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Mat sacó otro de los mapas de Roidelle, uno que reflejaba mejor los accidentes de las inmediaciones de Brisafiel. La población estaba emplazada en una hondonada rodeada por colinas suavemente onduladas, junto a un lago pequeño alimentado por manantiales de montaña. Por lo visto en el lago se criaban unas truchas excelentes, y la preparación de éstas en salazón era la ocupación principal de la ciudad.

—Quiero tres secciones de caballería ligera aquí —indicó Mat poniendo el dedo en la parte alta de una pendiente—. Estarán ocultas por los árboles, pero tendrán buena visibilidad del cielo. Si una flor nocturna roja asciende en el aire, habrán de venir al rescate directamente por la calzada principal, aquí. Tendremos a cien ballesteros apostados a ambos extremos de la ciudad, como apoyo para la caballería. En cambio, si la flor nocturna es verde, la caballería habrá de dirigirse hacia las principales calzadas de la ciudad (aquí, aquí y aquí) y asegurar su posición en ellas. — Alzó la vista y señaló al juglar.

»Thom, llevarás a Harnan, Fergin y Mandevwin como tus «aprendices», y que Noal se haga pasar por tu criado.

—¿Criado? —repitió Noal. Era un hombre huesudo y de nariz ganchuda al que le faltaban dientes. Sin embargo, era duro como una vieja espada marcada con muescas de batallas que pasa de padres a hijos—. ¿Y para qué necesita criado un juglar?

—Vale, de acuerdo. Entonces serás su hermano que hace las veces de criado. Juilin, tú…

—Espera, Mat —intervino Mandevwin; el hombre se rascó la cara, cerca del parche del ojo—. ¿Voy a ser aprendiz de un juglar? Creo que no tengo una voz muy apropiada para entonar canciones. Tú me has oído, fijo. Además, con un solo ojo, dudo que se me dé bien hacer malabares.

—Eres un aprendiz nuevo —rectificó Mat—. Thom sabe que no tienes talento alguno, pero le diste pena a causa de tu tía abuela, con la que has vivido desde que tus padres murieron en una trágica estampida de bueyes; la vieja se puso enferma de viruela trifolia y se volvió loca. Empezó a darte de comer sobras y a tratarte como el perro de la casa, Marcas, que se escapó cuando tú tenías siete años.

Mandevwin se rascó la cabeza; tenía el pelo surcado de hebras grises.

—¿Y no te parece que soy un poco mayor para ser aprendiz? —preguntó después a Mat.

—Tonterías. Eres joven de corazón y, puesto que nunca te casaste (la única mujer que has amado huyó con el hijo del curtidor), la llegada de Thom te dio una oportunidad para empezar de cero.

—Pero es que no quiero abandonar a mi tía abuela —protestó Mandevwin—. ¡Ella me cuidó desde que era un niño! Un hombre como es debido no abandona a una anciana sólo porque se le vaya un poco la cabeza.

—No hay ninguna tía abuela —le recordó Mat con exasperación—. Sólo es una fábula, un cuento que he inventado como historia de fondo para tu personaje falso.

—¿Y no puedes inventarte uno en el que parezca un hombre más respetable?

—Demasiado tarde —contestó Mat, que se puso a rebuscar en una pila de papeles que tenía en el escritorio hasta dar con unas páginas garabateadas—. Ya no te puedo cambiar. Me pasé media noche desarrollando tu historia. Es la mejor de todas, de hecho. Toma, aprende esto de memoria. —Le tendió las páginas a Mandevwin y después sacó otras cuantas y se puso a repasarlas.

—¿No te parece que estás exagerando un poco con todo esto, muchacho? —preguntó Thom.

—No voy a dejar que me pillen desprevenido otra vez, Thom. Así me aspen si lo permito. Estoy harto de meterme en trampas como un incauto. Me propongo tomar las riendas y gobernar mi destino, dejar de salir de un problema para meterme en otro peor. Va siendo hora de tomar el mando.

—¿Y eso lo haces con…? —inquirió Juilin.

—Personajes elaborados con sus historias de fondo. —Mat tendió sus páginas a Thom y a Noal—. Y lo hago condenadamente bien.

