o matar a quienes no están de acuerdo contigo?

Gawyn no respondió.

—¿A quién servir? —continuó Bryne, pensativo—. Algunas veces nuestra propia destreza nos asusta. ¿De qué sirve la maestría en el combate si no se tiene una salida para descargar esa energía? ¿Qué es? ¿Un talento desaprovechado? ¿El camino para convertirse en un asesino? Tener el poder de proteger y defender es una sensación sobrecogedora, así que buscas ofrecer tu espada a alguien, a alguien que la utilice con sabiduría. La necesidad de decidir te corroe, incluso después de haberlo hecho. Veo más esa pregunta en los jóvenes. Los perros viejos como yo nos contentamos con tener un lugar frente al hogar. Si alguien nos dice que luchemos, no queremos remover demasiado las cosas. Los jóvenes, en cambio, se hacen preguntas.

—¿Vos también os las hiciste? —preguntó Gawyn.

—Sí, más de una vez. Aún no era capitán general durante la Guerra de Aiel, sino capitán de compañía. Me hacía muchas preguntas por aquel entonces.

—¿Que os asaltaron dudas sobre el bando al que debíais lealtad en la Guerra de Aiel, nada menos? —se escandalizó Gawyn, fruncido ceño—. Vinieron a masacrarnos.

—No venían por nosotros —contestó Bryne—. Sólo buscaban a los cairhieninos. Claro que, de primeras, era difícil saber sus intenciones; pero, para ser sincero, muchos de nosotros empezamos a hacernos preguntas. Laman merecía morir como murió. ¿Por qué teníamos que interponernos? Tal vez muchos más debieron haberse hecho esa pregunta.

—¿Cuál es la respuesta, pues? —inquirió Gawyn—. ¿En qué depositar la confianza? ¿A quién servir?

—No lo sé —respondió con sinceridad Bryne.

—Entonces, ¿por qué planteárselo siquiera? —dijo Gawyn, que hizo detenerse al caballo.

Bryne hizo lo propio y se volvió hacia él.

—No sé la respuesta porque no hay sólo una. Cada persona tiene la suya propia. Cuando era joven, luchaba por honor. Más tarde me di cuenta de que no había honor en matar a nadie y comprendí que había cambiado. Entonces luché porque estaba al servicio de tu madre. Confiaba en ella. Cuando me falló, volví a hacerme las mismas preguntas. ¿Qué había sido de todos aquellos años a sus órdenes, de todos los hombres que maté en su nombre? ¿Acaso importaba? ¿Tenía algún significado cualquiera de esas cosas?

Bryne dio media vuelta y sacudió las riendas, reemprendiendo la marcha. Gawyn se apresuró a alcanzarlo y se puso a su lado.

—¿Te preguntas por qué estoy aquí, y no en Andor? —inquirió Bryne—. Es porque no puedo dejarlo pasar. Es porque el mundo está cambiando y necesito ser parte de ese cambio. Es porque, una vez que se me despojó de todo lo que tenía en Andor, necesitaba otro lugar donde servir. El Entramado me ofreció esta oportunidad.

—¿Y la cogiste simplemente porque estaba ahí?

—No, lo hice porque soy un estúpido. —Bryne lo miró a los ojos—. Pero me quedé porque era lo correcto. Lo que se ha dividido debe volver a unirse, y ya he visto lo que unos pésimos gobernantes son capaces de hacer con sus reinos. No podemos permitir que Elaida arrastre al mundo en su caída.