«¿Cómo lo sabía?», se preguntó Nynaeve. Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar lo que Semirhage había dicho de él. Eran recuerdos de otra vida, recuerdos sobre los que no tenía ningún derecho. Había una razón por la que el Creador les permitía olvidar las vidas pasadas: nadie debería recordar los yerros de Lews Therin Telamon.
Continuó separando los tejidos de la Compulsión capa tras capa, igual que un curandero despegaría las gasas adheridas a una pierna herida. Era un trabajo agotador, pero reconfortante. Cada tejido corregía un mal, sanaba al chico un poco más, aportaba otra pizca a lo que había de bueno en el mundo.
Tardó casi una hora y resultó ser una experiencia extenuante. Pero lo consiguió. Cuando hizo desaparecer la última capa de Compulsión, suspiró agotada y soltó el Poder Único; estaba convencida de no ser capaz de encauzar ni una chispa más ni aunque en ello le fuera la vida. Tambaleándose, se acercó a una silla y se dejó caer en ella con pesadez. Advirtió que Min se había quedado dormida en el sillón, hecha un ovillo junto a Rand.
Él no dormía. El Dragón Renacido observaba como si viera cosas que ella no podía ver; se levantó y se acercó a Kerb.
En su desfallecimiento, Nynaeve no se había percatado de la cara del joven aprendiz. Tenía una extraña expresión ausente, como la de una persona que hubiera recibido un fuerte golpe en la cabeza.
Rand reclinó una rodilla en el suelo, delante del chico, le sujetó la barbilla y lo miró a los ojos.
—¿Dónde? —preguntó con suavidad—. ¿Dónde está ella?
El chico abrió la boca y un hilo de baba le resbaló por la comisura de la boca.
—¿Dónde está? —insistió Rand.
Kerb gimió; aún tenía los ojos en blanco y la punta de la lengua le asomaba un poco entre los labios.
—¡Rand! —llamó Nynaeve—. ¡Basta! ¿Qué le estás haciendo?
—No le hago nada —respondió Rand, tranquilo—. Esto es lo que tú has provocado, Nynaeve, al deshacer el tejido. La Compulsión de Graendal es muy fuerte, aunque tosca en ciertos aspectos. Colma de Compulsión la mente a tal punto que borra cualquier atisbo de personalidad o intelecto, y convierte a la persona en una marioneta que sólo actúa según sus órdenes directas.
—¡Pero si antes fue capaz de interactuar con nosotros!
—Si preguntas a los carceleros —explicó Rand al tiempo que negaba con la cabeza—, te dirán que era bastante corto de entendederas y que apenas hablaba con ellos. En su mente ya no era una persona en realidad, tan sólo capas de tejidos de Compulsión, unas instrucciones diseñadas con gran ingenio para acabar con la personalidad de este pobre infeliz y convertirlo en una criatura que actuara según los deseos de Graendal. Lo he visto docenas de veces.
«¿Docenas de veces? —Nynaeve volvió a estremecerse—. ¿Lo has visto tú o lo vio Lews Therin? ¿A quién pertenecen los recuerdos que te gobiernan ahora?»
Con el estómago revuelto, miró de nuevo a Kerb. No tenía la mirada ausente como si hubiera recibido un golpe, tal como ella había pensado al principio. No, la mirada era aún más vacía. Cuando ella era joven, a poco de ser nombrada Zahorí, le habían llevado a una mujer que se había caído de un carro. Tras pasar varios días inconsciente, la mujer se despertó y tenía la misma mirada que el chico. No había ningún indicio de que reconociera a nadie ni tampoco de que siguiera alentando un alma en la cáscara vacía que era su cuerpo.
La mujer había muerto una semana después.
—Necesito que me digas dónde está —pidió Rand al chico—. Dame algo. Si aún queda en ti algún vestigio de resistencia, una chispa que lucha contra ella, te prometo que te vengaré. Un lugar. ¿Dónde está ella?
A Kerb le resbalaba baba entre los labios, unos labios que parecían temblar. Rand se irguió todo lo alto que era sin dejar de mirar al chico a los ojos. Entre temblores, Kerb susurró unas palabras:
—Refugio de Natrin.
