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Vagó por el campamento para supervisar las tareas de sus hombres y comprobar que todo se realizaba con eficiencia. Los viejos recuerdos, los que le habían dado los elfinios, habían empezado a combinarse de un modo tan uniforme con los suyos propios que le costaba discernir qué impulsos provenían de ellos y cuáles eran suyos.

Era estupendo estar de nuevo con la Compañía; no se había dado cuenta de lo mucho que los había echado de menos. Sería agradable reunirse con el resto de los hombres, las tropas dirigidas por Estean y Daerid. Con suerte, habrían tenido menos complicaciones que la fuerza que estaba a sus órdenes.

Los estandartes de la caballería fueron los primeros que aparecieron en su ronda. Se encontraban separados, en un extremo del campamento; los jinetes siempre se consideraban superiores a los soldados de infantería. Ese día, como muchos otros, los hombres estaban preocupados por el alimento para sus caballos. Para un buen soldado de caballería, su montura siempre tenía prioridad. El viaje desde Hinderstap había sido muy exigente para los animales, sobre todo porque no había mucho que pacer. Esta primavera apenas crecía pasto —ni nada— y los restos de hierba que quedaban del invierno eran ralos y escasos. Además, los caballos rechazaban la paja, casi como si se hubiera puesto mala, igual que ocurría con otras provisiones. No tenían mucho grano; habían confiado en vivir de lo que ofreciera la tierra, ya que se movían muy deprisa para llevar carretas de grano.

En fin, tendría que discurrir qué hacer respecto a ese problema. Mat había asegurado a los jinetes que estaba trabajando en ello, y habían dado por buena su palabra. Lord Mat nunca les había fallado. Claro que aquellos a los que sí les había fallado se pudrían ahora en sus tumbas. Rechazó la petición de izar la bandera; tal vez después de la incursión a Brisafiel.

En ese momento no tenía verdaderos soldados de infantería; todos estaban con Estean y Daerid. Talmanes, muy atinadamente, se había dado cuenta de que necesitaban movilidad y se había hecho acompañar por tres unidades de caballería y casi cuatro mil ballesteros montados. A continuación Mat supervisó a los ballesteros e hizo un alto para observar a un par de escuadrones que practicaban el tiro en línea, al fondo del campamento.

Mat se detuvo al lado de un pino alto al que las ramas más bajas le crecían a sus buenos dos pies por encima de su cabeza y se apoyó en el tronco. La línea de ballesteros practicaba más la coordinación que la puntería; en realidad, uno no apuntaba en la mayoría de las batallas, razón por la cual las ballestas tenían tan buen resultado. Requerían una décima parte de entrenamiento que los arcos largos. Sí, por supuesto que estos últimos disparaban más deprisa y a más distancia, pero si uno no disponía de toda una vida para dedicarse a practicar, entonces esas ballestas eran una buena alternativa.

Además, el proceso de recargar una ballesta facilitaba el adiestramiento para que las filas dispararan a la vez. El capitán del escuadrón se encontraba de pie a un lado y golpeaba una vara contra el tronco de un árbol cada dos segundos para marcar un ritmo. Cada chasquido en la madera era una orden: el primero, ballesta al hombro; disparad, el segundo; ballesta abajo, tercero; y el cuarto, cranequín. De nuevo, ballesta al hombro en el quinto golpe. Los hombres estaban mejorando mucho; disparar en oleadas coordinadas tenía por resultado una matanza más consistente. Con cada cuarto golpe en el tronco salía disparada una andanada de saetas que se clavaban en los árboles.

«Vamos a necesitar más de ésas», pensó Mat al reparar en que muchas de las saetas se astillaban durante los disparos de entrenamiento. Se desperdiciaba más munición en las prácticas que en una batalla, pero ahora cada saeta valía como dos o como tres en combate. Los hombres estaban mejorando, desde luego. Si hubiera tenido a su disposición unos cuantos escuadrones como éstos cuando había combatido en las Cataratas Baño de Sangre, quizá Nashif habría aprendido la lección mucho antes.

