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«Sí, te lo prometí —respondió Rand—. Y lo cumpliré».

32

Ríos de sombra

Nynaeve se encontraba en el adarve de la ancha muralla que rodeaba Bandar Eban, desde donde observaba la ciudad envuelta en sombras que se extendía a sus pies. La muralla se alzaba en el sector de tierra adentro de la urbe, pero Bandar Eban estaba construida en una pendiente, por lo que Nynaeve alcanzaba a ver —por encima y al otro lado de la ciudad— el océano que se encontraba más allá. La neblina nocturna avanzaba, flotando sobre un mar negro y quebradizo como un espejo, cual reflejo de las nubes altas que encapotaban el cielo, nubes que emitían una fantasmagórica luminiscencia perlada procedente de la invisible luna.

La niebla no entró en la ciudad; rara vez lo hacía. Se quedaba suspendida sobre el océano —bullendo, enroscándose— como un conato de incendio forestal frenado por alguna barrera invisible.

Aún notaba la tormenta al norte y sentía el impulso de correr por las calles dando la alarma. ¡Ocultaos en el sótano! ¡Haced provisión de víveres, porque se avecina un desastre! Por desgracia, levantar parapetos con sacos terreros o reforzar murallas no serviría de nada contra esa tempestad. Por su naturaleza, no tenía parangón con lo conocido hasta entonces.

Por regla general la niebla en el mar era el heraldo de vientos, y esa noche no iba a ser una excepción. Nynaeve se arrebujó en el chal para protegerse del aire que olía a sal, olor que se mezclaba con los inevitables de una ciudad atestada de gente: basuras, cuerpos con falta de aseo, hollín y humo de lumbres y estufas… Echaba de menos Dos Ríos. El viento era frío en invierno, pero siempre estaba limpio; en Bandar Eban era como si estuviera… cargado.

En Dos Ríos ya no volvería a haber un sitio para ella; lo sabía, pero saberlo no lo hacía menos doloroso. Ahora era Aes Sedai, con lo que se sentía de verdad identificada, y eso era más importante para ella que lo que en su momento había significado ser Zahorí. Con el Poder Único estaba capacitada para Curar a la gente de un modo que todavía le parecía milagroso. Y con la autoridad de la Torre Blanca respaldándola, era una de las personas más poderosas del mundo, igualada sólo por otras hermanas y por algún soberano.

En cuanto a los monarcas, ella estaba casada con uno. Puede que no tuviera un reino, pero Lan era rey. Si no para otros, sí para ella al menos. Lan no iba a sentirse a gusto viviendo en Dos Ríos y, a decir verdad, ella tampoco. Esa vida sencilla —la única que conocía antaño— ahora resultaría tediosa e insatisfactoria.

Aun así, le costaba trabajo no sentirse Zahorí, sobre todo cuando observaba las nieblas nocturnas.

—Allí —dijo Merise con una voz cargada de tensión.

Ella, junto con Cadsuane y Corele, observaban en la dirección opuesta, no hacia el sudoeste, por encima de la ciudad y del océano, sino hacia el este. Nynaeve había estado a punto de no acompañar al grupo, ya que estaba convencida de que Cadsuane la culpaba en parte a ella por su exilio. Sin embargo, la perspectiva de ver las apariciones había sido demasiado tentadora.

Nynaeve dio la espalda a la ciudad y cruzó la muralla hasta donde se hallaban las otras. Corele le echó una ojeada, pero Merise y Cadsuane hicieron caso omiso de ella, cosa que satisfizo a Nynaeve. Y eso que aún le fastidiaba que Corele, una Amarilla, se mostrara tan cauta a la hora de reconocerla como Aes Sedai. Corele era agradable, confortadora, pero inflexible en cuanto a admitir que Nynaeve también pertenecía al Amarillo. Bien, pues, con el tiempo, esa mujer tendría que revisar sus ideas una vez que Egwene afianzara su posición en la Torre Blanca.

Nynaeve escudriñó entre las almenas de la muralla recorriendo con la mirada el oscuro paisaje más allá de la ciudad. Distinguió vagamente los restos de las chabolas que hasta hacía poco se amontonaban contra las murallas. Los peligros en zonas rurales, algunos reales y otros exagerados, eran la causa de que la mayoría de los refugiados se apiñaran en las calles de la ciudad. Ocuparse de ellos y de las enfermedades y el hambre que traían consigo todavía demandada mucho tiempo a Rand.