Rand exhaló el aire despacio y soltó la barbilla de Kerb con un movimiento casi reverente. El joven se deslizó del sillón al suelo, y la baba goteó en la alfombra. Nynaeve maldijo, se levantó de un salto de la silla y se tambaleó al sentir como si la habitación le diera vueltas. Luz, estaba agotada. Procuró calmarse, cerró los ojos y respiró hondo; luego se arrodilló junto al chico.
—No te molestes. Ha muerto —le dijo Rand.
Nynaeve comprobó que, en efecto, estaba muerto. Entonces alzó la cabeza con brusquedad y miró a Rand. ¿Qué derecho tenía él de parecer estar tan exhausto como se sentía ella? ¡Si casi no había hecho nada!
—¿Qué le…?
—No le hice nada, Nynaeve. Sospecho que, una vez que retiraste la Compulsión, lo único que lo mantenía con vida era el odio que sentía hacia Graendal, enterrado muy dentro de su ser. La pequeña parte de él que aún vivía supo que la única ayuda que podía dar eran esas palabras. Y después se dejó ir, simplemente. No podíamos hacer nada más por él.
—No puedo aceptar lo que dices. ¡Se lo podría haber Curado! —replicó Nynaeve con frustración.
Ella tendría que haber sido capaz de ayudarlo. Deshacer el tejido de Compulsión de Graendal le había reportado una emoción tan satisfactoria, una sensación de estar haciendo algo tan legítimo… ¡No debería haber acabado así!
Se estremeció; se sentía mancillada, utilizada. ¿Es que ella era mejor que el carcelero que había hecho cosas horribles para conseguir información? Clavó en Rand una mirada hostil, penetrante. ¡Debió advertirle lo que provocaría deshacer la Compulsión!
—No me mires así, Nynaeve.
Rand caminó hacia la puerta e hizo una señal a las Doncellas apostadas fuera para que recogieran el cuerpo de Kerb; las Aiel obedecieron con presteza y sacaron el cadáver. Rand pidió otra tetera.
Regresó al sillón junto a la dormida Min, que se había puesto un cojín debajo de la cabeza. Una de las dos lamparillas casi se había consumido, y al sentarse Rand la mitad de la cara le quedó sumida en sombras.
—No podía suceder de otro modo —continuó él—. La Rueda gira según sus designios. Eres una Aes Sedai. ¿No es ése uno de vuestros lemas?
—No sé qué es —respondió cortante Nynaeve—, pero no justifica tus actos.
—¿Qué actos? Tú trajiste a este hombre a mi presencia. Graendal utilizó la Compulsión con él y ahora la mataré por ello. De ese acto sí seré yo el responsable. Y ahora, márchate. Intentaré dormirme otra vez.
—¿No sientes ni una pizca de culpabilidad? —inquirió Nynaeve.
Se trabaron las miradas de ambos, la de Nynaeve, frustrada e impotente. La de Rand… ¿Quién sabía lo que sentía Rand últimamente?
—¿Debería sufrir por todos ellos, Nynaeve? —le preguntó en respuesta, con tranquilidad, mientras se levantaba del sillón, la mitad de la cara aún sumida en sombras—. Carga esta muerte a mis espaldas, si lo deseas. Será una de tantas. ¿Cuántas piedras puedes cargar en la espalda de un hombre antes de que deje de importar el peso que soporta? ¿O cuánto tiempo puedes tener al fuego un trozo de carne hasta que sea irrelevante que siga quemándose? Si me permitiera sentir culpabilidad por este chico, entonces tendría que sentirme culpable por todos los demás y eso acabaría conmigo.
Ella lo contempló en el claroscuro del cuarto. Un rey, sin duda alguna. Un soldado, a pesar de haber librado contadas batallas. Se obligó a apaciguar la ira. ¿Acaso su intención en todo el episodio no había sido hacerle saber que podía confiar en ella?
—Oh, Rand —le dijo, dándose media vuelta—. Esto en lo que te has convertido, ese corazón sin más emoción que la ira… Eso será lo que te destruya.
—Sí —admitió quedamente, y Nynaeve volvió a mirarlo, perpleja.
»No deja de sorprenderme —prosiguió Rand, posando la mirada en Min— que todos deis por sentado que soy tan estúpido que no veo lo que para todos es tan obvio. Sí, Nynaeve, sí. Esta dureza me destruirá, lo sé.