—Una salvaguardia —respondió; no iba a dejar que la amedrentara—. Que yo sepa, no necesito tu permiso para encauzar. Te habrás convertido en una persona poderosa, Rand al’Thor, pero no olvides que te zurraba el trasero cuando apenas alzabas dos palmos del suelo.
Antes, tal comentario habría provocado en él una reacción, un arranque de malhumor, cuando menos. Sin embargo, se limitó a mirarla. A veces, esos ojos parecían ser lo que más había cambiado de él. Rand suspiró.
—¿Por qué me has despertado, Nynaeve? ¿Quién es este chico larguirucho y aterrado? De haber sido cualquier otro quien me hubiera hecho llamar a estas horas de la noche, habría ordenado que Bashere lo azotara.
Nynaeve señaló a Kerb con un gesto de cabeza.
—Creo que este «chico larguirucho y aterrado» sabe dónde se encuentra el rey.
Eso despertó el interés de Rand. Y también el de Min, que se había servido una taza de té y se encontraba apoyada en la pared. ¿Por qué diantre no estaban casados?
—¿Sabe el paradero del rey? —preguntó Rand—. Entonces, también sabe dónde está Graendal. ¿Cómo lo has averiguado, Nynaeve? ¿Dónde lo encontraste?
—En los calabozos donde ordenaste encarcelar a Milisair Chadmar —contestó Nynaeve sin quitarle ojo de encima—. Es terrible, Rand al’Thor. No tienes ningún derecho a tratar así a nadie —lo reprendió.
Tampoco ese comentario hizo mella en Rand, que en cambio se acercó a Kerb.
—¿Oyó algo de lo que le sacaron al emisario en los interrogatorios?
—No, pero creo que lo mató —respondió Nynaeve—. Sé a ciencia cierta que intentaba envenenar a Milisair. Si yo no la hubiera Curado, estaría muerta a finales de semana.
Rand miró a Nynaeve y ésta casi llegó a sentir el proceso que seguía la mente del hombre para encadenar los pensamientos y deducir en qué había estado ocupada.
—Me he dado cuenta de que vosotras, las Aes Sedai, tenéis muchas cosas en común con las ratas —habló Rand, por fin—. Siempre estáis donde no se os llama.
Nynaeve resopló sonoramente.
—Si no me hubiera metido donde no me llaman, Milisair se estaría muriendo y Kerb seguiría en libertad.
—Supongo que ya le habrás preguntado quién le ordenó acabar con el emisario…
—Aún no. Pero encontré el veneno entre sus pertenencias y confirmé que fue él quien preparó las comidas tanto para Milisair como para el mensajero. —Nynaeve dudó antes de continuar—. Rand, no estoy segura de que el chico pueda responder todas tus preguntas. Le hice un Ahondamiento y, a pesar de que no está enfermo, físicamente hablando, hay… Hay algo ahí. En la mente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Rand con suavidad.
—Hay una especie de bloqueo —respondió Nynaeve—. El carcelero parecía frustrado, incluso sorprendido, de que el mensajero hubiera sido capaz de resistir su… interrogatorio. Creo que él también debía de tener un bloqueo, algo que le impedía revelar más de lo debido.
—Compulsión —dijo Rand como sin darle importancia, y se llevó la taza a la boca.
La Compulsión era algo perverso, maligno. Ella lo había experimentado y aún temblaba al recordar lo que le había hecho Moghedien. Y eso que fue poca cosa, como privarla de algunos recuerdos.
—Hay pocos que tengan la habilidad de Graendal con la Compulsión —continuó Rand, pensativo—. Quizás ésta es la confirmación que buscaba. Sí, Nynaeve… Esto podría ser un gran descubrimiento, sin duda. Lo suficiente para que se me olvide cómo lo averiguaste.
Rand rodeó el sillón y se inclinó para mirar al joven directamente a los ojos.
—Libéralo —ordenó.
Nynaeve obedeció.
—Dime, ¿quién te ordenó envenenar a esa gente? —le preguntó Rand.
—¡Yo no sé nada! —chilló el joven—. ¡Yo sólo…!
—Basta —ordenó Rand sin alzar la voz—. ¿Crees que puedo matarte?
El muchacho calló y abrió más los azules ojos, cosa que Nynaeve no habría creído posible.