Claro que serían mucho más útiles si pudieran dispararse más deprisa. El cranequín era lo que retrasaba el procedimiento, aunque no por tener que girarlo para tensar la cuerda, sino porque había que bajar la ballesta para armarla. Se tardaba cuatro segundos en cambiar el arma de posición. La incorporación de esas cajas y esos cranequines nuevos que Talmanes había aprendido a hacer con aquel forjador de Murandy aceleraba muchísimo el proceso. Sin embargo, ese hombre iba de paso hacia Caemlyn para vender los cranequines allí; a saber quién más los había comprado a lo largo del camino. No pasaría mucho tiempo antes de que los tuviera todo el mundo. Cualquier ventaja quedaba anulada si la tenían tanto los propios ballesteros como los del enemigo.

Esas cajas le habían proporcionado un gran éxito en Altara contra los seanchan, y detestaba perder cualquier ventaja. ¿Habría algún otro modo de hacer que las ballestas dispararan aún más deprisa?

Pensativo, supervisó unas cuantas cosas más en el campamento; los altaraneses que habían reclutado para la Compañía se estaban adaptando bien y, aparte de comida para los caballos y tal vez saetas para las ballestas, parecía haber provisiones suficientes. Satisfecho, fue a visitar a Aludra.

La mujer se había instalado casi al fondo del campamento, junto a una pequeña hendidura de la rocosa ladera. Aunque esa posición era mucho más pequeña que el claro en los árboles donde se encontraban las Aes Sedai y sus ayudantes, era un lugar bastante más aislado. Mat tuvo que zigzaguear alrededor de tres grandes lienzos de algodón colgados entre los árboles —y colocados a propósito para ocultar el lugar de trabajo de Aludra— antes de llegar a donde estaba la mujer. Y tuvo que detenerse cuando Bayle Domon alzó una mano y lo retuvo hasta que Aludra le diera permiso para entrar.

La esbelta Iluminadora de cabello oscuro, sentada en un tocón que había en el centro de su pequeño campamento, se hallaba rodeada de polvos explosivos, rollos de pergamino, un tablero para escribir notas y herramientas colocadas ordenadamente en unas tiras de tela extendidas en el suelo. No llevaba trencillas y el largo cabello le caía suelto alrededor de los hombros, por lo que su aspecto le chocó a Mat. Sin embargo, seguía siendo bonita.

«Venga ya, Mat. Ahora estás casado», se reconvino para sus adentros. Así y todo, Aludra era bonita.

Junto a la Iluminadora vio a Egeanin, que sostenía derecho el tubo de una flor nocturna para que Aludra trabajara en ella. La Iluminadora tenía arrugada la frente y fruncía los carnosos labios en un gesto de concentración mientras daba golpecitos en el tubo. A Egeanin le estaba creciendo el oscuro cabello, y eso le daba un aspecto cada vez menos parecido al de la nobleza seanchan. Mat todavía tenía problemas a la hora de decidir cómo llamar a la mujer. Ella quería que la llamaran Leilwin, y a veces Mat pensaba en ella con ese nombre. Era absurdo cambiarse de nombre sólo porque alguien te dijera que tenías que hacerlo, pero a decir verdad Mat comprendía que la mujer no quisiera irritar a Tuon. Era una jodida cabezota, Tuon, vaya que sí. De nuevo se sorprendió a sí mismo mirando hacia el sur. ¡Rayos y centellas! Seguro que se encontraba bien.

En cualquier caso, si Tuon ya no estaba con ellos, ¿por qué Egeanin continuaba con la charada de hacerse llamar Leilwin? De hecho, él la había llamado por su verdadero nombre una o dos veces después de la partida de Tuon, pero la mujer le soltó una reprimenda. ¡Mujeres! No había quien las entendiera, y a las seanchan, las que menos.

Mat echó una ojeada a Bayle Domon. El barbudo y musculoso illiano permanecía apoyado en un árbol, junto a la entrada al campamento de Aludra, con dos grandes y ondeantes trozos de tela blanca extendidos a uno y otro lado, cerca de él. Todavía mantenía la mano alzada en un gesto de advertencia. ¡Como si todo el campamento no fuera de Mat, para empezar!

Sin embargo, no intentó pasar a la fuerza. No podía permitirse el lujo de ofender a Aludra. La mujer estaba jodidamente cerca de acabar con esos diseños suyos de los dragones y él se había hecho el firme a propósito de tenerlos. ¡Pero, por la Luz bendita, cómo le requemaba tener que pasar por un puesto de control en su propio campamento!