—¿Y yo qué? —quiso saber Talmanes. En los ojos del noble volvía a estar ese brillo de guasa, a pesar de que parecía hablar con total seriedad—. Deja que adivine, Mat. Soy un mercader viajero que en otro tiempo recibió entrenamiento con los Aiel y que ahora viene al pueblo porque ha oído contar que en el lago vive una trucha que insultó a su padre.

—Tonterías. —Mat le tendió sus páginas—. Eres un Guardián.

—Eso suena muy sospechoso —le hizo notar Talmanes.

—Es que se supone que tienes que resultar sospechoso. Siempre es más fácil ganar a un hombre a las cartas cuando tiene la cabeza en otro sitio. Bien, así que tú serás nuestro «caso» raro. Un Guardián que pasa por la ciudad con alguna misión misteriosa no será un acontecimiento tan grandioso como para llamar demasiado la atención, aunque para los que saben lo que han de buscar en un viajero, será una buena maniobra de distracción. Usarás la capa de Fen. Me dijo que me la prestaba; todavía se siente culpable por dejar que esas criadas se escabulleran.

—Por supuesto, ya que tú no le aclaraste que las chicas se desvanecieron, sin más —añadió Thom—. Ni que era de todo punto imposible impedir que ocurriera.

—Es que, a mi juicio, no tenía sentido contárselo —respondió Mat—. Opino que no sirve de nada darle vueltas a algo que ha quedado atrás.

—Así que un Guardián, ¿no? —dijo Talmanes mientras repasaba sus páginas—. Tengo que practicar lo del gesto ceñudo.

—No te lo estás tomando en serio —dijo Mat mirándolo con gesto impasible.

—¿Qué dices? ¿Es que alguno se lo está tomando en serio?

Ese maldito brillo en los ojos del noble. ¿De verdad había creído en algún momento que a ese hombre le costaba reírse? Lo que pasaba es que lo hacía para sus adentros. Y ésa era la forma más irritante.

—Luz, Talmanes —dijo—. En esa ciudad hay una mujer que nos busca a Perrin y a mí. Conoce nuestro aspecto tan bien que está en condiciones de hacer un dibujo más preciso que el que habría sabido hacer mi propia madre. Me provoca escalofríos, como si tuviera al mismísimo Oscuro pegado a la espalda. ¡Y yo no puedo entrar en esa puñetera ciudad, puesto que cada hombre, mujer y niño de ese lugar tiene un dibujo con mi cara y la promesa de oro a cambio de información!

»Vale, quizá me excedí algo con los preparativos, pero estoy decidido a encontrar a esa persona antes de que dé la orden de degollarme por la noche a un tropel de Amigos Siniestros, o a algo peor. ¿Me explico?

Mat miró a los ojos a los cinco hombres, asintió con la cabeza y se dirigió al faldón de la entrada del pabellón, pero se detuvo junto a la silla de Talmanes, carraspeó para aclararse la garganta y masculló casi entre dientes:

—En secreto, sientes pasión por la pintura, y querrías escapar de esta vida de muertes con la que estás comprometido. Pasas por Brisafiel de camino al sur, en lugar de tomar otra ruta más directa, porque te encantan las montañas. También abrigas la esperanza de dar con alguna noticia sobre tu hermano menor, al que no ves desde hace años. Desapareció en una expedición de caza, al sur de Andor. Tienes un pasado muy tortuoso.

Después salió a buen paso de la tienda al oscuro mediodía, aunque le dio tiempo de ver de refilón a Talmanes poniendo los ojos en blanco. ¡Maldito hombre! ¡En esas páginas había un buen drama!

A través de los pinos se veía que el cielo estaba encapotado. Otra vez. ¿Cuándo iba a acabar esto? Mat sacudió la cabeza y echó a andar por el campamento respondiendo con un cabeceo a los grupos de soldados que saludaban con gestos o palabras para mostrar su respeto a «lord Mat». La Compañía pasaría allí un día —acampada en una aislada ladera arbolada, a medio día de marcha de la ciudad— mientras hacían los últimos preparativos para el ataque. Allí los pinos amarillos eran altos, con ramas que se extendían anchurosas, y a su sombra la maleza apenas medraba. Las tiendas se agrupaban alrededor de los pinos; el aire era fresco y umbroso, con olor a savia y marga.