Tales sucesos no eran, de por sí, inusitados.
—Claro que también están las contrapartidas —apuntó Cadsuane.
—¿Contrapartidas?
—Se celebran más bodas —dijo Cadsuane moviendo una mano—, niños que se encuentran con bestias salvajes y resultan ilesos, tesoros ocultos bajo el suelo de la casa de un pobre. Ese tipo de cosas.
—Eso sería maravilloso, sin duda —respondió Quillin riéndose entre dientes—. Ojalá, señora.
—¿No habéis escuchado nada de eso? —le preguntó sorprendida Cadsuane.
—No, señora, pero podría hacer unas cuantas preguntas si queréis.
—Sí, hacedlo, por favor.
al’Thor era ta’veren, pero el Entramado se regía por la compensación del equilibrio. Por cada muerte accidental que causaba la presencia de Rand en la ciudad había una persona que sobrevivía de manera milagrosa.
Si no hubiera ya tal equilibrio, ¿qué significaría?
Cadsuane empezó a hacer preguntas más concretas a Quillin: el paradero de cada uno de los miembros del Consejo de Mercaderes, para empezar. Sabía que el chico al’Thor tenía intención de capturarlos a todos; si lograba conseguir información que él no tuviera acerca de dónde se encontraban, sería muy útil. También le preguntó al posadero sobre la situación económica del resto de las grandes ciudades domani, y si sabía cualquier cosa sobre las facciones rebeldes y las incursiones tarabonesas a lo largo de la frontera.
Cuando la Aes Sedai se marchó de la posada —subiéndose la capucha de mala gana y adentrándose de nuevo en la bochornosa tarde— cayó en la cuenta de que la información proporcionada por Quillin había dado pie a más preguntas de las que tenía al entrar.
Parecía que iba a llover, aunque, a decir verdad, el cielo sombrío y encapotado con nubes grises que se entremezclaban hasta formar una bruma uniforme era algo que se repetía casi a diario. Al menos había llovido la noche anterior, lo que, por alguna razón, hacía más tolerable el cielo nublado, como si fuera más natural. Eso le permitía fingir que aquella perpetua penumbra no era otro indicio de la intervención del Oscuro. Había consumido a las personas con las sequías, las había congelado con un invierno repentino, y ahora parecía estar resuelto a destruirlas de pura melancolía.
Cadsuane negó con la cabeza; pateó el suelo con los zuecos para asegurarse de que estaban bien ajustados y echó a andar acera embarrada abajo, en dirección al puerto. Tenía que constatar cuánto había de cierto en esos rumores sobre la podredumbre de los alimentos. ¿Acaso los extraños sucesos que acompañaban a al’Thor se habían vuelto más destructivos o es que ella interpretaba las señales para ver aquello que temía?
al’Thor. Tenía que afrontar la verdad; no había sabido llevar al chico. Y, por supuesto, no había cometido ningún error en lo que al a’dam masculino se refería, por mucho que al’Thor dijera lo contrario. Quienquiera que hubiera robado el collar era poderoso y astuto en extremo. Alguien capaz de llevar a cabo semejante maniobra no habría tenido problemas para hacerse con otro a’dam masculino de los seanchan. Seguro que tenían muchos de ese tipo.
Pero no; el a’dam lo habían robado de su habitación para sembrar la desconfianza, de eso estaba segura. Cabía incluso la posibilidad de que el robo se hubiera llevado a cabo para enmascarar otra cosa: facilitar que la figurilla volviera a estar en poder al’Thor. El carácter del chico se había vuelto tan sombrío que no era imposible saber la destrucción que podría causar con ella.
Ese pobre y necio muchacho. Jamás tendría que haber sufrido la experiencia de ser atado al collar a manos de una de las Renegadas; seguro que aquello le había hecho recordar los días en que las Aes Sedai lo habían golpeado y enjaulado; todo lo cual haría más difícil el trabajo de Cadsuane. Casi imposible.