—¿Crees que con sólo pronunciar una palabra haría que el corazón te dejara de latir? —prosiguió Rand en ese tono de voz espeluznante, tranquilo—. Soy el Dragón Renacido. ¿Crees que puedo quitarte la vida, incluso el alma, con sólo desear que suceda?
Nynaeve volvió a ver la pátina de oscuridad alrededor de Rand, ese halo que no sabía a ciencia cierta si estaba ahí. Se llevó la taza a los labios; de golpe, el té se había vuelto rancio y amargo, como si hubiera reposado demasiado tiempo.
Kerb hundió la cabeza entre los hombros y se echó a llorar.
—Habla —exigió Rand.
El joven abrió la boca pero sólo emitió un gruñido. La presencia de Rand lo había dejado paralizado y ni tan siquiera pestañeó —o no pudo hacerlo— para evitar que el sudor le entrara en los ojos.
—Sí. Es Compulsión, Nynaeve. ¡Ella está aquí! ¡Tenía razón! —Rand miró a Nynaeve—. Tienes que deshacer la red de la Compulsión, quitársela de la mente para que pueda contarnos lo que sabe.
—¿Qué? —exclamó con incredulidad Nynaeve.
—Mi habilidad con este tipo de tejido es escasa —dijo Rand, moviendo la mano—. Presumo que puedes eliminar la Compulsión, si lo intentas. En cierto modo se parece a la Curación. Tienes que utilizar el mismo tejido que crea la Compulsión, sólo que ejecutándolo al revés.
Ella frunció el entrecejo. Curar al pobre chico era una buena idea; todas las heridas deberían Curarse, después de todo… Pero no le apetecía intentar algo que no había hecho nunca y además hacerlo delante de Rand. ¿Y si algo salía mal y le causaba daño al chico?
Rand se sentó en el mullido sillón situado enfrente de Kerb. Min se acercó para sentarse junto a él. La joven torció el gesto y miró el té que le quedaba en la taza; al parecer, el de ella también se había estropeado de pronto.
Rand miró a Nynaeve, esperando.
—Rand, yo…
—Inténtalo, nada más —le dijo Rand—. Como eres mujer no puedo decirte cómo hacerlo paso a paso. Pero eres ingeniosa y estoy seguro de que te las arreglarás.
Aunque no tuviera esa intención, el tono paternalista de Rand la enfureció; el hecho de estar tan cansada tampoco era de gran ayuda. Apretó los dientes, se volvió hacia el chico y tejió los Cinco Poderes. Los ojos de él se desplazaron con rapidez adelante y atrás a pesar de que no podía ver los tejidos.
Nynaeve realizó una Curación muy leve que causó que el muchacho se pusiera rígido. Tejió un hilo independiente de Energía para Ahondarle la cabeza con todo el cuidado posible y tocó apenas los hilos que se aglomeraban en la mente de Kerb. Sí, ahora veía una complicada red hecha con hilos de Energía, Aire y Agua. Observar mentalmente ese patrón entrecruzado en el cerebro del chico era algo horrible. Aquí y allá, algunos fragmentos del tejido semejantes a pequeños garfios se clavaban muy hondo en el cerebro.
Tejerlo a la inversa, le había dicho Rand, pero hacerlo distaba mucho de ser fácil. Tenía que desmontar la red de Compulsión capa a capa, y si cometía un error podía matarlo. Estuvo a punto de echarse atrás.
Pero ¿quién más podría hacerlo? La Compulsión era un tejido prohibido y dudaba que Corele o cualquiera de las otras tuvieran experiencia con ese tejido. Si no lo intentaba, Rand se limitaría a llamar a las otras y les pediría que lo hicieran en su lugar. Ellas obedecerían y después se reirían con disimulo de la Aceptada que se creía Aes Sedai de pleno derecho.
Pues bien, ¡ella había descubierto nuevos métodos de Curar! ¡Y había ayudado a limpiar la mancha del Poder Único! ¡Incluso había Curado la neutralización y el amansamiento!
Esto también podía hacerlo.
Trabajó deprisa hasta crear un reflejo invertido de la primera capa de Compulsión. Todos los hilos del Poder eran exactamente iguales que los que tenía el chico en la mente, pero tejidos al revés. Al terminar, Nynaeve colocó su copia sobre el tejido original, con suavidad, vacilante; pero, como Rand había previsto, las dos capas se deshicieron y desaparecieron.