Más allá de las ruinas de la ciudad de chabolas sólo había arbustos, árboles raquíticos y unos oscuros fragmentos de maderas rotas que podrían haber sido la rueda de una carreta. Los campos cercanos estaban pelados. Se habían arado y sembrado, pero seguían pelados. ¡Luz! ¿Por qué no crecían las cosechas? ¿De dónde sacarían comida para el próximo invierno?

En cualquier caso, no era eso lo que buscaba en ese momento. ¿Qué había visto Merise? ¿Dónde…?

Entonces lo vio. Semejante a un jirón de niebla del océano, una pequeña luz brillante se desplazaba sobre el suelo, como arrastrada por el viento. Creció, se hinchó hasta parecer una diminuta nube de tormenta e irradió un brillo perlado semejante al de las nubes en lo alto. Se concretó en la figura de un hombre que caminaba. Entonces, de aquella bruma luminiscente brotaron más figuras. En cuestión de segundos, toda una procesión luminosa avanzaba sobre el oscuro suelo desplazándose con paso fúnebre.

Nynaeve se estremeció; acto seguido se echó una reprimenda para sus adentros. Puede que fueran espíritus de los muertos, pero se encontraban muy lejos para que representaran un peligro. Con todo, por más que lo intentó, no consiguió evitar que se le erizara el vello de los brazos.

La procesión estaba demasiado lejana para distinguir detalles, pero en la hilera había hombres y mujeres vestidos con ropas que ondeaban y rielaban como los estandartes de la ciudad. A diferencia de casi todos los fantasmas que se manifestaban últimamente, no había color en esas apariciones, sólo palidez.

Éstas se componían por completo de una luz extraña, sobrenatural. Varias figuras del grupo —que para entonces ya eran unas doscientas— acarreaban un gran objeto. ¿Una especie de palanquín? O… No. Era un féretro. Entonces, ¿era un cortejo funerario de un remoto pasado? ¿Qué les había ocurrido a esas personas y por qué se habían visto arrastradas de vuelta al mundo de los vivos?

Los rumores que corrían por la ciudad contaban que la procesión había aparecido por primera vez la noche después de la llegada de Rand llegara a Bandar Eban. Los guardias de la muralla, que sin duda serían los más dignos de crédito, se lo habían confirmado a Nynaeve con un dejo de inquietud en la voz.

—No veo a qué viene tanto alboroto —dijo Merise con su acento tarabonés al tiempo que se cruzaba de brazos—. A estas alturas, todos estamos acostumbrados a los fantasmas, ¿o no? Al menos ellos no provocan que la gente se derrita o estalle en llamas.

Los informes de la ciudad indicaban que los «incidentes» eran cada vez más frecuentes. Sólo en los últimos días, Nynaeve había investigado tres informes fiables sobre personas a las que les habían salidos insectos de debajo de la piel, lo que les había matado. También estaba lo del hombre al que encontraron por la mañana en su lecho convertido en un carbón quemado, aunque las ropas de la cama ni siquiera se habían chamuscado. Ella misma había visto el cadáver.

Esos incidentes no los ocasionaban los fantasmas, pero la gente empezó a echar la culpa a las apariciones. Mejor eso que culparan a Rand.

—Esta espera en la ciudad es frustrante —añadió Merise.

—El tiempo que llevamos aquí no parece haber dado fruto —convino Corele—. Deberíamos ponernos en marcha. Le habéis oído anunciar que la Última Batalla empezará pronto.

Nynaeve sintió una punzada de preocupación por Lan, reemplazada enseguida por cólera contra Rand, que seguía convencido de que lanzar su ataque al mismo tiempo que el de Lan en el desfiladero de Tarwin confundiría a sus enemigos. El ataque de Lan podría ser muy bien el comienzo de la Última Batalla. ¿Por qué, pues, no enviaba Rand tropas en su ayuda?

—Sí, es muy probable que tenga razón —admitió Cadsuane, meditabunda.

¿Por qué no se retiraba esa capucha? Era evidente que Rand no andaba por allí.