Esa era la cuestión que debía plantearse ahora. ¿Estaba el chico más allá de toda redención? ¿Era demasiado tarde para recuperarlo? Y, si lo era, ¿qué podía hacer ella para cambiarlo, si es que podía hacerse algo? El Dragón Renacido tenía que enfrentarse al Oscuro en Shayol Ghul. Si no lo hacía, todo estaba perdido. Pero ¿y si fuera igual de catastrófico dejarlo que se enfrentara al Oscuro?
No. Se negaba a creer que la batalla estuviera ya perdida. Tenía que haber algo que hiciera cambiar el rumbo de al’Thor, pero ¿qué?
al’Thor no había reaccionado como la mayoría de los campesinos que de repente alcanzan el poder. No se había vuelto ni egoísta ni mezquino, no había acumulado riqueza y tampoco había incurrido en venganzas infantiles contra quienes lo habían menospreciado en su adolescencia. A decir verdad, la sensatez lo había guiado en muchas de sus decisiones; aquéllas que no habían implicado un acercamiento al peligro.
Cadsuane siguió andando por la acera entarimada cruzándose con refugiados domani vestidos con telas de colores llamativos. A veces tenía que rodear los grupos que se apiñaban sobre los húmedos maderos, o en un campamento improvisado que crecía alrededor de la entrada de un callejón, o en la puerta lateral de un edificio que no se utilizaba. Nadie se apartó para dejarle paso. ¿De qué servía tener el rostro intemporal de Aes Sedai si se llevaba cubierto? Había demasiada gente en esa ciudad.
Cadsuane aminoró el paso cerca de un grupo de estandartes en los que figuraba el nombre de la oficina de registro del puerto. Los muelles en sí se encontraban un poco más adelante y albergaban el doble de barcos de los Marinos que antes; muchos de ellos eran surcadores, el tipo de embarcación más grande de los Atha’an Miere. También se podían ver bastantes barcos seanchan reconvertidos y que a buen seguro habían sido capturados en Ebou Dar durante la huida masiva de unos meses atrás.
Los muelles se hallaban abarrotados de gente en busca de comida. La muchedumbre se empujaba y gritaba sin que pareciera preocuparle los «venenos» a los que se había referido Quillin. Ni que decir tiene que la hambruna hacía superar muchos miedos. Los trabajadores del puerto controlaban a la multitud, y entre ellos había Aiel con sus cadin’sor pardos, lanza en mano y asestando miradas furibundas como sólo sabían hacer los Aiel. También había un buen número de comerciantes en los muelles, probablemente con la intención de hacerse con algo de lo que se repartía, para almacenarlo y venderlo más adelante.
Los muelles tenían el mismo aspecto que a diario desde la llegada de al’Thor. Cadsuane se paró. ¿Qué la había hecho detenerse? Notaba una especie de picazón en la espalda, como si…
Al darse la vuelta, vio una comitiva que cabalgaba por la calle embarrada. Al’Thor, orgulloso a lomos de su castrado negro, vestía ropajes de ese mismo color con unos mínimos toques de bordados en rojo. Como era habitual, iba a la cabeza de una veintena de soldados, consejeros y un número creciente de aduladores domani.
Cadsuane tenía la impresión de encontrárselo por las calles con mucha frecuencia. Se obligó a quedarse donde estaba en lugar de escabullirse por algún callejón, aunque tiró de la capucha hacia abajo para cubrirse más el rostro. Al’Thor no dio señales de reconocerla cuando pasó delante de ella; parecía sumido en sus pensamientos, como de costumbre. Cadsuane habría querido gritarle que debía darse prisa, que tenía que asegurar la corona de Arad Doman y seguir adelante, pero guardó silencio. No iba a permitir que casi tres siglos de vida acabaran con una ejecución a manos del Dragón Renacido.
La comitiva pasó de largo. Igual que le había ocurrido antes, cuando se dio la vuelta le pareció ver —de reojo— oscuridad alrededor del chico, como si las nubes proyectaran demasiada sombra sobre él. De hecho, siempre que lo miraba directamente, desaparecía; sólo lo atisbaba de refilón y por casualidad.